Haciendo el camino

Uno de los veranos más intensos que he vivido fue el del 2004. Había llegado a España el otoño anterior en misión académica, aunque con un importante proyecto personal, sediento de escuchar y hablar español, de sentirme como uno más,

Uno de los veranos más intensos que he vivido fue el del 2004. Había llegado a España el otoño anterior en misión académica, aunque con un importante proyecto personal, sediento de escuchar y hablar español, de sentirme como uno más, y de reconectar con unas raíces culturales que sentía como propias, pero que había engavetado por mucho tiempo para poder echar otras en Wisconsin y poder superar el exilio solitario en plena adolescencia.

Fueron tiempos de (re)descubrimiento, en los que recorrí varios puntos de la geografía española, observando y absorbiendo todo lo que se cruzaba en mi camino. No había obra de teatro, recital, concierto, conferencia, exposición, o peli que tratara de España a la que yo no asistiese. Me leía El País, el ABC y La Vanguardia en su totalidad, y memorizaba nombres de personajes destacados y relevantes para poder entender mejor mi nuevo entorno, al que me empujaron de lleno y sin avisar aquellos días terribles de ese mes de marzo en Madrid, con trenes, víctimas y marchas, vuelcos electorales, teorías y complots. Pero a las pocas semanas, almendros en flor ya engalanaban la Gran Vía para saludar a los protagonistas de ese moderno cuento de hadas, el de la brillante y bellísima periodista que conquistó al entonces Príncipe Felipe. Yo me había propuesto conquistar España.

Y así fue, empezando por San Isidro en Madrid, con parejas mayores de chulapos bailando un chotís, y algún elocuente tertuliano contando una y otra vez el milagro del pozo, que se hacía maravillosamente más milagroso según iba sumando azucarillos y aguardientes de anís. Unas semanas después fue la Noche de San Juan en Alicante, con ninots, enormes hogueras, y una fe colectiva y ciega en la profilaxis del pirobautismo estival.

Siguieron los Sanfermines, con jotas navarras y peñas pamplonicas en juerga perpetua a lo largo de la Estafeta, que solo interrumpen por un par de minutos, a las ocho en punto de cada mañana, mozos, toros y guiris. Luego Compostela en año Xacobeo, con peregrinos bastante exhaustos pero airosos y exaltados, contemplando en trance desde el Obradoiro la fachada barroca de la Catedral; y yo acompañando en el ritual desde la Alameda, sentado en un banco al lado de la figura de Valle Inclán.

En agosto otra vez Madrid, con su tripartito Lorenzo-Cayetano-Paloma y gatos de pura cepa, castizos a más no poder, bebiendo limoná bajo un balcón en el que luce su mejor mantón, para la verbena, la señora de la casa. Después Barcelona y la Mercé, con el recuerdo de haber bailado sardanas en la Plaza de la catedral una mañana dominical, antes de subir a Montjuïc para leer en voz alta los poemas de Max Aub y respirar el aire de mar.

Estamos aún en la cuesta de verano, como sugieren las noticias de los desplazamientos de la segunda quincena de julio y primera de agosto. Las fiestas populares están en su apogeo, y septiembre parece todavía un destino lejano e inoportuno. Un sinnúmero de proyectos me reclaman y, la vida es así, para poder cumplir tengo que refugiarme en estos recuerdos de otros tiempos, en los que, carpe diem, hice mi camino con total libertad, vi y viví todo lo que pude, y, sobretodo, logré victorioso mi primordial propósito.

Cultura

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