Hace unos días tuve la oportunidad de hablar con un estudiante universitario y le pregunté en qué trabajaba su mamá. Su respuesta me molestó. Más bien no su respuesta, sino su reacción. Me dijo que su mamá no trabajaba, mientras se encogía de hombros. Luego rectificó —sin desencoger los hombros— diciendo “bueno… es ama de casa”.
Le dije que eso no era ninguna vergüenza, que es un trabajo importantísimo y el más digno; que vergüenza debía dar decir que uno se dedica a algo deshonesto. Lamentablemente es la reacción con la que muchos se refieren a las labores del hogar, como si fuera algo de poca categoría, un “rebajarse”, un “esclavizarse”.
La curiosidad me llevó a preguntarle la razón de su vergüenza y me dijo que en una de las tan sonadas clases de “género”, le dijeron que eso de ser ama de casa ya no iba, que era para mujeres oprimidas, que era para mujeres que no tenían otra opción. Que la realidad es que las mujeres ya no son tontas y que todas quieren tener un trabajo que de verdad las realice como personas.
Me quedé pensando en la necesidad de rectificar esas nociones denigrantes de la mujer, las que con el afán de una supuesta liberación la acaban viendo en función de su utilidad en la fuerza laboral formal y no su aporte como persona. Pensé también en las mujeres que sí son esclavas de trabajos que no aman y en tantas que conozco que, de no ser por la urgencia económica, si pudieran dedicarse exclusivamente a su familia lo harían de buena gana.
Basta que prestemos atención a los medios de comunicación y veamos cómo se invisibilizan las labores de servicio. Parece que hay un interés en no hablar del tema, de que se piense de que la dedicación al servicio de otros es una especie de mal necesario.
Al igual que la mayoría de nicaragüenses, este tema no me es ajeno. Soy hijo de una mujer que, luego de haber concluido una carrera universitaria y de haber ejercido esa carrera unos años, se consagró a un proyecto personal apasionante: su familia. No como premio de consolación, sino por decisión y por vocación. Ella estaba segura que aunque otras personas podían asumir esa tarea por dinero, nadie lo iba a hacer como ella y por amor.
Mi intención no es polemizar sobre la importancia de unos trabajos u otros, sobre la justa retribución que merecen y tampoco de las variadas razones por las que muchas mujeres trabajan fuera de su casa o en ella.
Mi único objetivo es concientizar sobre la dignidad del servicio doméstico y de todas las labores de servicio; sea que lo realice la mamá de uno o las personas que trabajan profesionalmente para otros en tareas de cocina, servicio y limpieza.
No podemos permitir que en pleno siglo XXI se vea con lástima a quien es ama de casa y con complacencia por ser ejecutiva a otra. La dignidad no reside en sus cargos, ni en sus salarios. Su dignidad viene de su ser persona, de su ser mujer.
Sirvan estas palabras de homenaje a todas esas mujeres, madres o no, que dedican su vida a servir a otros, por salario y sin él, con horarios y sin horarios. Ustedes hacen que las casas sean hogares, que un grupo de personas sea familia y que el mundo sea un lugar donde el amor y la abnegación le ganen la guerra al odio y a la indiferencia.
El autor es consultor en Educación.