¿Es eso rigurosamente cierto? Si somos cristianos, es rigurosamente cierto. Es el poder divino de la ubicuidad. Pero los hombres hemos tergiversado ese don divino. Lo aplicamos a los acontecimientos y causas terrenales. El hombre ha matado en nombre Dios. Las Cruzadas, cuyo emblema era la cruz, las usaron para exterminar naciones de diferentes creencias religiosas.
La Inquisición, órgano represor de la Iglesia Católica, la usaron para exterminar razas que le rezaban a un dios diferente. Nunca censuraron a los papas que auspiciaron y bendijeron a los batallones de la muerte que asolaban las tierras bíblicas cortando cabezas de herejes, que por no ser cristianos, eran enemigos de Dios. Igualmente autorizaron a los crueles inquisidores que tenían poder de vida y muerte sobre los hombres y las mujeres que tuvieron la desgracia de vivir en esos siglos llenos de fanatismo y de oscurantismo religioso, que por la sola sospecha de herejía, incineraron con las llamas benditas de la santa inquisición a miles de inocentes que profesaban una fe diferente a la de sus verdugos, pero no por eso peligrosa.
Sin embargo, muchos siglos después, en la Europa arrasada por el odio racista y el fanatismo político, el cruzado e inquisidor nazi, Adolfo Hitler, que asesinó a millones de seres humanos por supremacía racial y ensangrentó al mundo por expansionismo político, fue exterminado y acusado para toda la eternidad de genocida y por crímenes de lesa humanidad.
¿Cuál es el resultado de todas esas barbaries cometidas en nombre de Dios a lo largo de los siglos? Tomar a Dios como estandarte de causas malditas y de crímenes abominables. ¿Quién no sabe que los sicarios de los narcotraficantes se persignan y hasta rezan diez avemarías antes de cometer un sicariato o poner una bomba terrorista? Y al mismo tiempo estamos cansados de escuchar, Dios está conmigo, de labios de crueles violadores y sanguinarios asesinos cuando se encuentran en las manos de la justicia.
Entonces nos preguntamos con justa razón en dónde está Dios. ¿Podrá ser posible que Dios bendiga la bomba terrorista que termina con la vida de personas inocentes? ¿Será posible que Dios esté sentado al lado de los acusados de crímenes atroces mientras se enfrentan a sus juicios? Más aún, ¿acaso se debe a Dios la impunidad en que queda un asesino por un error técnico en la aplicación de la ley?
Se encomienda a Dios el padre que le asesinan a un hijo, en busca de resignación y se encomienda al mismo Dios el hombre que asesinó a ese hijo, en busca de protección.
¿Cómo así? En el primer caso, la reacción espiritual es comprensible y hasta necesaria, pero en el segundo es algo macabro y confusionista. A mí me confunde, me hace divagar por las praderas de la duda. Me hace preguntarme si esa es la manera de comprender que Dios es de todos y entonces me pregunto para qué existen las buenas y las malas causas si Dios está en ambas.
¿Qué sentiría yo si veo al asesino de mi hijo dándole gracias a Dios por haber escapado del castigo de la justicia? Me preguntaría que como es posible que sea el mismo Dios al que yo le he pedido clemencia para mitigar mi dolor indecible por la pérdida de mi hijo. Eso es lo que me preguntaría. ¿Y quién no se preguntaría lo mismo?
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