¿Por qué la gente, ni metiendo la mano en el costado de Cristo, al estilo de Santo Tomás, acepta creer? Ya nadie está seguro de convencer a alguien, pues todos parecemos hablar al revés de lo que pensamos. ¿Es bueno o malo? Podríamos coincidir con Diderot —escritor francés del siglo XVIII—, cuando dice que “la incredulidad es el primer paso hacia la filosofía”, esto a los nicas automáticamente nos convierte en filósofos. Así caminamos, haciendo creer que creemos, pero ya ni a los predicadores y menos a los políticos. Al nicaragüense, quizás no le queda ya lo de creyente, Descartes podría cantar su triunfo, pues somos familia y hermanos de la duda.
“El pecado de ignorar” que menciona el filósofo griego Sócrates, no es el nuestro. Sabemos tanto, verdades como medias verdades, mentiras y mentirillas, que ya no ignoramos nada o muy poco, y el resto lo componemos. Se venden verdades convenientes, a un mundo que ha decidido hacerse el engañado. Militantes de cualquier cosa han decidido jurar lealtad sabiendo que no significa nada. Las encuestas solo dicen que creemos en todo lo que nos preguntan y hasta amamos a los que nos odian. ¡Qué mundo! Aunque suena pesado decirlo, el siglo XXI está abriendo las puertas a una sociedad hipócrita, como ha escrito un articulista del diario El Mundo de España.
La gente no nace desconfiada. La escuela de la vida y los esgrimistas de la falsedad con envoltorio de verdad, están creando toda una escuela, en la cual los más aventajados entran a la política en primer lugar, y los demás se acomodan donde se les reconoce como “inteligentes”. La vida a veces parece graciosa con tanto invento que algunos se esfuerzan en vender, encontrando clientes que simulan creer. Pero nada que ver, la leyenda de la piedra filosofal no encuentra incautos. De vez en cuando, alguien compra un billete falso de lotería, o compra harina en vez del alcaloide que busca, pero nada más.
¿A quién engañar ahora? Ya hasta los niños de pecho aprendieron a comer queso. Simular estar engañados es una estrategia contemporánea. Los muchachos van al oráculo de Google a preguntar, y todo lo saben o al menos creen saberlo. Investigadores son todos los que tienen un smartphone o un acceso a internet y buscan y buscan y arman sus conclusiones. Algunas veces acertadas, otras confusas, pero siempre tienen una posición, frente a algún empalagoso y luchador gurú que pretende adormecerlos.
Hoy día ya nadie pone las manos al fuego por otro, recomendar es arriesgado. No se sabe, si detrás del rostro del dulce de Asís hay un sociópata. Caminamos por las calles como con un scanner pasando a la gente. La paranoia igual que la depresión y la ira son males que acompañan a todos, pero cada quien se declara sano a su medida. La búsqueda de alguien que genere confianza se ha vuelto como querer encontrar una aguja en un pajar. Todo el mundo exige respeto, pero no se lo gana, sus palabras recias hoy, mañana son vacías. ¿En quién confiar? Vamos a los templos buscando paz, tocando agua bendita, que nada puede cambiar. Asistimos a tiempos no calculados, pues siempre se espera que un mundo más maduro de experiencia e historia, sea más sensible más humano, pero nada.
¡Qué historia! Finalmente las mentiras terminan engañando al que las fabrica. Así de inteligentes, así de tontos, así de necios, empecinados unos, tratando de convencer a quienes simulan ser convencidos. Así caminamos, en esta tierra de Dios, llena de incredulidad y conveniencia.
El autor es escritor
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