Cualquier parecido entre El Agente de C.I.P.O.L. y las aventuras de James Bond no es mera coincidencia. Está basada en una serie de TV producida en EE. UU. entre 1964 y 1968, con la intención de capitalizar sobre la popularidad de la primera ola de películas de 007. La serie, que se transmitió en Nicaragua en algún momento de los setenta, estaba dotada de afán gentilmente satírico. Las tensiones de la Guerra Fría le daban un barniz de actualidad. La adaptación que ahora nos llega funciona más bien como artefacto nostálgico, encapsulando el estilo de la época con genuina admiración.
La película arranca introduciendo a dos espías en bandos enemigos: el norteamericano Napoleón Solo (Henry Cavill) es un sofisticado vividor, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que ha utilizado su conocimiento de Europa para convertirse en estafador de alto vuelo. Atrapado con las manos en la masa, el servicio secreto de EE. UU. lo ha presionado para unirse a sus filas. Ilya Kuryakin (Armie Hammer) es su opuesto ideal: un soldado ruso estoico y espartano, ferviente creyente de la causa comunista, dedicado en cuerpo y alma a cumplir su misión. El oportunista y el idealista se conocen compitiendo por secuestrar a Gaby (Alicia Vikander), la hija de un científico nazi que puede estar colaborando con una organización criminal para crear una bomba atómica. Una inusual alianza entre la CIA y la KGB los obliga a trabajar juntos para prevenir un cataclismo nuclear.
En la década de los noventa, el director Guy Ritchie surgió a la sombra de Quentin Tarantino, con comedias criminales de estilo visual extravagante, desenfadada ironía y cierto culto a la masculinidad. Lock, Stock and Two Smoking Barrels (1998) lo puso en el mapa, pero su matrimonio con Madonna lo convirtió en estrella, al menos de los tabloides. Hollywood lo reclutó para la franquicia de Sherlock Holmes , exprimiendo cualquier ápice de originalidad. El Agente de C.I.P.O.L. también es un producto de estudio, explotando un producto cultural del pasado. Curiosamente, Ritchie parece liberado de las restricciones taquilleras, recuperando frescura y ligereza. La película tiene una cualidad efervescente que eludió a los esperpentos protagonizados por Robert Downey Jr.
La película tiene valores de producción de primera línea. El uso de locaciones reales, la ambientación y el vestuario son francamente intoxicantes. Además, Ritchie acierta a la hora de apropiarse de algunas convenciones del lenguaje cinematográfico de los sesenta. Tome nota del uso de pantallas múltiples dentro del fotograma en una secuencia de acción o el zoom que se cierra con cierta brusquedad sobre algún personaje o detalle. Lamentablemente, el guion no puede conjurar una historia que le haga justicia al escenario y la época. Hace gala de un torpe truco narrativo que consiste en ocultar una acción, solo para revelarla en la escena siguiente y generar una “sorpresa”. Y lo usa al menos dos veces. Tampoco se preocupan por crear villanos memorables. Elizabeth Debicki y Luca Calvani son una pareja de infieles millonarios fascistas italianos. Créanme, la descripción es más divertida que la ejecución.
La trama flaquea, pero los protagonistas salvan la misión. Cavill y Hammer tienen una química innegable. Ya sabíamos que Hammer era bueno gracias a El Llanero Solitario (Gore Verbinski, 2013) y La Red Social (David Fincher, 2010). Pero Cavill —el Súperman de Man of Steel (2013)— es toda una revelación. Dan ganas de volverlos a ver juntos. Pero solo los ingresos de taquilla decidirán si solo Kuryakin vuelve a la carga.
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