El 20 de agosto CNNMoney publicó un artículo titulado: “Un bolívar venezolano vale menos que una servilleta”. Tres días antes se hizo viral una foto subida en Reddit en donde se muestra a un hombre sosteniendo una apetitosa empanada venezolana en un billete de 2 bolívares como servilleta.
Esto no es un fenómeno virtual en la cuna del “Socialismo del Siglo XXI”; es la pura y descarnada realidad que vive el país, en donde la mayoría de sus habitantes cambian dólares y bolívares al tipo de cambio no oficial, que se ha disparado 725 por ciento en los últimos doce meses.
Hace un año, un dólar estadounidense costaba 82 bolívares, ahora cuesta 676 bolívares, según dolartoday.com, un sitio web que monitorea la tasa no oficial. El setenta por ciento, aproximadamente, de los bienes que los venezolanos consumen, son importados. La inflación no se ha hecho esperar y aumenta año con año. En 2014 se calculó en 68 por ciento y en 2015 llegará a los tres dígitos, por lo que la Corte Suprema de Justicia ha prohibido al Banco Central de Venezuela la publicación de tan incómodo dato, sobre todo en vísperas de las próximas elecciones este año.
El Banco Central debe publicar sus cifras en los primeros diez días de cada mes, pero desde febrero no difunde informes sobre la inflación ni sobre la evolución del PIB, que el FMI calcula decrecerá alrededor de un 7 por ciento, convirtiéndose así “la panacea socialista de este siglo”, en una utopía más, al ser el país con las mayores reservas de petróleo, la mayor inflación y la mayor caída del PIB, en el mundo. Este “manicomio económico” ha empobrecido a todo un pueblo, humillándolo todos los días con largas colas para comprar bienes de consumo básico como servilletas, papel higiénico, granos básicos y medicamentos de consumo humano —cuando hay— teniendo que echar mano a los medicamentos veterinarios, cuando la situación lo amerita.
En paralelo a lo antes mencionado, los venezolanos sufren un silencioso proceso de aislamiento del resto del mundo, caracterizado por la dificultad de hacer llamadas telefónicas al extranjero, viajar por avión, recibir correspondencia y paquetería internacional y atravesar parte de la frontera con Colombia.
La principal empresa de telecomunicaciones privada de la nación, Telefónica, suspendió las llamadas a casi todos los países en mayo y solo ofrece comunicaciones con diez naciones y Digitel interrumpió los servicios a más de cien naciones casi al mismo tiempo, porque debe millones de dólares a proveedores extranjeros, difíciles de conseguir al tipo de cambio oficial.
Las aerolíneas internacionales han dejado de volar al país en el último año porque el Gobierno limita la repatriación de ganancias. El año pasado, el servicio estatal de correos suspendió por tiempo indefinido el envío de cartas al exterior. El Gobierno dispuso también que la gente que viaja al exterior no puede comprar más de trescientos dólares al tipo de cambio oficial, por lo que es casi imposible viajar con dólares al tipo de cambio no oficial; unido todo ello al reciente diferendo con Colombia, al que se le han cerrado parte de su frontera con Venezuela, por el tema del contrabando que produce la escasez, los díscolos subsidios a la gasolina venezolana y a la galopante inflación en aquel país. Parecería ser que el objetivo es convertir a Venezuela en una “isla social y comercial” con el resto del mundo, junto a una enorme cárcel, para la oposición política.
El “pajarito” le susurra al poder que todo este “genocidio económico” es el resultado del ataque “oligárquico de la derecha venezolana” instigada por Estados Unidos y sus aliados, cuando en realidad todo ha sido el efecto del “haraquiri político-social y económico” infringido por la cleptocracia en el poder, que está convirtiendo a todo el país en un enorme y aislado campo de concentración, en donde muy pronto será la palma de la mano directamente la que sostenga a la empanada venezolana, debido a que también comenzó a escasear el papel moneda en el “paraíso socialista” del siglo XXI.
El autor es economista.
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