En este ensayo, no comentaré las obras de grandes autores de la era clásica del teatro griego como Eurípides o Sófocles. Más bien les ofrezco algunas reflexiones sobre el drama que Grecia está viviendo ahora. Me refiero a su crisis de alto endeudamiento y colapso económico que pudiera desembocar en su salida de la Zona Euro, y quizás en cuestión de semanas.
El inicio de este drama se da en 2001 cuando Grecia entra a la Zona Euro. A pesar de ser uno de los países más pobres de Europa, esto se celebró porque culminó sus veinte años de membrecía en la más amplia Unión Europea y porque Grecia era la histórica “cuna de la democracia”.
Como condición de su integración en la Zona Euro, Grecia se comprometió a cumplir con la condicionalidad del Tratado de Maastricht, firmado en 1992, que estipulaba que los miembros de la Zona Euro practicarían disciplina fiscal y endeudamiento prudente. Los parámetros que Maastricht establece incluyen un déficit fiscal no superior al 3 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) y un nivel de endeudamiento no superior a 60 por ciento del PIB.
Al comienzo todo parecía andar bien para Grecia. Su economía tuvo un crecimiento que promedió más de 4 por ciento hasta 2006 y su pueblo prosperó, en parte por el fácil acceso a financiamiento en condiciones favorables por pertenecer a la Zona Euro.
Los buenos tiempos se acabaron en 2008, sin embargo, como consecuencia de la Gran Recesión de 2007. Grecia no fue el único país de la Zona Euro afectado por la desaceleración mundial. Otros miembros —como Irlanda, España y Portugal— también fueron seriamente perjudicados, en algunos casos hasta con más fuerza inicialmente que Grecia. Pero con el pasar del tiempo, ninguno de estos ha sufrido tanto como Grecia. Una cifra lo dice todo. Entre 2008 y 2014, la economía griega experimentó una contracción casi del 30 por ciento de su PIB. La cifra correspondiente para España —país que hemos seguido más de cerca por nuestra afinidad a la madre patria y porque su economía es mucho más grande que la griega— fue de aproximadamente cinco por ciento.
Mientras el resto de Europa vivió una recesión, Grecia pasó por una depresión económica. Y cuando la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario conformaron una “troika” (palabra rusa para un trineo de nieve jalado por tres caballos) para rescatar a Grecia, sus expertos se encontraron con una sorpresa. Grecia no estaba cumpliendo con los parámetros de Maastricht. Tanto su déficit como su deuda eran más de tres veces los permitidos. ¿Qué pasó? ¿Los griegos habían estado cocinando sus numeritos o los expertos internacionales habían sido negligentes en su seguimiento de la economía helénica?
La reacción de la “troika” fue imponerle un programa de ajuste estructural a Atenas. Este consistió en una reducción del déficit fiscal, en la masa salarial y pensiones del estado y en un aumento en el IVA. A cambio, Grecia recibió el equivalente de US$270 mil millones en préstamos de la “troika” y la condonación de la mitad de su deuda con acreedores privados.
La depresión griega ha tenido un alto costo social. El desempleo, por ejemplo, anda por 25 por ciento. Obviamente esto era insostenible políticamente y en elecciones celebradas en enero de este año salió electo el partido Syriza o de Izquierda Radical. El nuevo primer ministro, Alexis Tsipras, ha utilizado una estrategia curiosa para negociar. Ha descartado el uso de una corbata hasta culminar exitosamente sus pláticas con la “troika”, ha denunciado una resolución de la Unión Europea condenando las acciones rusas en Ucrania y ha dicho que pondrá fin a la austeridad. Es más, ha acusado a la “troika” de saquear a su país y ha amenazado reenganchar a 12,000 funcionarios despedidos.
Tsipras ha estado negociando con la “troika” al más alto nivel. En algunas ocasiones, por ejemplo, sus interlocutores han sido Ángela Merkel, primer ministro de Alemania y François Hollande, presidente de Francia. Pero no ha logrado cerrar un acuerdo. Entretanto, el mercado financiero ha perdido confianza en Grecia. Sus bonos han alcanzado una tasa de interés de más de 13 por ciento, una de las más altas del mundo.
En el fondo, la carta que Tsipras está jugando es que si no se ablanda el programa de la “troika”, Grecia saldrá de la Zona Euro. Hasta la fecha, los europeos se están dejando chantajear. Parecen querer mantener la integridad de la Zona Euro a todo costo. O quizás temen que la salida griega resultaría en un daño colateral que afectaría a la modesta recuperación económica que la Zona Euro está experimentando. Este último argumento me parece exagerado ya que la economía griega representa tan solo el 2 por ciento del PIB de la Zona Euro.
En todo caso, este drama podría estar entrando en su última etapa. Antes de finales de junio, Atenas tendrá que pagarle el equivalente de US$$1.5 mil millones al Fondo Monetario, obligación que es ineludible por el estatus privilegiado que gozan préstamos de las instituciones Bretton Woods (el Fondo Monetario y el Banco Mundial) en el andamiaje financiero internacional. Veremos si la versión socialista helénica resolverá la crisis griega rápidamente y no con un “parche que la postergará por unos meses. O si Tsipras cumplirá con la advertencia de Margaret Thatcher, la ‘dama de hierro’ británica, quien sentenció que los gobiernos socialistas solo sirven para una cosa, acabar con la plata de otras personas”.
El autor es economista y fue canciller de Nicaragua.
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