Doraldina Zeledón Úbeda

Rubén Darío persona

¡Rubén Darío! ¿Quién fue, quién es, quién será? Un cerebro que piensa, un corazón que sufre, un arpa que canta. (Folco Testena).

Era aquel demente que ansiaba ser justo/ Caballero armado de la poesía, /Peregrino augusto, / quien solo quiso la melancolía (Pedro Miguel Obligado). Y forjó la palabra que bendice la cosas;/ y la empapó en la savia divina del amor,/ y puso en ella un suave calor de luz de alma/ y un sonoro latir de corazón (Campoamor de Lafuente).

El decoro que agradaba a Darío, tan amante de las formas correctas y de la belleza exterior, era, antes que atildamiento en el vestir y mesura amable en los modales, un sentimiento de verdadera raíz cordial. Decoro completo, podría decirse, era el que amaba Darío, y sobre todo si el que lo profesaba era un intelectual. (Edmundo Montagne).

Un brillo penetrante tradujo en sus ojos aquella bondad tan rara y tan única de su buena alma. Efusivo, cordialísimo, hospitalario e ingenuo como un niño me tendió sus dos manos. (Alberto Tena). Porque fue bueno, bueno, divinamente bueno (Nicolás Coronado). El príncipe infantil, eternamente niño, eternamente bueno (Fernán Félix de Amador).

Darío llevaba sobre sí un gran corazón. Se conmovía ante la desgracia ajena. No fue malo nunca, ni perverso ni satánico. La generosidad era en Darío, un perfecto proverbio. Era muy fácil conmoverlo porque él mismo se conmovía. Jamás tuvo una frase de crítica para ningún escritor. Su censura mayor no pasaba de esta frase que acostumbraba a decir con suave firmeza. No me gusta, no lo comprendo… Tratándose de elogios era, en cambio, entusiasta hasta el ditirambo. Todos eran grandes talentos (Alberto Tena).

Su falta absoluta de envidia lo llevaba a descubrir los talentos, a reanimar a los vencidos, a enaltecer a los triunfadores. Lo que en otro hombre hubiera parecido o tontería o farsa, en él, por lo sincero, causaba encanto (Ángel de Estrada, hijo).

Sus silencios inacabables, sus timideces abrumadoras, sus raras sonrisas y medias palabras, constituían lo a veces, por horas enteras, enigma viviente. Y de golpe, vencida la inhibición, dominaba a su auditorio, lo fascinaba y hasta lo enloquecía, con el hechizo arrobador de sus pensamientos únicos y de sus frases insondables. (Carlos Correa Luna).

En las más febriles discusiones rompía su silencio de Buda, con distraídos “desde luego, es posible, está claro” (Ángel de Estrada, hijo). Pero el callar de Darío no era el de una tumba. El callar de Darío era el exigido por el poderoso trabajo mental, inseparable del receptivo creador más sorprendente que he conocido. (Edmundo Montagne).

Desde su adolescencia y para siempre le martirizó el mal de la vida; le torturó no saber la razón del existir; le angustió la incertidumbre de la vida y la certidumbre de la muerte; envenenó su corazón del prematuro convencimiento y la constante comprobación de la vanidad de todo. Su tristeza no se curó nunca. De ella, en forma de melancolía sutilísima en unos, decepción y amargura en otros, aspiración a lo irreal, ansia de nunca visto, están impregnados todos sus poemas subjetivos (Evar Méndez).

Las citas anteriores vienen de la revista Nosotros No 82, publicada en Buenos Aires, en febrero de 1916, dedicada a Rubén Darío, en ocasión de su muerte. Colaboraron los mejores y más reconocidos escritores argentinos, los amigos de Darío de la Primera hora y los admiradores de la generación posterior, según nota de la Dirección de la Revista.

COMENTARIOS

  1. el bueno
    Hace 11 años

    Era grande como tu lengua.

  2. Hace 11 años

    Este articulo de Dario me da Zzzzzzzz

  3. jincho
    Hace 11 años

    Era Grande como Chayito Murillo, No !

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