Misión: Imposible, Nación Secreta

La franquicia Misión: Imposible, inspirada en una vieja serie de TV (1966-1973), se ha convertido en uno de los productos taquilleros más seguros de Hollywood. Échele la culpa a Tom Cruise. Su impronta personal prevalece sobre un rol de directores siempre cambiante.

La franquicia Misión: Imposible, inspirada en una vieja serie de TV (1966-1973), se ha convertido en uno de los productos taquilleros más seguros de Hollywood. Échele la culpa a Tom Cruise. Su impronta personal prevalece sobre un rol de directores siempre cambiante.

Cada una de las cinco películas ha tenido uno distinto, desde Brian de Palma, en la primera, hasta Christopher McQuarrie, en la más reciente. Como productor y principal fuerza creativa, podríamos decir que Cruise las ha esculpido a su imagen y semejanza. Son piezas de entretenimiento tremendamente eficientes, que disimulan un vacío interno.

Misión Imposible: Nación Secreta encuentra al agente Ethan Hunt (Cruise) luchando contra un sindicato de agentes renegados, organizados en una especie de “gemelo malvado” de los servicios secretos de los países civilizados. La operación es encabezada por Lane (Sean Harris), un estoico psicópata que no está por encima de ejecutar él mismo a gente inocente.

Entre los dos se mueve Ilsa Faust (Rebeca Ferguson, toda una revelación), una bella agente de elusiva alianza. Seguir los vaivenes de su afiliación, en medio de sorprendentes secuencias de acción, supone uno de los elementos más entretenidos de la película. El oficialismo, representado por el director de la CIA, Alan Huntley (Alec Baldwin), ha desbandado oficialmente al IMF, dejando a Hunt a la deriva. Secretamente, Ethan recluta a sus viejos colegas: Benji (Simon Pegg), Luther (Ving Rhames) y Brandt (Jeremy Renner) para poder desmantelar a los rebeldes.

Desde el principio de la franquicia varias cosas han evitado que Misión Imposible funcione como una desalmada máquina de suspenso. Primero, la adaptación del concepto original al mundo globalizado, donde la moralidad de las acciones de los personajes es siempre ambigua. Ethan y sus aliados son “los buenos”, pero habitan en un área más gris que, digamos, el agente 007. Y esto va más a tono con nuestros tiempos. Los héroes no son muy distintos de los villanos. Usan las mismas armas, ejecutan complots similares. Pareciera que en todo momento, una palabra, un gesto o una pequeña decisión puede mandarlos al bando contrario.

Segundo, la secuencias de acción son siempre plausibles, sin perder su carácter hiperbólico. Desde que Cruise embistió un tren con un helicóptero en la primera parte (1996), el actor se comprometió con poner su humanidad en la línea de fuego. Se juega la vida por nuestra distracción. Los trucos son cada vez más estrambóticos: en Protocolo Fantasma .

(Brad Bird, 2011) escaló la torre Burj Khalifa en Dubai. Aquí, trata de entrar en un avión en pleno despegue, agarrado de la puerta. No cualquier estrella hace eso por nuestro entretenimiento. A sus 53 años, se arriesga —físicamente— como ningún otro. Esa resistencia para acomodarse en el tipo de papeles que viene con la madurez se convierte en la sustancia misma de su actuación. Ver qué tan lejos puede llegar es más interesante que la película.

Este énfasis en proezas físicas coincide con el gradual desinterés de Cruise en películas que se salgan del ghetto de la acción taquillera. Y es una lástima. A pesar de su pericia, uno no puede más que extrañar películas con más ambiciones. Cruise es una estrella comercial capaz de trabajar con genios de la estatura de Stanley Kubrick ( Eyes Wide Shut ) y Michael Mann ( Collateral ). Pero parece haber renunciado a las preocupaciones adultas para concentrase en la distracción sin apologías. Se reporta que sus próximos filmes son secuelas a Top Gun (Tony Scott, 1986) y Jack Reacher ( Christopher McQuarrie, 2012). Pueden apostar que si la taquilla de Nación Secreta es buena, tendremos más Misión Imposible .

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