Yo le tengo terror a la muerte y a las enfermedades. Lo he escrito muchas veces. Yo siempre he seguido la norma de no tomar en serio ni las alabanzas ni los insultos. Por esta razón no me molesta que me digan si soy “basura”, si soy “payaso” o si soy “gato”. Pero sí me preocupa que alguien lance la idea de mi muerte, sea en broma o sea en serio.
Y a manera de paréntesis quiero manifestar que cuando don César Zamora se refirió a mí en televisión como “gato” —“el gatito Núñez”— me recordó a mi difunto hermano Gilberto a quien le decían “El Gato” porque tenía los ojos entre amarillos y verdes. Entonces yo pensé que don César, a quien no tengo el gusto de conocer, jamás he tenido controversia alguna con él, nunca he hablado con él, ni nunca lo he citado en mis artículos, yo pensé, repito, que don César me decía “gato” porque yo supuse —y por eso me dio risa— que él tal vez creía que yo tenía los ojos entre amarillos y verdes, como mi hermano Gilberto. Pero no es así, mis ojos son negros.
Pero sigamos. Yo nunca he hablado ni he escrito de la muerte de alguien. Es más, aunque imposible, no quiero que nadie se muera. Porque como dice el poeta metafísico inglés John Donne, citado por Ernesto Hemingway “la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.
Quizás este poeta inglés influyó en un abogado nicaragüense, que fue magistrado, Antonio Barquero, que en uno de sus poemas decía: “el clamor de esa campana/no es por el que murió/ es para que sepa yo/ que he de morir mañana”. Este poema lo recordaba con terror cuando visitaba Acoyapa y escuchaba los dobles de las campanas de la iglesia con los que se anunciaba una “misa de corpore insepulto”.
Pero las cosas no son como uno quiere que sean. Vean lo que es la vida. A don César solo lo he visto en televisión, lo he visto más de treinta veces. Y lo reconozco públicamente: soy uno de sus grandes fans, soy uno de sus más fervientes admiradores, y no me pierdo ninguna de sus intervenciones. En mi opinión se trata de un hombre que tiene una impresionante personalidad magnética; es una persona deslumbrante, carismática, con convicciones profundas, y con un talento tan extraordinario que lo conduce a exponer con elocuencia, con lógica aplastante, con claridad, mesura y equilibrio la temática política del país. Tengo la impresión, y siempre la tuve desde que empecé a verlo en televisión, que él quiere ayudar a resolver desinteresadamente los problemas de Nicaragua. Por este motivo don César vive presente en la televisión, y por el mismo motivo se mueve entre Managua y Washington.
Como en El Bejuco de Acoyapa suponen que la viajadera de don César a Washington tiene por objeto cabildear a favor de Nicaragua, la peña acoyapina envió a esa ciudad a un delegado para que averiguara cómo se movía don César en las profundidades de los centros nerviosos del poder estadounidense.
El delegado de El Bejuco quedó asombrado de las amistades, de los contactos, de las intimidades de don César no solo con los altos funcionarios del gobierno de Obama sino también con los líderes demócratas y republicanos del Senado y de la Cámara de Representantes. Yo creo que lo que informó el delegado de la peña sería una buena razón para que se le nombrara embajador de Nicaragua en Washington.
El delegado acoyapino para ilustrar la enorme influencia que don César tiene en Washington nos informó algo interesante. Nos dijo que don César en la mayor parte de sus viajes visitaba en su casa de habitación a John Kerry, secretario de Estado. En una de esas visitas, don César y John, después de pasar muchas horas hablando de temas de política internacional, de pronto el presidente Obama llamó al secretario de Estado y se produjo entre ellos la siguiente conversación telefónica: Obama: “¿John, qué pasa? Tengo una hora de estar esperándote”. John Kerry: “Llegaré dentro de media hora. Es que he estado conversando con César Zamora”. Obama: “¿Y quién es ese?” John Kerry: “¿No te acuerdas de él? Es César Zamora, que fue nada más ni nada menos que presidente de Amcham en Nicaragua”. Obama: “¡Ah! De verdad, ¿fue presidente de Amcham? Saludámelo. Y cuando vengas me pones al tanto de la conversación”. Ahora que John Kerry se accidentó, el señor Zamora debe estar preocupadísimo, y supongo que debe estar en línea directa con el secretario de Estado siguiendo el curso de su recuperación.
A pesar de la idea que lanzó don César de mi muerte, que solo a mi esposa y a mis hijos le importaría, seguiré admirando la recia personalidad del expresidente de Amcham, pues sus preocupaciones y desvelos por nuestro país lo deben hacer acreedor del más entusiasta reconocimiento de los nicaragüenses.
Y para finalizar, solamente quiero decirle al amigazo de John Kerry, que seguiré viendo con el interés de siempre sus magistrales, aleccionadoras y conmovedoras intervenciones en televisión, pero que recuerde que no tengo la valentía de los soldados de Julio César en Roma: “Ave Caesar, Imperator, morituri te salutant”. Yo prefiero decir “Ave César, Imperator, el que no quiere morir te saluda”.
El autor es abogado.
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