Al leer los periódicos o ver los noticieros de televisión me inclino a creer que la humanidad es más mala que buena y que actualmente el mal en el mundo va ganando la batalla contra el bien, y al escribir mis últimas reflexiones sobre guerras, hambre y pecado, sentía que me confirmaban esa opinión.
Sin embargo, reflexionando más profundamente me inclino a creer lo contrario, que definitivamente los humanos somos más buenos que malos, a pesar de nuestros egoísmos y pecados; que el amor es bastante más frecuente de lo que nos imaginamos. Y que lo que pasa es que generalmente las cosas buenas no hacen noticia, mientras que las malas sí.
Estaba hace poco en Costa Rica y fui a un centro de salud a visitar a una pariente muy enferma. Me acompañaba en la visita un amigo, familiar también de la paciente, y en el camino mi amigo empezó a hablar de la Iglesia, de los escándalos de tantos sacerdotes pederastas encubiertos —por lo menos al principio— por las distintas jerarquías eclesiásticas, etc. etc. Y yo le comentaba que todo eso era cierto, pero que yo conocía otra realidad paralela, mucho más numerosa y radiante, de la que nunca se hablaba y que a diferencia de la realidad que él me comentaba no interesaba, porque no hacía noticia. Y también le comentaba que la inmensa mayoría de la maldad notoria en el mundo era producida y manipulada por unas pocas personas (dictadores enfermos mentales) acompañados por un grupito pequeño de serviles.
En eso llegamos al centro de salud y mientras caminábamos, por sus inmensos pasillos, fuimos ambos siendo testigos del ejército de monjitas que se afanaban a toda prisa atendiendo con admirable abnegación a tantos enfermos. Ambos sabíamos que lo hacían por amor y solo por amor, gastando todas sus vidas en una labor de todos los días evidentemente tan desagradable. Habían renunciado libremente a tener familia, privacidad, libertad, sexualidad. ¡Habían renunciado a todo por amor!
Y yo solo le dije: “¡Esa es mi realidad, la otra realidad!”
Y mi amigo solo atinó a contestar: “¡Me convenció tu realidad!”
¿Comprenden ustedes ahora —y podría contar muchas experiencias más— por qué yo siempre termino creyendo que el hombre es mucho mejor de lo que sospechamos?
Lo malo es lo de siempre: que los asesinos salen en los periódicos y en la televisión, y el amor, en cambio, frecuentemente es invisible; que si una madre maltrata a su hijo nos damos cuenta todos, y que si cinco millones de madres se sacrifican por ellos, nadie habla de eso.
Y así acabamos pensando que solo existe lo que nos cuentan. Pero yo apostaría que si ponemos en el plato de una balanza todos los actos de egoísmo y en el otro los de amor, el fiel se inclinaría hacia estos últimos.
Y hablando de madres ¿se han percatado ustedes que el amor materno, infinitamente sacrificado y amoroso (que no dudan ni un instante en dar hasta la vida por el hijo si fuese necesario) no es más que un pedacito de la sensibilidad, del amor de Dios regalado a todas ellas? Y como la mitad de la población son mujeres (y casi todas ellas llegan a ser madres) entonces la mitad de la humanidad es capaz de experimentar y de dar gratuitamente semejante amor divino de ser buenas. Y como muchos de la otra mitad son buenos padres, concluimos entonces que la inmensa mayoría de la humanidad es buena.
El autor es Coordinador de La Ciudad de Dios
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