La integración entre pensamiento y acción constituye un desafío ineludible de hoy y de siempre en cualquier momento y lugar de que se trate. En la actualidad, sin embargo, tal exigencia adquiere una importancia particularmente significativa, debido a la fragmentación producida entre ambas categorías y a la pretensión del sistema económico y financiero, de normar mediante la idea del mercado absoluto, todas las formas del pensamiento y comportamiento humano.
En lo que concierne a nuestro país la necesidad de lograr una práctica racional y un pensamiento construido y enriquecido por la acción, constituye una necesidad imperativa. En el ejercicio político dominante hoy y ayer en nuestro medio, ha prevalecido la confrontación más que el diálogo, la descalificación del adversario, más que el debate de las ideas.
La ausencia de una verdadera interacción entre las ideas y las acciones, ha sido uno de los factores principales en la historia de nuestro país, en la deformación del concepto y práctica de la política y una de las causas que ha imposibilitado el desarrollo cualitativo de nuestra historia, transformada en un escenario de repeticiones, en el que el futuro es el pasado que regresa.
En ese contexto, pareciera indispensable toda aquella actividad que promueva un verdadero intercambio racional y un debate de las ideas, en el que interactúen y se integren pensamiento y acción, pues ese ejercicio constituiría ya en sí mismo un proceso educativo de la comunidad nacional, esencial para poder operar una transformación en los comportamientos y los resultados de nuestra práctica histórica.
Un verdadero debate de las ideas ha estado ausente en la historia nicaragüense, o ha tenido, en el mejor de los casos, una presencia muy débil. Por ello, hay que trabajar en forma constante y consciente para contribuir a construir esa actitud, convencidos de que no se trata de una fórmula mágica ni de una panacea o dogma político, sino de una toma de conciencia para operar el cambio necesario, a través de un proceso educativo en el que todos tenemos un compromiso y una responsabilidad.
Se trata de lograr que las ideas y la acción que de ellas deriven sustituyan al poder personalizado y de construir una práctica alimentada de un pensamiento nuevo de cuyo ejercicio dependa el accionar político.
La filosofía política tiene en ese contexto una responsabilidad fundamental, cuya práctica debe contribuir de manera significativa a superar la idea de que el pensamiento está alejado de la realidad, aislado en una torre de marfil a la que solo tienen acceso los iniciados para discutir sobre pensamientos abstractos, indiferentes ante los hechos concretos.
Frente a una consideración semejante, es necesario reafirmar que la filosofía es vida pensada y pensamiento vivido; que el pensamiento es una forma de la realidad, de la misma manera que la realidad es, a su vez, una forma del pensamiento.
La filosofía busca lo universal a partir de un contexto particular, de una circunstancia específica de espacio y tiempo. De ahí que su misión histórica sea una función de relación e integración de los resultados de la intercomunicación entre pensamiento y acción a través del tiempo y el espacio.
En ese sentido, es una tarea de reconstrucción, integración e incorporación entre teoría y práctica, pensamiento y acción, análisis y síntesis, de integración de las contradicciones y síntesis de las diferencias, ya que su labor está indisolublemente asociada a la realidad concreta del ser humano, pues no hay que olvidar que este es un desplegarse que deviene historia y por lo mismo no está plenamente realizado sino que está siempre realizándose.
Esta necesaria correlación entre teoría y práctica nos reafirma que la teoría es la razón de la práctica y esta, la práctica, la historicidad de la razón, pues todo pensamiento en cuanto acción de la inteligencia y la conciencia, entra en la historia, se historiza y en esa relación dialéctica la filosofía es la realidad que debe transformarse en concepto, pero es a la vez el concepto que debe transformarse en realidad.
Podrá quizás pensarse que esta propuesta de propiciar el debate de las ideas desde una perspectiva que integre realidad y razón, teoría y práctica, pensamiento y acción, es una utopía por irrealizable. Ante una afirmación semejante, convendría recordar que, si bien utopía significa el lugar que no existe, no hay que olvidar que si no existe es porque aún no ha sido construido, y recordar también que en el origen de toda lucha hay siempre una utopía.
Pero aunque se aceptara que la utopía es algo inalcanzable, esta existe en la conciencia individual y en la historia misma, en la medida en que es capaz de motivar la acción humana a construir el camino en busca de ese objetivo lejano.
La utopía es un ideal para la conciencia individual y la historia misma, a condición de que se la acepte como deseo de superación en libertad y dignidad, sin pretender encasillar esos anhelos en fórmulas políticas infalibles que impuestas por la fuerza terminan produciendo la destrucción de esos valores.
Hay que reaccionar contra la idea de la utopía impuesta por modelos ideológicos que desembocan siempre en tiranías políticas, es lo que llamaríamos la utopía carcelaria, a la cual opondríamos, desde el plano de la filosofía y del arte, la utopía que llamaríamos libertaria, sobre todo en el arte, utópico por excelencia y por esencia, espacio ético y estético de la realización del ser, pues el arte nos da lo que la realidad nos niega.
La utopía será posible si se la asume como motivación histórica y moral, si se la considera como el horizonte que si bien se aleja de nosotros en tanto avanzamos hacia él, nos permite en ese afán imposible de alcanzarlo, avanzar en la ruta que conduce a la búsqueda de la libertad, la justicia y la felicidad.
Ese camino que se construye al andar, como diría el poeta Antonio Machado, esa utopía posible que permite avanzar y construir mientras se camina, requiere superar una doble contradicción: la del pensamiento sin acción; y la de la acción sin pensamiento.
El debate de las ideas que debería realizarse en Nicaragua en forma general y continua debe de estar consciente que el pensamiento sin acción es un vacío y una abstracción, y que la acción sin pensamiento es un acto instintivo, mecánico e instrumental. La interacción e integración entre pensamiento y acción debe ser una finalidad claramente establecida por lo que se requiere un ejercicio educativo, amplio y sostenido, para lograr un cambio de cultura política y la formación de una comunidad nacional cada vez más consciente y participativa.
El autor es jurista y filósofo nicaragüense.