El automovilista

Corría siempre en su automóvil detrás de la muerte hasta adelantarla. En otra ocasión, era ella quien seguía sus ruedas a la misma velocidad, él pudo ver por el espejo retrovisor, su sonrisa de hoyo a hoyo de las orejas, además de sus cuencas pícaras, chispeantes.

Corría siempre en su automóvil detrás de la muerte hasta adelantarla. En otra ocasión, era ella quien seguía sus ruedas a la misma velocidad, él pudo ver por el espejo retrovisor, su sonrisa de hoyo a hoyo de las orejas, además de sus cuencas pícaras, chispeantes.

Pasó mucho tiempo de esa manera, corriendo velozmente, y se acostumbró a tenerla cerca. Adonde él iba, lo seguía como su sombra, incluso, cuando bajaba la velocidad, ella también disminuía su carrera; por eso, decidió cambiar su táctica: ya no quiso correr más; bajó de su carro y por mucho tiempo anduvo a pié, sin prisa, saboreando platos típicos donde se le antojaba detenerse. Ella también se detenía por largo rato a platicar con alguien. Eran como dos niños jugando, riendo de sus travesuras.

Una noche, mientras la luna mostraba su cara oscura, él sintió cansancio y despacio, caminaba, sentía que casi le tocaba los talones, entonces, se desesperó, agarró todas las reservas de las fuerzas que le quedaban y corrió, casi volaba, pero al doblar la próxima esquina de la gran ciudad, encontró a la muerte… con las piernas cruzadas, esperándolo sentada en la cuneta.

Cultura Mauricio Rayo poemas archivo

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