Todo empezó en Buenos Aires después que la dictadura militar de los generalotes argentinos fuera derrocada. Cientos de señoras iban a la bonaerense Plaza de Mayo blandiendo fotos de hijos, esposos, hermanos a demandar información sobre ellos. El jefe de la Junta el generalote Leopoldo Fortunato Galtieri, no hallaba donde ocultarse. Las protestas fueron conocidas en el mundo como Las Damas de la Plaza de Mayo. Derrocada la Junta Militar, el presidente Alfonsín decretó una Ley que ordenaba encontrar a cuanta persona la dictadura había “desaparecido” y castigar a los culpables. Varios generalotes fueron condenados y juzgados a vivir arrestados en la complicidad de sus cuarteles.
En La Habana, Cuba, pueblo aherrojado por el castro comunismo, surgieron las protestas demandando libertad contra miles de presos políticos, desde el coraje de cientos de señoras que, —con solo vestir de blanco—, asistían a misas los domingos. Se autodenominaron “Las Damas Vestidas de Blanco”. Con solo llegar a los templos y caminar pacíficamente, contra la tiranía castrista se desploma una sistemática denuncia mundial que ha sido difundida en el mundo. Han sido presas, reprimidas, metidas en autobuses y enviadas a sus casas, pero siguen. Ellas, argentinas y cubanas, han sido ejemplos que en Latinoamérica las protestas sistemáticas dominan las dictaduras.
En Guatemala, un expresidente fue condenado por corrupto y preso. Recientemente la exvicepresidenta renunció ante las protestas. En Costa Rica dos expresidentes han sido condenados y presos. En Perú Fujimori aún está preso. El Noriega de Panamá que ferozmente blandía machetes, fue manso corderito ante los marines que lo capturaron. En Honduras, Zelaya fue justamente derrocado por abusivo. La lista seguiría.
La historia nuestra evoca que en 1944, decenas de universitarios protestaron contra una de las reelecciones de Somoza García. Su cuadro de metro y medio en el Paraninfo universitario de León fue rociado con ácido, Somoza García cedió y no fue candidato. He visto miles de pósteres de Daniel Ortega rotos.
En Managua, las protestas contra el somocismo duraron años. Recientemente ancianos indefensos dominaron la dictadura. El orteguismo ha cedido porque solamente entiende con el mismo método con que el riposta. Con violencia. Ahora el orteguismo cosechará las tempestades de su abuso sistemático; tantas violaciones; tanta concentración de poder; tanto irrespeto y desprecio al Estado de Derecho.
Las imágenes captadas recientemente frente al edificio del Consejo Supremo Electoral (CSE), de ciudadanos que demandan reformas electorales, son ahora el detonante de un alud de lava ardiente que ha inundado las aspiraciones republicanas, posadas en el corazón de un pueblo que, como dijo el maestro inmortal, bien puede blandir el acero de la guerra o el olivo de la paz.
Se desplomó la naciente tormenta y el orteguismo está en la encrucijada: o cede, o la ardiente lava no cesará de manar un volcán republicano en permanente erupción.
Es irreversible. El orteguismo sentirá las consecuencias de su desprecio a las leyes y asistirá a una encrucijada: si rectifica malo y si no, peor. Como preguntó en televisión el ingeniero Alfredo César: ¿Qué hará el orteguismo cuando ante las vallas metálicas de la policía hayan veinte mil, treinta mil personas haciendo lo mismo que las valientes mujeres en Buenos Aires o la Habana? Si corre la sangre, nada nuevo será para el valiente pueblo nicaragüense pues no existe ni existirá dictadura que lo someta.
Como pronosticó el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en su discurso de gratitud en un homenaje nacional que se le tributó en la Cuesta Country Club el 6 de Noviembre de 1977: “Un país no se puede pacificar a sangre y fuego”.
El autor es abogado.
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