Casarse ya no está de moda. Lo reconoció recientemente el papa Francisco: “Es un hecho que las personas que se casan son cada vez menos; esto es un hecho: los jóvenes no quieren casarse”. El fenómeno es universal. En Estados Unidos el número de parejas cohabitando sin casarse es quince veces mayor hoy día que en 1960. El número de matrimonios por cada 1,000 solteras adultas ha bajado de 74 a 37. Dentro de quienes se casan el 60 por ciento lo hacen después de haber cohabitado. Esta es la moda en auge; la preferencia de cada vez más jóvenes: vivir juntos antes de casarse.
Cuando se indaga el porqué de estos comportamientos muchos de sus protagonistas suelen decir que “lo importante es el amor, no un mero contrato formal”. Implican así que casarse no trae ventaja alguna. Al fin y al cabo, observan, muchos casados se pelean y divorcian. ¿Para qué entonces gastar en bodas o formalismos? Hay otro grupo numeroso, empero, que quiere casarse, pero considera más sabio hacerlo después de haber cohabitado por un tiempo.
Ante el fenómeno un grupo de reputados científicos sociales se propuso averiguar la repuesta a dos preguntas: ¿Es una mera formalidad sin consecuencias el contrato o licencia matrimonial? ¿Conviene a las parejas cohabitar antes de casarse? Tras años de investigación Glenn T. Staton publicó el libro The Ring makes all the Difference (El anillo hace toda la diferencia”) donde resume los resultados.
El libro, que ha causado un gran impacto, revela que el mero hecho que una pareja se comprometa legal y públicamente, a unir sus vidas para siempre, produce en ella y su prole muchos mayores beneficios que los que sencillamente se juntan. También revela que el cohabitar antes de casarse no aumenta las probabilidades de formar un mejor matrimonio, sino todo lo contrario.
El divorcio entre las uniones de hecho es cinco veces mayor. Igual la violencia: la mujer que solo cohabita con su pareja tiene nueve veces mayores probabilidades de ser muerta que la casada. En cuanto a fidelidad, la encuesta nacional sobre infidelidad sexual reveló que los hombres en cohabitación son cinco veces más infieles que los casados y las mujeres ocho veces más. En cuanto a ingresos se descubrió que la tasa de pobreza en parejas unidas en matrimonio es del 6 por ciento contra 31 por ciento de las uniones de hecho.
En cuanto a la cohabitación de prueba, investigaciones conducidas por equipos de la Universidad de Chicago y Michigan detectaron que las parejas que se casan después de cohabitar tienen 50 a 80 por ciento mayores probabilidades de divorciarse. Mientras el 50 por ciento de las primeras terminan en divorcio en los cinco primeros años, en quienes se casan sin período de prueba el porcentaje es el 20.
¿Qué explica estas diferencias? El libro concluye que el ingrediente decisivo es el compromiso. La falta del mismo crea una provisionalidad que mina la confianza y los horizontes a largo plazo. Quienes cohabitan saben que tienen libertad de salirse ante cualquier complicación. Eso contribuye a que estén más abiertos que los casados a otras posibilidades o aventuras exteriores, lo que aumenta considerablemente los riesgos de infidelidad.
En el caso de las cohabitaciones pre-matrimoniales, Staton comenta que el mensaje que recibe el cónyuge es: “No estoy completamente seguro de vos. ¿Podría probar cómo me va con vos primero?” En cierta forma es un sutil insulto y una relación en la que se establecen vínculos íntimos, emocionales, físicos y espirituales, sin el respaldo del tipo de compromiso que exigen tales vínculos.
Estos y otros muchos argumentos hacen de este libro lectura altamente recomendada para quienes piensen formar familia.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A