Nicaragua se introdujo entre los grandes del beisbol infantil mundial, porque los niños no se creen pequeños. Y no hablo de la estatura.
Estos chavalos, en lugar de quejarse por cualquier circunstancia desfavorable, han llegado a China a jugar y a gozar y han tenido éxito.
Después de un debut duro ante Estados Unidos, que los agarró mareados, bajándose del avión y con los horarios cambiados, han brillado.
Tropezaron al inicio 15-3, pero luego de llorar, secaron sus lágrimas, se reagruparon y están de nuevo jugando con coraje y entusiasmo.
Apalearon a Francia 17-0 en un juego anecdótico, pero luego conquistaron una victoria enorme, de ribetes históricos, 5-1 ante Japón.
Esa victoria tiene un peso trascendental. Japón está en el primer puesto del ranking de la IBAF. Nicaragua es 16. A los niños no les importó eso.
La madrugada del lunes pasaron encima de México 7-4, en otra victoria ante un rival de gran calibre, bueno en todas las categorías.
Pero los niños no reparan en esas cosas. Salen a jugar y ganar. Y después de la medalla de oro conquistada en México, piensan en grande.
Eso es lo que tenemos que hacer en otras categorías, en otros deportes y en la vida en general: dejar de justificarnos y pelear por ser mejores.
Estos chavalos no se han quejado del Gobierno, del clima, del viaje, de la comida, ni la marca de los zapatos. Han salido a jugar con el corazón.
Ojalá vengan con una medalla. Pueden lograrlo. Son muy capaces y creen en ellos mismos mucho más de lo que nosotros creemos.
Sin embargo, pase lo que pase, han ganado respeto y un lugar en la historia, pero lo mejor es que estos niños aspiran a mucho más.
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