Hoy seremos ese periodista que sin nombrar palabras que disgustan al férreo poder desentierra la censura a la que se ve sometido en su trabajo diario. Nuestro periodista informa bajo vigilancia y estará situado, pongamos por caso, en ese milenario país del centro. País de Asia tal vez, probablemente del mundo. Al igual que otros blogueros o usuarios de Internet, no podrá teclear ni publicar en la red determinados nombres y fechas históricas, ya que al parecer su nación los considera impronunciables. Es más, lo ocurrido aquella esperanzadora pero fatídica noche de junio de 1989 logra ser borrado de puertas para adentro por una gran muralla cibernética que permanece al acecho para bloquear el acceso a la información.
Por supuesto que existen formas informáticas de burlarla, puestas en práctica silenciosamente por investigadores, escritores, periodistas y aquel ciudadano que desea y se puede permitir navegar libre. Pero para no ser bloqueado al informar, nuestro periodista de la ancestral dinastía nos dice que mejor usar eufemismos que escondan las prohibiciones. Son palabras problemáticas porque desprenden libertad, polémicas porque atentan, presumiblemente, contra el régimen político que detenta el poder desde hace ya varias generaciones. El periodista de este país del centro no tiene Facebook, ni cuenta en Twitter, no puede acceder a todos los periódicos del mundo, ni leer libros o investigaciones extranjeras que le interesen a través de la red. Sí puede, sin embargo, colgar fotos y tener cuentas en otras redes nacionales homólogas, surgidas propiamente de la censura y del afán de no dejar de subirse a esa carrera global y sociedad tecnológica en la que nos encontramos. La tecnología se acepta, pero con control de información. El periodista sospecha que un ejército de censores a sueldo trabaja en busca de esa palabra, página web o documento peligroso.
Este mes de junio se cumplen 26 años de aquel movimiento estudiantil que clamaba por una reforma del sistema, no así su destrucción, desde la magnificente plaza de tejados alados de la capital del país del centro. Una plaza que comienza por T, y es lo máximo que puede teclear de su nombre nuestro periodista. Los acontecimientos y el resultado de aquellas revueltas sociales fueron retransmitidos por televisiones extranjeras. La imagen de un joven en mangas blancas de camisa, solo, frente a un tanque en una avenida dio la vuelta al mundo. El gobierno del país del centro contuvo el aliento y pareció que quizá el ansiado cambio estaba por llegar de mano de los sectores más reformistas, pero el ala de poder de los inmovilistas acabó imponiéndose con fuerza. Aquella noche de principios de junio de 1989 (lo sentimos pero la fecha exacta se bloquea) muchos estudiantes nunca regresaron a sus casas. Otros lo hicieron desolados y callaron para siempre. Todavía hoy no está permitido saber. Ni preguntar por los que faltan. Buscar información al respecto en Internet está reprimido por una gran muralla virtual.
Paradójicamente, aunque acceder a la información esté vetado por fronteras, la economía del autoritario país está entre las primeras del mundo, desplegando influencias en cada rincón del planeta. En contra de lo que medio mundo vaticinó que sucedería tras las revueltas sociales, el país del centro practica una doble rasante. Aquello que no gusta en las esferas es automáticamente censurado. Nuestro periodista autocensurado advierte de los peligros de tales prácticas. Los ciudadanos, que han aprendido a vivir en tal rígido sistema gozan de mejor nivel de vida en las ciudades (aunque cuestionable en áreas rurales), viajan fuera de las fronteras, estudian en universidades extranjeras, pero su libertad es la del partido en el poder. En esta era, la obsesión del poder por los medios digitales somete libertades, y ya no solo en su país. La libertad virtual será la próxima batalla a ganar, finaliza. Y no solo en su país, avisa.
La autora es periodista y especialista en Asia Oriental.
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