Recientemente LA PRENSA publicó un ensayo mío comentando la actual campaña preelectoral norteamericana y el papel que en ella están jugando Donald Trump y el tema de inmigración. Abajo analizo lo que llamo las contracorrientes estadounidenses en cuanto al tema migratorio a través de la historia estadounidense.
Comencemos con lo que llamaría la corriente positiva, la que los norteamericanos han incorporado de una manera idealizada en su mitología cívica. Me refiero a la creencia que los Estados Unidos es una nación de inmigrantes, la vasta mayoría de los cuales llegaron al país, pobres y en búsqueda de una vida mejor, y que fueron recibidos con brazos abiertos.
Esta visión positiva está recogida en el poema de Emma Lazarus que aparece en la base de la icónica Estatua de la Libertad y que reza:
“Dame tus cansados, tus pobres, tus masas amontonadas anhelando respirar libre, el miserable desecho de tus costas repletas.
Envíenme estos, los desamparados, los que han aguantado la tempestad.
Levanto para ellos mi lámpara al lado de la puerta dorada”.
Pero hay otra corriente —la que considero negativa— que es un rechazo a la migración, sobretodo en momentos en que el número de inmigrantes sube a niveles, que para algunos, amenazan la cultura, los valores y hasta el idioma del país.
Repasando la historia, los Estados Unidos (EE. UU.) declaró su independencia en 1776. La república fue fundada por blancos protestantes de las islas británicas. El primer censo (1790) arrojó una población de cuatro millones. La mayoría de estos eran de origen europeo y protestantes pero también había un veinte por ciento de negros, inmigrantes involuntarios o descendientes de estos que en su vasta mayoría eran esclavos.
El número de habitantes de la Unión Americana creció rápidamente alcanzando aproximadamente 31 millones de habitantes en 1860. Millones de estos eran migrantes que provenían de Europa. Algunos, como los irlandeses, llegaron huyendo de la hambruna ocasionada por el fracaso de la cosecha de patatas, parte esencial de su alimento básico. Otros eran de Alemania que emigraron para escaparse del tumulto político causado por las revoluciones liberales de 1848 y la represión posterior por gobiernos conservadores. Ambos grupos tenían algo en común: en su mayoría eran católicos.
Esta ola migratoria, que fue muy fuerte a mediados del siglo, despertó un rechazo entre los anglosajones originales que pensaron que los nuevos migrantes representaban una amenaza para la cultura protestante anglo-sajona existente.
Algunos se opusieron a los nuevos “americanos” discriminando en contra de ellos. Abundaban en las casas de las élites de Boston, Nueva York y las otras ciudades norteamericanos rótulos que rezaban: “Se buscan empleados domésticos. Irlandeses no se molesten en aplicar”.
El rechazo a los migrantes católicos llegó a tal grado que se convirtió en un movimiento político “nativista” conocido popularmente como el “partido no se sabe nada” por su secretismo. Este partido llegó a contar con diputados, gobernadores y alcaldes de grandes ciudades como Nueva York, Chicago y Boston. Y en las elecciones de 1856 postuló hasta un expresidente, Millard Fillmore, para la presidencia. Fillmore obtuvo el 23 por ciento del voto popular y ganó los votos electorales de un estado, Maryland.
Con la Guerra Civil, los nativistas desaparecieron como partido; la mayoría de sus adherentes fueron absorbidos por el nuevo Partido Republicano, ya que los demócratas —al menos en el Norte— eran percibidos como pro inmigrantes.
Con la rápida expansión económica del norte y oeste estadounidense en el período pos guerra, bajó el sentimiento anti-migrante. Pero volvió a surgir con otra ola de migrantes a finales del siglo, principalmente del sur de Europa (Italia) y del este del continente (de partes del Imperio Ruso). También llegaron miles de chinos a trabajar en la construcción de ferrocarriles, que estaba en su apogeo en las últimas décadas del siglo XIX. Fueron tan numerosos los migrantes que alcanzaron el 15 por ciento de la población en 1910.
De nuevo esto provocó una reacción negativa. En 1882, el Congreso aprobó una ley claramente racista prohibiendo la migración de chinos y la nacionalización de aquellos que ya eran residentes legales en el país. Y en 1921, el Congreso pasó una ley estableciendo cuotas restrictivas para inmigrantes, incluyendo europeos. Curiosamente, estas no se aplicaban a latinos ya que la migración del subcontinente hispanoamericano no era importante y el tráfico humano en la frontera con México era tradicional, fluido y en ambas direcciones.
Aterrizando en la situación actual, según datos del buró de censo estadounidense, en 2011 los inmigrantes representaban el 13 por ciento de la población de EE. UU. Este es el porcentaje más elevado desde 1920 y sin duda ha contribuido al brote de sentimiento antimigrante que estamos viendo en los EE. UU. y cuyo abanderado más visible es Donald Trump, un nativista anglosajón y protestante, por cierto.
De nuevo las corrientes históricas en cuanto a inmigración concierne están chocando. ¿Qué pasará? Yo apuesto a que el profundo pluralismo cultural y social de EE. UU. se impondrá, como en el pasado. Pienso que en la medida en que la migración, sobretodo la ilegal, disminuya —en parte por las dificultades económicas estadounidenses— también bajará la “calentura” antimigratoria.
Eso sí, también creo que el 15 por ciento de “nativistas” que se identifican con Trump y la derecha norteamericana representan una enorme amenaza, pero no para los inmigrantes. Lo representan para “el Donald”… y para el Partido Republicano en que él dice militar.
El autor fue canciller de Nicaragua