Debo admitir que desearía que Julio Rocha fuera noticia por las razones correctas, es decir, que ascendió a través de la estructura de la FIFA por sus méritos y por su preparación académica.
En vez de eso, nos hemos encontrado con Julio dentro de una redada de acusados de corrupción que ha hecho la policía de Suiza, a petición de autoridades de Estados Unidos, lo cual es una pena.
Rocha está acusado de la comisión de delitos vinculados al manejo de recursos, tales como soborno, fraude y conspiración para el blanqueo de capitales. Y corresponde a un juez determinar su inocencia o culpabilidad.
Mi deseo es que tenga un juicio justo. Si en efecto hay plena evidencia de su error, tendrá que pagar por ello, si no, pues al menos tendrá una oportunidad para revisar su procedimiento y enderezar lo que haya que rectificar.
¿Y nosotros, qué es lo que hemos aprendido? ¿Cuál es la lección que este caso nos deja? Un primer aspecto, es establecer que la ambición es un deseo legítimo del ser humano. El ambicioso desea mejorar, crear, progresar.
El problema es cuando la ambición pasa por encima de los otros y de sus sueños, de valores que deberían ser la referencia en nuestro quehacer diario. Y cuando además, está empujada por una ansiedad ilimitada de poder.
Pretender estar mejor, es una aspiración legítima del ser humano. El problema es cuando ese deseo nos lleva a ser capaces de violar normas éticas o legales con el fin de ascender. Al parecer Julio no pudo distinguir la diferencia.
A nosotros, la vida nos da la oportunidad de aprender de los errores de los demás, aunque a veces nos cuesta. Pareciera que tenemos que vivir la experiencia.
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