La llamada revolución de octubre de 1909 organizada en contra del gobierno del general Zelaya, estaba militarmente controlada y si todavía daba palpito de existencia es por el apoyo incondicional dado a dicho movimiento armado por el gobierno de los Estados Unidos, sobre todo por el secretario de Estado Philander Knox quien mantenía diferencias personales con Zelaya; con dicho apoyo extranjero, con barcazas de guerra en el Bluff, y habiéndose declarado zona neutral Bluefields, en donde estaba el epicentro de los insurgentes y con el fuerte apoyo financiero que estos recibían de algunas empresas mineras de la región, la situación se tornaba difícil para el gobierno liberal; sin embargo, lo que terminó de tensar los acontecimientos fue el fusilamiento de los norteamericanos Lee Roy Cannon y Leonard Groce quienes fueron capturados “infraganti delito” al intentar dinamitar una embarcación con cuatrocientos soldados nicaragüenses a bordo, quienes se dirigían a combatir a los rebeldes; capturados juzgados y fusilados la madrugada del 16 de noviembre de aquel año, fue el pretexto de Knox para enviar su conocida y famosa nota.
El gobierno del general Zelaya fue notificado de dicha nota el 1 de diciembre de 1909, por medio de la representación diplomática en Washington; el expresidente era un nacionalista inclaudicable, pero también lo cobijaba el patriotismo y con sentido común, después de intercambiar comunicación cablegráfica con personeros del departamento de estado norteamericano y al no tener eco sus planteamientos pensó que había llegado el momento de entregar la presidencia.
Me refería mi señor abuelo José María Castellón Lacayo (1878-1969) en amplias conversaciones, difícil de reproducir en este escrito pero plasmadas en sus diferentes tratados sobre el liberalismo, que Zelaya inició urgentemente reuniones de su gabinete; una de estas se realizó en la segunda semana de diciembre de aquel año, estando presente el gobernante acompañado por miembros de su gobierno, entre ellos los señores Julián Irías, José María Castellón, José Olivares, Toribio Matamoros, sus asesores, secretarios personales y el brillante legislador Manuel Coronel Matus; se inició aquella sesión manifestando el presidente, lo apremiante de la situación y la necesidad de designar a la persona que debería terminar su período presidencial; manifestó que su ética cívica, militar, le impedían seguir luchando contra un movimiento armado que contaba con el decidido apoyo de la primera y única potencia mundial (de la época) y no quería un innecesario derramamiento de sangre —en determinado momento de dicha reunión, el presidente propuso a don Julio Irías, para sucederle, pero sus ejecutorías militares a favor del gobierno liberal, su afinidad al general Zelaya como funcionario y leal amigo, serían causa para no ser aceptado. Otro propuesto fue don Camilo Castellón Lacayo, exministro de guerra, uno de los principales ideólogos de la revolución liberal y fiel amigo de Zelaya, quien de la misma manera se adujo que tampoco sería aceptado, además que en ese momento se encontraba distante, cumpliendo funciones diplomáticas en Hamburgo. Se propuso entonces a don José María Castellón, era funcionario joven y ponderado pero se planteó que su zelayismo era innegable, fungía como ministro de Hacienda y además auditoriaba las cuentas y propiedades personales del general Zelaya, causas para obtener la venia correspondiente.
En aquellos momentos trascendentales para Nicaragua afloró la personalidad del doctor José Madriz Rodríguez, para que fuera sucesor de Zelaya. El doctor Madriz, era abogado, preclaro ideólogo y apóstol liberal, ejercía en ese entonces, en representación del país, como magistrado de la Corte Centroamericana de Justicia, con sede en Cartago, Costa Rica, desde donde vino para ocupar el alto cargo.
La mañana del 21 de diciembre de 1909 durante la solemne sesión XIX de la Asamblea legislativa, el presidente Zelaya entregó la presidencia de la República al doctor Madriz y refiriéndose a este en parte de su elocución el presidente Zelaya dijo: “Conjuro a los buenos nicaragüenses para que rodeen desinteresadamente al doctor José Madriz, porque su sagacidad, ilustración y patriotismo son prendas seguras de que hará un buen gobierno”.
En horas tempranas de la víspera de la Navidad de aquel año, el general Zelaya se embarca hacia el puerto Momotombo en las inmediaciones de León Viejo; allí llegaron vía férrea su gabinete de gobierno y amigos íntimos, para más tarde partir todos hacia el puerto de Corinto; la travesía se dio en forma tranquila, el general tenía buen ánimo y sostuvo durante el viaje amena conversación; en Corinto fue recibido con gran júbilo —estudiantes del Instituto de la localidad entonaron las notas de Hermosa Soberana , himno nacional de aquellos tiempos, y antes de abordar el buque cañonero “General Guerrero” enviado por el presidente de México don Porfirio Díaz, el presidente Zelaya recibió honores militares y salvas de cañonazos.
Dejaba a Nicaragua completamente transformada, una nación soberana, digna, reincorporada La Mosquitia, con enormes obras de infraestructura, la educación cimentada en bases sólidas y renovada una legislación amplia, acorde a los cambios sociales y económicos, forjando con todas estas conquistas un Estado moderno cuyas dimensiones han tenido carácter de contemporaneidad.
El autor es magistrado de la Corte Suprema de Justicia
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A