Francisco Xavier Aguirre Sacasa

¿Qué está pasando en la China?

Desde comienzos del año, los ojos del mundo han estado puestos en la interminable crisis económica de Grecia. Mientras esta se prolongaba, sin embargo, algo infinitamente más importante ha estado ocurriendo en la China que no ocupó el primer plano económico mundial hasta recientemente cuando la bolsa china pasó por un período de mucha volatilidad y que Pekín devaluó a su moneda, el yuan.

¿Qué está pasando en el “reino central” que es la traducción literal de la China?

Comencemos con los impresionantes logros socioeconómicos de la China desde comienzos de la década de los ochenta después que Deng Xiaoping remplazó a Mao Zedong como su líder y encaminó su país hacia una economía de mercado, al menos parcialmente. Desde ese entonces la China se transformó de un país empobrecido a uno cuya economía es la más grande del mundo en términos de paridad de poder adquisitivo. Según el FMI, su Producto Interno Bruto (PIB) hoy es igual al 16.3 por ciento del PIB mundial, ligeramente superando al estadounidense.

Durante estos 35 años, su crecimiento promedió 10 por ciento anualmente gracias a altos niveles de inversión en diversos sectores como el industrial, infraestructura, turismo, bienes raíces y energía. Copiando a su próspero vecino el Japón, la China también enfatizó políticas públicas mercantilistas. Es decir, se dedicó a exportar bienes al mundo hasta el punto que en 2007 logró un superávit en su cuenta corriente igual al 10 por ciento de su PIB. Esto, a su vez, permitió que la China acumulase reservas internacionales que hoy andan por cuatro billones de dólares, las más altas del planeta. Como resultado de todo esto, desde 1980 el ingreso per cápita en términos reales de los chinos se cuadruplicó y más de 600 millones de personas salieron de la pobreza. ¡Nunca antes en la historia se había logrado tan rápidamente semejante metamorfosis socioeconómica!

A pesar de su prolongado y rápido crecimiento, el ingreso per cápita chino es todavía relativamente bajo, igual al 14 por ciento del norteamericano. O sea que todavía tiene espacio para crecer. Y debe de hacerlo para cumplir con el pacto implícito que los gobernantes chinos tienen con su pueblo desde 1989 y los eventos en la Plaza Tiananmen: que la economía seguirá creciendo y que la población compartirá los frutos de este crecimiento a cambio de respetar el monopolio del partido comunista en la esfera política.

Más recientemente, aunque sigue robusto el crecimiento chino, se ha desacelerado. Para este año el Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que será 6.8 por ciento, una cifra buena pero la más baja en un cuarto de siglo. Y el FMI estima que su crecimiento en los próximos cinco años bajará aún más, aunque seguirá por encima del seis por ciento. Esta desaceleración se debe a diversos factores. Incluyen la Gran Recesión de 2007 que ha deprimido a los mercados para productos chinos y factores demográficos como el agotamiento de la migración del campo a las ciudades que está presionando el costo de la mano de obra en los sectores industriales y el envejecimiento de la población china, producto de la política de solo un hijo por pareja. Como resultado de esta última política se estima que el 10 por ciento de los chinos ya entraron a la tercera edad y que el nivel de su población dependiente crecerá rápidamente. Otros factores que han contribuido a la desaceleración son la ineficiencia de las empresas paraestatales, muchas vinculadas a las fuerzas armadas, y el reventar de burbujas que se dieron en sectores tan diversos como el de bienes raíces, la bolsa y de casinos. Macao, por ejemplo, se había convertido en el centro de casinos más importante del mundo —cinco veces más grande que Las Vegas, pero ahora está en franca depresión—.

La desaceleración china está afectando al mundo entero. Contribuyó a que la economía del Japón, uno de sus socios comerciales más importantes, cayese en una contracción en el segundo trimestre de este año. También se refleja en el bajón en los precios de los commodities y en una gran capacidad instalada industrial ociosa en China. En tan solo el acero, por ejemplo, se estima que la sobrecapacidad china es 550 millones de toneladas al año, una cifra igual a la producción total de Norteamérica, la India y Corea, los tercero, cuarto y quinto productores de acero del mundo, ¡combinados!

La desaceleración china representa un desafío para su presidente Xi Jingping, quien se ha comprometido a lograr una “nueva normalidad” que consiste en un crecimiento más lento pero sostenible. Para lograr esto, ha prometido ampliar el alcance de las medidas de mercado en la China, modificar la política de un hijo por pareja, reducir la contaminación del medioambiente y en combatir la corrupción rampante en el país. En este último sentido, Xi ha expulsado del partido comunista por corrupción a trece generales, incluyendo el comandante-en-jefe del ejército, a cincuenta funcionarios con rango de ministros y a decenas de miles de funcionarios menores. Todos ellos están enfrentando a la justicia china. Su lucha contra la corrupción es popular. Pero sus adversarios, que son cada día más, lo acusan de usarla como un arma para consolidar su poder absoluto y destruir el “liderazgo colectivo” que heredó de sus predecesores.

La China no es un país abierto en el sentido occidental. Hay muchas cosas ocultas que pasan adentro. Pero hay algo que sí está claro: este es un punto de inflexión para el milagro económico chino y, por ende, para la economía mundial. De cuán bien Xi maneja la evolución hacia una “nueva normalidad” depende la aún frágil recuperación mundial de la Gran Recesión. El autor es ex Embajador en Estados Unidos y economista.

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