(A mi amigo poeta Jaime Buitrago Gil)
No sabía que en la ciudad de León hay hombres solos/solitarios. Aclaremos todos somos solos/solitarios unos menos que otros.
Eran como eso de las seis de la tarde estaba sentado mirando la plaza en el restaurante el Sesteo. El cielo es de invierno, pasan nubes se destilan en otros lados donde cae abundante lluvia, lejos muy lejos…
La misma plaza de siempre, hoy con otro diseño sin alma, ni sentimientos.
Algunos árboles (de mal gusto por cierto) con esas ramas estiradas al máximo sin recortes ni intervención o arreglos (seria pedir mucho), luego el tal kiosco escondido atrás lleno de acróbatas del baile moderno saltando tal como conejos en competencia inentendible. En la parte extrema hacia el Oeste líneas de ranchitos y mostradores de chucherías folclóricas. Luego bancas dispersas y faroles dispersos en no se qué orden; y sin faltar la mole de cemento con un montón de placas pegadas de gente que no se sabe por qué están ahí.
El monumento va subiendo en escalinatas hasta reducirse en un cuadrado donde está colocada una estatuita de Máximo Jerez, cubierto de excrementos blancos de las palomas de Castilla (que son ya una peste) y por supuesto el aburrido edificio del sema arte Deco de la alcaldía y en el lado Sur el post-gótico del colegio de la Asunción y la extraña y controversial Catedral erecta como un enorme disparate de los coloniales de aquél entonces.
Me senté y pedí una cerveza. Acostumbrado a llegar a la misma hora para ver pasar a los paisanos y guapas mujeres de esta ciudad. Mirando hacia la plaza toda clase de chifladuras imaginarias así como las modas que llevan las jóvenes, los vendedores fugaces, y las “chelas”, extranjeros que no se detienen ante nada, ni les interesa nada, y que van rumbo a los salones cerveceros tal vez para olvidarse que al regreso deben de trabajar, en esos países donde nunca se descansa…
En eso estaba cuando de pronto vi aparecer un hombre raro transitando despacio y con la mirada perdida de un robot; un hombre sin gesto y menos de curiosidad, concentrándose en algo imposible de descifrar. Venía en dirección de Sur a Norte en una línea perfectamente recta.
Pasó muy cerca de donde yo estaba sentado en la propia esquina y luego desapareció. Al rato otro hombre esta vez del Este hacia el Oeste siempre en línea recta, sin sonrisa, como un robot. Cruzó el parque y se perdió en la distancia. Me fije como vestían: pantalones de pliego planchados, zapatos puntiagudos y camisa corta y camisola blanca por debajo. Un estilo desde hace setenta años o más y gafas bastante fuera de moda y peinado de raya.
“¿Para dónde irán? —me dije—. ¿Quiénes son?” En eso estaba, cuando de varios ángulos aparecieron otros y los mismos que regresaban cruzando la plaza con el caminar recto y sin saludar a los otros ni alguna persona.
Yo estaba más que curioso, nervioso por la demostración, me dije otra vez “¿se habrán puesto de acuerdo entre ellos para entretener a los transeúntes?”
Seguí tomándome otra cerveza y ya listo apunté en la enumeración cuantas veces aparecieron cruzando la plaza. (Ocho veces los ya conocidos y cinco veces los nuevos) y después de una hora aparecieron tres mujeres solas caminando lentamente pero fuera de las diagonales y esta vez de Oeste a Este. Solas encaminadas vestidas de negro. Esa noche apunté siete en media hora, cinco agregados y siete mujeres.
El parque seguía animado como un gran circo abierto.
Había de todo extranjeros tirando fuego por la boca, vendedores de hamacas, bicicletas desmontadas; estaba la prohibición de todo lo que era mecánico, no se podía cruzar el alrededor del parque; mentalmente lo estaban convirtiendo en un refugio de algo sagrado que nunca he podido entender. Pasaban patinadores subiéndose en las aceras de las tiendas enfrente del costado Norte de la Catedral, y unos “emos” sombríos, con pelaje de pajes y flacos con color de malaria.
Fui a casa y me dormí pensativo en todo lo observado. “¿Que será? —me cuestioné— que hasta ahora me he fijado en esto; cómo es posible que no haya detectado el itinerario de los hombres solos/solitarios?”
Regresé al mismo lugar, la misma esquina la idéntica mesa en el Sesteo.
Esta vez estaba preparado con una libreta y un bolígrafo. Comencé la tarea de apuntar y así fue siempre a la misma hora.
Pasaba el primero de Sur a Norte; otro en dirección opuesta de Oeste a Este. Esta vez conté más de cuarenta hombres solos.
“¡no! —me dije— esto es algo raro, sucede un fenómeno escondido, algo. ¿Solos? Habiendo tantas mujeres que indirectamente buscan hombres, ¿que pasa?”
En una semana pasé contando cuanto y tanto hombre solo apareció en el mapa del parque. Algunos eran repetitivos (ya los conocía de vista), otros nuevos…
Estaba lleno de preguntas: de dónde viene este fenómeno; será que siempre existió. No creo que fuese la política a pesar que solo hay un partido ideológico y un hombre que gobierna “for ever”, ¿tal vez será una forma nueva de esquizofrenia o un escape social? No sé. No hay explicación.
Deben de trabajar en algún lugar de la ciudad y luego se preparan para el desfile ya en el atardecer.
Caminan despacio hombres y mujeres sin hablarse como robots, solos.
Busqué documentación y me encontré con los cuadros de Renne-Magritte “los misterios del horizonte” y, Balthus, pintaba calles donde nadie se conocía y caminaban cruzándose pintados hombres solo, y por supuesto Giacometti con sus figuras de hombres solos/solitarios y muy delgados. Entonces, puede ser que este fenómeno sea muy antiguo, y que en la tierra caminan todos los días hombres y mujeres solos/solitarios y en este país están por todas partes.
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