Por haber deseado durante muchos años vivir en democracia sin alcanzarla, los nicaragüenses tenemos una fuerte fijación por los valores democráticos; aún con sus imperfecciones disfrutamos la democracia por unos pocos años pero la perdimos en el 2007 y no hemos podido aceptar tal pérdida.
El nuevo ascenso de Ortega al poder provocó un síndrome post traumático colectivo que por el temor inconsciente por la pérdida de la democracia nos ha producido una negación de la realidad, nuestra conciencia no quiere reconocer que ya no vivimos en democracia, pero nuestra fijación histórica nos obliga a pensarnos en ella lo que conduce a que la mayoría de nuestros análisis y consideraciones partan de la premisa de que vivimos en democracia lo que nos lleva a juzgar con los valores propias de esta.
Muchos critican a la oposición como si realmente pudiera existir una verdadera oposición, esto es producto de la negación colectiva a la realidad que nos disgusta y que rechazamos pero que no reconocemos.
No puede haber oposición política si no hay democracia, sin plena libertad es imposible hacer verdadera oposición, por lo que inconscientemente al descalificar a la oposición estamos también descalificando el modelo político que se nos ha impuesto. En un régimen totalitario no hay oposición capaz de lograr un balance de poder.
Es fundamental para la subsistencia y actuación de una oposición democrática que esta pueda acceder al poder mediante elecciones justas libres y transparentes; la gran mayoría está de acuerdo en que se nos ha privado del derecho a elegir, no obstante equivocadamente seguimos pensando que una oposición democrática puede coexistir con el sistema.
En los regímenes totalitarios solamente puede hablarse de movimientos disidentes, nunca de partidos opositores, los que aparentan serlo son los agentes del régimen que en Nicaragua conocemos como zancudos.
Bajo el actual gobierno se puede zancudiar pero nunca hacer oposición, el control absoluto de todos los poderes, de las fuerzas armadas, del más de noventa por ciento de los medios de comunicación y la falta total del Estado de derecho y de igualdad de oportunidades hacen imposible que pueda operar una verdadera oposición.
El término disidencia a causa de la instauración de diferentes regímenes totalitarios ha venido evolucionando, en la actualidad no se conoce únicamente como disidente a quien se desmarca de un partido, organización o modelo político, no se requiere haber sido parte o haber pertenecido a la estructura de la cual se disiente, hoy el concepto de disidencia se aplica a quienes discrepan dentro de un país dominado por un régimen totalitario que no permite la expresión libre de la oposición ni deja espacios para ejercerla.
Los disidentes no reconocen la legitimidad del gobierno que oprime a la sociedad en que viven y buscan otras vías o espacios para luchar contra el régimen negándose a ser cómplices del mismo.
La Coalición Nacional por la Democracia, en el ánimo de restablecer el derecho a elegir, ha presentado a la nación una propuesta para lograr las condiciones básicas que en el marco de la ley permitan ejercer el derecho al voto de manera efectiva, persiguiendo que los resultados respeten la decisión soberana del pueblo.
Las organizaciones firmantes ven el 2016 como la última oportunidad para poder rescatar la democracia y preservar la paz y la estabilidad que necesitamos para salir de la pobreza.
Si se niegan las condiciones que se demandan ya no podremos decirnos opositores y no es plausible valorar como tales a quienes rechazan al régimen orteguista. Somos verdaderos disidentes y hemos de buscar otros métodos de lucha como lo han hecho los disidentes soviéticos, chinos y cubanos cuyos modelos políticos, con algunos retoques, se pretende consolidar en Nicaragua.
El autor es abogado.
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