Imagino a Prokofiev saltando sobre las cuerdas de la belleza del “ballet”, coronado por la especialidad del movimiento en los escenarios donde todo es articulación corporal.
A pesar de las dificultades que encontró para hacer su música comprensiva en la era de la influencia soviética este autor fue un neoclásico. Supo darle acento formal al estilo selecto de las partituras obligadas por las autoridades culturales “revolucionarias” a penetrar en las masas.
Puntualizo en Prokofiev porque su música cubrirá el trayecto de La Cenicienta . Nicaragua no había tenido la oportunidad de ser la sede de la mundial académica del ballet ruso “Moscow State Ballet”, tampoco había sido en la antecedencia, centro del más penetrante cuento clásico de todos los tiempos y para todos los tiempos en los rangos de la edad humana: La Cenicienta de Charles Perrault, clasicismo y fantasía, la magia en su más concentrada exposición donde se juntan diversos elementos de la teatralidad.
Ramón Rodríguez, orgulloso de poner a este espectáculo en el escenario del Teatro Nacional Rubén Darío el 23 y 24 de junio, expresa que la compañía pondrá en juego el ensueño, la magia, el colorido universal de La Cenicienta que será el fruto de la más esmerada selección en el ballet ruso situando como ejemplo al “Bolshoi” sobre quien recae la responsabilidad de la creación clásica erguida por la fantasía. Coreografía de Marius Petita, Enrico Cecceti y Lev Ivanov. No es posible explicar —y ello causa asombro— que se haya logrado en el contenido mágico, la partitura de Prokofiev por su estructura neoclásica.
Esta vez triunfa la ilusión sobre los moldes tradicionales, el argumento de la utopía con el respaldo musical de un Prokofiev habituado en su estilo a ser el acompañante de cuentos menos maravillosos como Pedro y el Lobo .
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