La promesa de Petronio

Se deslizó a contraluz y de prisa por la penumbra de la vasta habitación, ligero y silencioso como una sombra.

Se deslizó a contraluz y de prisa por la penumbra de la vasta habitación, ligero y silencioso como una sombra. La tenue luz que proyectaba la lámpara de la mesita de noche se reflejaba serena y melancólica en el piso y en las paredes marmóreas y recortaba la silueta decrépita del general sobre su ancha e inmaculada cama de hotel de cinco estrellas. La sombra agigantada de Petronio tocó primero el borde del primoroso lecho. Contempló el rostro aindiado, enjuto y lleno de pliegues que sobresalía del grueso edredón y de golpe le llegó literalmente a su pecho el resabio de aquel poder omnímodo. Aquella cara aún conservaba íntegra toda su altivez y su soberbia. Había esperado toda su vida este momento.

Con las fuerzas de sus treinta y tres años bien ejercitados Petronio había escalado a las doce en punto de la medianoche de aquel doce de octubre, vísperas del aniversario de la muerte de su padre, la doble muralla rematada con la corona de espinas de una filosa serpentina.

El asunto ya estaba casi olvidado. Si no hubiera sido por aquel discurso televisivo del general antes de su retiro donde condenaba enérgicamente la muerte de un viejo dictador aliado suyo a manos de un pueblo harto de sus atrocidades, la cosa no hubiera llegado hasta ese punto. Petronio se sentó en la mullida pero sólida cama con la levedad de un felino. Ladeó su cuerpo sobre la silueta del general como quien se inclina sobre un enfermo querido en su lecho de muerte para contemplarlo con ojos compasivos en sus últimos instantes. Esta vez no lo resguardaba la tupida e impenetrable escolta de la que él mismo había formado parte.

El general con los brazos cruzados sobre su pecho respiraba pesadamente y a ratos lanzaba unos pequeños ronquidos porcinos. El hombre que todo lo sabía estaba frente a él como un niño indefenso. Cinco millones de ojos y oídos eran su garantía, el país entero oía para él, miraba para él, no había modo de escapar de su control. A los quince años Petronio se había enrolado en la Guardia con el único y exclusivo propósito de cumplir una promesa y no lo había logrado, ni siquiera teniéndolo de espaldas. Le había fallado cobardemente a su padre. Se quitó con paciencia los guantes de motociclista y su chaqueta de fatiga para acariciar con las manos desnudas su venganza.

El general se incorporó para vaciar su pequeña vejiga como de costumbre a las doce de la noche y chocó contra la oscura silueta de Petronio y sus pensamientos esta vez fueron mucho más lentos que sus movimientos. Solo sintió su propio golpe de tenaza en la garganta que brotaba de la pétrea mano de aquella sombra y se quedó sin huelgo, el dolor le recorrió sin prisa cada fibra de su cuerpo. ¡Que así tienen que luchar los soldados de la patria, cuerpo a cuerpo con el enemigo, jodido!, el mismo general enseñándole sus golpes mortales a un batallón imberbe. La mano de Petronio fue cerrándose con la fuerza y la solidez del ordeñador, machetero y leñador en torno del flácido cuello del general. Las manos del general con sus uñas de fina manicura se aferraron como patas de cotorra al nervudo brazo de Petronio causándole finas heridas. Petronio trajo con su mano izquierda de la mesita de noche la pequeña lámpara de luz mortecina y la colocó ante su rostro para que el general pudiera contemplarlo. Esos ojos, esos ojos profundos e inexpresivos, negros como pozos, en alguna parte había visto esos ojos, seguro no había sido cuando pasaba revista a los seiscientos mil hombres del ejército, que se ponían firme en un sordo y uniforme sonar de botas. Comandante en jefe de las fuerzas armadas, jefe supremo de la policía militar, un millón de hombres, obediencia, orden, disciplina y lealtad. La prodigiosa memoria del viejo, capaz de recordar un rostro visto una sola vez entre la multitud, no podía encontrar aquella mirada canina en su sentina de recuerdos. Buscó entre sus tropas y no la encontró, entre las filas de los condenados al paredón y no estaba ahí, bajo los calabozos, entre las muecas de los torturados, entre los rostros de los desterrados que se volvían para contemplar por última vez el cielo patrio y no estaba en su registro.

Ya no pugnaba por su vida sino por traer a este presente el recuerdo de aquellos ojos negros e indescifrables. Y ahí estaba, su último triunfo ante el olvido, era la mirada de aquel niño tirado bajo el aguacero en la ronda del camino, la misma mirada acerada que lo incomodaba de aquel escolta que mandó a quitar de su presencia en el acto, la misma mirada de granito de aquel soldado que lo obligó a retroceder en su paso revista a las tropas porque sostenía de forma sospechosa su fusil. El Jeep del general se había detenido de golpe ante el inesperado obstáculo.

La escolta rabiosa pensó en un atentado, los hombres apertrechados se desplegaron por los flancos y vieron al hombre empapado y cubierto de lodo junto a la carreta de caballo. El hombre contempló la figura del general que con la intrepidez del héroe y del caudillo se acercó desafiando la muerte. El hombre desenvainó el filoso machete y el propio comandante en jefe de las fuerzas armadas vació toda la carga de su pistola automática en el pecho del magnicida y luego por casualidad vio los ojos negros y acuosos del niño que yacía sentado sobre el zacate de la ronda del camino cubriéndose del torrencial aguacero con un pedazo de capote verde olivo, eran esos mismos ojos de grafito, sin emociones.

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