El Principito

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, es un libro tan conocido y particular que simplemente nadie debería tratar de convertirlo en película.

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, es un libro tan conocido y particular que simplemente nadie debería tratar de convertirlo en película. Eso es lo que ha tratado de hacer el director norteamericano Mark Osborne, mejor conocido por el éxito taquillero Kung Fu Panda (2008).

Todos sabemos la historia: un aviador sufre un accidente y queda varado en el desierto, donde encuentra a un extraño niño que asegura venir de otro planeta. Le cuenta sus aventuras saltando satélites y anécdotas de los personajes que encuentra en su viaje intergaláctico. No es muy evidente para los niños de primaria, a quienes se les asigna la tarea de leerlo, que el relato es una alegoría informada por las experiencias del escritor durante la Segunda Guerra Mundial. Es un cri de coeur de Saint Exupéry, tratando de asirse a la capacidad de amar del ser humano frente al horror inconcebible de la guerra.

Puede ver la película y no darse cuenta de eso. Osborne y los guionistas Irena Brignull y Bob Persichetti tienen en la mira a una amenaza más inmediata a nuestros tiempos y una estrategia narrativa que nubla el simbolismo de la historia. El Principito se desarrolla a dos bandas, con dos estilos de animación diferentes. En el mundo “real” y actual una niña se prepara para pasar los exámenes de admisión de una escuela tremendamente competitiva, bajo la férrea fiscalización de su madre. Llegan al extremo de mudarse a una casa ubicada en el distrito correspondiente al colegio. La moderna casa es accesible para la madre soltera porque tiene de vecina la ruinosa vivienda de un viejo aviador, un excéntrico que insiste en entablar amistad con la niña y compartir con ella su manuscrito sobre un príncipe. Estas escenas se dibujan en el estilo de animación digital contemporánea, con énfasis en comedia física y acción caricaturesca.

En contraste, los episodios que el anciano relata —genuinas dramatizaciones del libro— se presentan en un estilo de apariencia artesanal, simulando las texturas del cartón, el papel y el papel maché. Por supuesto que todo está conformado por código computarizado, pero el efecto es encantador. Dan ganas de que hubieran realizado una adaptación directa y literal del libro. Pero no. Estos momentos no son el evento principal. Son apenas una distracción intermitente y fugaz. El grueso del metraje sigue las aventuras de la niña y el anciano, que terminan encontrando a los personajes originales perdidos en el mundo contemporáneo. Los flagelos que la película denuncia son dos: la cultura de “excelencia” que convierte a los niños en esclavos de un régimen educativo dictatorial y el capitalismo deshumanizante, capaz de convertir a un príncipe en un barrendero. El aviador que emula a Saint Exupéry es un viejo torpe y adorable. Puede que a los niños pequeños les dé risa, pero para un adulto, se siente vagamente irrespetuoso. La poderosa alegoría poética de El Principito se banaliza solo para llamarle la atención a los “padres sobrecumplidores” de hoy.

La manufactura de la animación es sólida. Y la agenda puede ser encomiable, pero para alguien que busca una adaptación de El Principito , es eminentemente insatisfactorio. Hay demasiados ecos de Up (Peter Docter, 2009), entre la casa ruinosa, el anciano excéntrico. Lo que me sorprendió fue un artero homenaje a otro gigante de la cultura francesa. El espíritu del director Jacques Tati se siente en la sátira del conformismo en la vida moderna, perceptible en el vecindario modernista, el frenesí de la ciudad y su suspicacia ante el afán de desmedido lucro. Pareciera que quiere ser Playtime (1967), pero no es El Principito que leímos, definitivamente.

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