En el “Año de la vida consagrada” que actualmente celebra la Iglesia católica, cabe reflexionar un poco sobre este tema.
“¡Que feliz soy por haberle dado mi hijo a Dios!”… dijo cierto día una señora. “¿Cómo es eso?”, pregunté, creyendo que se había muerto. “Pues el único hijo que me dio, se lo cedí, porque se me hizo sacerdote; es cierto que no tendré jamás un nieto, ni podrá mantenerme, pero con mi trabajo, podré llegar al final…”
Yo compartí también con ella su felicidad, pues no hay nada más grande para una madre que retornar a Dios su hijo, para amarle y servirle mejor.
Contrariamente a lo anterior, muchas familias se oponen rotundamente a que sus hijos se hagan sacerdotes o religiosas, creándole verdaderos obstáculos a estos jóvenes elegidos por el Señor.
Toda vocación es un don de Dios (sacerdotal, religiosa matrimonio y soltería), pero las más sublimes son las dos primeras, pues consisten en una entrega total y absoluta al Señor —en cuerpo y alma—.
Esto no significa que el matrimonio no sea también una vocación, pues Dios lo instituyó para que los cónyuges fueran sus co-creadores en la proliferación del género humano.
Pero Jesús dio una importancia capital a la vida consagrada al ver con dolor miles de ovejas sin pastor, por lo que dijo a sus apóstoles: “La mies es mucha, los obreros pocos. Pidan al dueño de la mies que envíe operarios a su mies”.
Cristo sabía que para seguirle se necesita gran generosidad y sacrificio: “Vosotros que lo habéis dejado todo, recibiréis el ciento por uno y heredaréis la vida eterna”.
Muchos padres de familia se tornan tristes porque —según ellos— pierden a un hijo. Piensan que mejor contraigan matrimonio para tenerlos cerca; pero esto no siempre sucede, porque muchos hijos al casarse se olvidan totalmente de sus progenitores. Otros se oponen porque perderán el apellido al no darles nietos. ¡Pero qué importa un apellido ante la grandeza de la vida consagrada!
Apartando estas cosas negativas y viendo la escasez de sacerdotes y religiosas, fomentemos mejor en nuestra niñez la unión con el Señor, la felicidad que genera amarlo, y la alegría de vivir con Dios por la posesión de la gracia y a oración
No alejemos de Jesús a los pequeñitos que sienten inclinación por los asuntos religiosos, diciéndole “cochones” o que eso es “cosa de viejas”. Sino más bien alentémoslos llevándolos a la Iglesia e inculcándoles el respeto que merece la casa de Dios.
Mandémoslos al Catecismo de Perseverancia, insinuándoles más tarde a ingresar a grupos juveniles parroquiales; no les impidamos ser monaguillos y si después sí desean servir a Dios más de cerca, alentémoslos y generosamente entreguémoselos a Él.
Cuántas personas indiferentes aún en la edad madura han vuelto a Dios al recordar sus prácticas religiosas infantiles. Recuerdo el caso de una joven que iba a fugarse con su novio sin casarse. Al buscar en su ropero lo que se llevaría, cuál fue su emoción al encontrar en el fondo del mismo un paquete envuelto: ¡era el vestido de su primera comunión! Rompió a llorar y desistió de su huida pues recordó que había prometido aquel solemne día no ofender jamás a Jesús.
No nos equivoquemos. Pensemos en el cúmulo de gracias y vida eterna que tendrán estos hijos consagrados. Sintámonos felices porque Jesús ha posado su mirada en nuestros hijos, pues a ellos ha dirigido estas palabras:
“No me elegisteis vosotros a Mí; soy Yo quien os ha elegido a vosotros”.
La autora es Secretaria Ejecutiva
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