Los palcos están listos para habitar al amor. Los participantes son espontáneos en el uso de los escenarios. La protagonista es el ser reinante en el cúmulo planetario: la madre.
Dentro de ellos sin inscribirse en la ceremonia de los teatros —la comercialización del espectáculo— estoy presente, concentrado en las obras de dos compositores que hicieron filigranas sensibles en la argumentación: Franz Schubert y Modest Mussorgski en ciclos de canciones con manifestaciones diferentes en cuanto al guión, uno cantado con oración seráfica: “El Ave María” con el cual se mide la trascendencia del tiempo en la ubicación del alba y el descenso del sol. Schubert es el maestro del “lied”.
Dentro de los centenarios de sus canciones cantadas con el acompañamiento de piano (dúo de voz y de teclado) sobresaliendo entre otros autores, es la recurrencia emblemática de ese himno espiritual. Arte delicado con el movimiento de un corazón franco y sensitivo.
El otro autor no es tan conocido. Pone a la madre en la firmeza trágica de la tierra, en la conclusión de la muerte que despierta con una canción de cuna. Es el otro ciclo. El niño está en la cuna con fiebre. La madre lo vela, lo llora en silencio para no ser factor desgarrador de su punzada física.
El silencio es dueño de una sabia discreción hasta colindar con el tono ínfimo de un susurro. La madre se deja llevar por la seducción de cerrar los ojos. Pero la muerte canta su canción de cuna al niño enfermo y compite con el dolor para convertir al ciclo en una serenata fúnebre.
Las madres son sacrificadas por esas voces, esos himnos, por esas versiones cantadas y lloradas. Póngaseles una flor en el pecho de cualquier color como símbolo perpetuo.
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