Leí el artículo titulado La sucesión presidencial del general Zelaya, publicado en LA PRENSA del 11 de julio de 2015, en el tristemente célebre aniversario de la llamada Revolución Liberal de 1893, que llevó al poder al general José Santos Zelaya. El referido artículo es una especie de apología de Zelaya, como si fuese un hombre digno de imitar, lo que evidencia que cada quien cuenta la historia según su punto de vista.
La historia de Nicaragua registra que después de treinta años (de 1863 a 1893), en los que tuvimos seis presidentes, sin reelección (íbamos por el camino de la democracia) Zelaya estuvo en el poder por más de 16 años, desde el 11 de julio de 1893 hasta el 21 de diciembre de 1909. En ese período no hubo elecciones, sino que se conformaron Asambleas Constituyentes que cambiaron tres constituciones, incluyendo la famosa “libérrima” que no vivió ni seis meses porque prohibía la reelección presidencial (¿les resulta familiar?).
Aunque la historia no lo registra, es claro que Zelaya “convencía” a los diputados de nombrarlo a él como presidente con el dinero del erario público, iniciando así la infausta tradición de permanecer en el poder comprando conciencias con el dinero del Estado de Nicaragua, que en realidad nos pertenece a todos los ciudadanos y no a los grupos que detentan el poder y que lo usan para vivir como ricos mientras la mayoría del pueblo se debate en la miseria. Lo mismo hicieron los Somoza, cambiando seis constituciones para permanecer en el poder por 45 años (1934 –1979) y cuya expulsión costó mucha sangre y valiosas vidas. Lo mismo hace ahora Daniel Ortega, tratando de perpetuarse en el poder, aunque para eso “su” Corte Suprema de Justicia tuvo que “sentenciar” que la Constitución era inconstitucional y aceptar que el mundo entero (representado en parte por la Unión Europea, la OEA y la Iglesia Católica) afirme que el gobierno de Ortega es producto de un fraude electoral.
Al final, Zelaya huyó cobardemente (como hizo Somoza) porque no tuvo la entereza de enfrentar las consecuencias de sus actos y porque llevaba un jugoso botín que le permitió vivir el resto de su nada ejemplar existencia. Su legado fue que los Somoza y Ortega repitieran las violaciones a la Constitución Política que Zelaya “enseñó” que podían hacerse.
Si bien durante los gobiernos de Zelaya hubo avances en todas las áreas más bien estos fueron propios de la modernidad de ese tiempo, como los hubo en los gobiernos de los Somoza y como los ha habido en los gobiernos de Daniel Ortega, lo que no significa que tengamos que agradecerle a este último por los teléfonos celulares, la internet o la construcción y mantenimiento de carreteras que son su obligación como gobernante.
Lo que en verdad necesitamos en Nicaragua son gobiernos que se reconozcan al servicio de la ciudadanía y no dueños de vidas y haciendas, que respeten y hagan respetar las leyes republicanas que protegen la vida, la libertad y la propiedad privada y que limiten el ejercicio del poder a través de la independencia de los poderes del Estado y la realización periódica de elecciones libres, honestas y transparentes.
El autor es Cirujano General y Directivo Nacional del Partido Acción Ciudadana (PAC).