Para terminar las guerras religiosas en Francia, un protestante fue coronado como Enrique IV, bajo previa conversión al catolicismo. Enrique aceptó y pronunció la célebre y trillada frase: “París bien vale una misa”. Ignoro si aquella conversión fue sincera, pero fue un asunto entre cristianos. Se odiaban, pero compartían creencias fundamentales. Raúl Castro (tras su visita al papa) repitió a su manera el gesto del francés: Escenificaría una rezadita si el papa prosiguiera su línea actual política. Pero hay una gran diferencia entre Enrique Cuarto y Castro Segundo: Al ser un convencidísimo marxista, Castro es un irreductible ateo. No en balde es hermano del comediante, que ya siendo marxista-leninista, se colgó un rosario cuando entró a La Habana en 1959. Lo perverso de estos dos últimos casos, ciertamente no es el ateísmo: Es la manipulación, y lo grave es que tales piruetas escénicas inspiran a muchos. Unos son incautos. Otros son zapadores ideológicos.
Un presentador relativista moral de CNN-español hacía la pregunta, a prima facie estúpida, de si el papa estaba acercándose a “los católicos ateos”, (sectores de la izquierda y relativistas éticos). Aunque la frase revela gran ignorancia acerca de la insuperable antinomia cristianismo-ateísmo, también barrunta un posible resurgimiento de la porno-teología de la liberación, que propuso mezclar una doctrina “idealista”, espiritual, trascendente, (el cristianismo) con una ideología materialista (el marxismo). El camino a seguir no fue “cristianizar al marxismo”, sino desacralizar a Cristo, transformándolo, adulterado, en un revolucionario social.
Evidentemente, el papa no pertenece a aquella corriente. Pero varias de sus actitudes políticas se prestan a malas interpretaciones, y aunque estos actos no están necesaria e inmediatamente relacionados con temas teológicos, hay quienes interconectan una esfera con la otra para, interesadamente, confundir y concluir que la meta suprema del catolicismo es la redistribución de la riqueza.
Es justo que el papa condene a las mafias financieras (peligrosas para el propio Occidente, hoy más dedicado a especular que a producir). Es encomiable su clamor contra la desigualdad. Son plausibles sus llamados a la humildad en la Iglesia, al laicado a evangelizar, a enderezar al Vaticano, y su decisión sobre un Estado palestino. Pero, por otra parte, es preocupante su silencio ante los atropellos, incluso muy recientes, del gobierno cubano contra su propio pueblo. No abona a su imagen su condescendencia con el corrupto y criminal gobierno de Cristina Fernández. Y hay más en estos temas. Cuando habla de desigualdad, solamente la percibe en el capitalismo, sin mencionar que el “monopolio burocrático” (así llamó Wittfogel a los sistemas totalitarios) produce desigualdades extremas (caso de Nor-Corea), o élites partidarias, que viven “mucho más bonito” que el pueblo empobrecido, como en Cuba.
Al hablar del discutible aumento de la pobreza mundial, es fundamental observar que 85 por ciento (o más) del crecimiento demográfico ocurre entre los estratos más pobres y vulnerables del Tercer Mundo. ¿Ha hablado el sumo pontífice de alguna campaña para que los católicos eduquemos a nuestras o a otras comunidades en métodos de planificación familiar aceptados por la Iglesia? El combate a la pobreza no se puede sobre-simplificar con proclamas condenatorias, ni recetando solamente la redistribución: Es también asunto demográfico y de capacidades productivas. Sin duda el papa ha despertado grandes simpatías entre elementos no católicos, los “católicos ateos” como Raúl Castro. ¿Pero a cuántos nuevos católicos ha atraído? ¿Debe su santidad ser políticamente más balanceado y prudente? ¿Está solidificando a la Iglesia, o propiciando futuras disensiones? Las preguntas merecen reflexión.
El autor es Doctor (Ph.D). en Estudios Internacionales.
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