El Danubio azul

Tan extensivo es el abanico evocador de Johann Strauss (25 de Octubre 1825-3 de Junio 1899) que todavía en las horas latentes están abiertas las velas de sus efemérides mortuorias.

Tan extensivo es el abanico evocador de Johann Strauss (25 de Octubre 1825-3 de Junio 1899) que todavía en las horas latentes están abiertas las velas de sus efemérides mortuorias. Los admiradores del célebre austriaco aprovechan la coyuntura al hacer giros sobre su personalidad en cuyo tronco inventor se mueve una danza perpetua. Strauss, el ruiseñor que hizo cantar al Danubio pintado por los matices del cielo y la hondura del agua.

Las generaciones que le sucedieron a Strauss no solo han trascendido sobre los Salones de Viena sino en cuantos hubo en otros continentes. Nicaragua tuvo la influencia de uno de sus discípulos, José de la Cruz Mena cuyo vals Ruinas no pudo resistir la tentación de ser el par en compases y estilo de aquella lejana tradición. No fueron pocos los abuelos y los padres nicaragüenses que se sintieron alborozados con “El Danubio Azul” opus 314 (1867), el vals más célebre. Fue compuesto en el origen para coro masculino —la gravedad viril sobre la sutileza de las cuerdas— pero ejecutado como composición instrumental. Tan querido el vals, que Brahms quiso ser Strauss, el caso es que Johann durante diez años dirigió en San Petersbugo los conciertos de verano dentro de los cuales figuró exquisitamente obligado el Danubio Azul, parte emblemática del fecundo manojo de 409 valses.

Hay entonces relación geográfica, armónica entre aquellos conciertos de verano y los rudos en agresiva sequía que esterilizan a nuestras tierras. Allá en el viejo continente la penumbra acuática apenas distingue la vivacidad de aquel azul, oleaje poético del Danubio. Esa es la razón por la cual los anuales admiradores de Strauss se reúnen alrededor de los despojos de glorias pretéritas queriendo ser la orquesta de verano que durante diez años dirigió el propio Strauss.

Cultura

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