I
En 1988 un tropel de jóvenes desembarcó en la Universidad Centroamericana (UCA) con la decisión irrevocable de estudiar periodismo. Ese mismo año retorné a las aulas universitarias a mi regreso de México después de culminar mis estudios de Sociología de la Comunicación. Venía cargado de entusiasmo y para mi dicha me topé con un conjunto de alumnos dispuestos hacer méritos en sus estudios. Cada uno traía un sueño dispuesto a convertir en realidad. Durante nuestra primera clase –a mí me habían asignado la responsabilidad de impartir la asignatura de Introducción a la Comunicación- les pregunté qué montaña deseaban escalar.
Desde el inicio empecé a provocarlos. A todos por igual. Inquietos y sinceros fueron apuntando la estrella que deseaban atrapar entre sus manos. El olor a pólvora todavía se respiraba en los pasillos. Tiempo de apremios. El Servicio Militar Patriótico (SMP) planeaba sobre sus cabezas. Todavía no habían cesado los últimos disparos de la guerra civil que estremecía a Nicaragua. Algunos venían de lugares recónditos. Bilwi, Ocotal, Popoyuapa, Quilalí, Samulalí, Tire, Somoto, El Jobo, etc. Llegaban con el firme propósito de conquistar Managua. Algunos y algunas ciñen laureles sobre sus cabezas. Marcan rumbos en el periodismo nacional.
Cuando pedí su nombre y que manifestara sus deseos a un jovencito delgado, pelo pegado, negro y ojos saltones, me respondió con aplomo: Me llamo Edgard Rodríguez, soy de Condega y voy a ser tan bueno como Edgar Tijerino. Su respuesta me entusiasmó. La iconoclasia de los jóvenes invita a desafiar el tiempo y traspasar fronteras. Le dije que no sería fácil. En el receso me reiteró su propósito. Junto con Alfonso José Malespín, Allan Hernández, Justo Fernando Vallejo y Elmer Fabián Medina, sus compañeros de pupitre, iniciamos una relación de camaradería. Nos veíamos de vez en cuando, conversábamos de todo, hasta de cambiar el mundo.
Estaba convencido que junto a sus compañeras y compañeros tendrían un futuro promisorio. Animosos, con una clara vocación, interpelaban, leían, investigaban. Alentaba sus preocupaciones intelectuales y académicas. Algunos se integraron muy pronto al mundo periodístico. Este fue el caso de Alfonso y Fabián, quienes junto a otros estudiantes universitarios, habían sido becados gracias a la generosidad de Bosco Parrales, Director de la Corporación de Radiodifusión del Pueblo (Coradep). Con la compactación económica quedaron en el aire. Rodríguez se vio compelido a realizar algo similar. De no hacerlo no serían lo que hoy son: profesionales de renombre.
II
A David Green Casaya lo conocí siendo niño. Su padre era el entrenador del equipo de beisbol de la Universidad Centroamericana (UCA). La Gacela Negra se convirtió en un mito beisbolero. Vino a Managua de Bluefields con el propósito de convertirse en una estrella refulgente. En un breve lapso se encumbró a la fama. Dispuesto a mostrar su temple y calidad destacó como miembro del equipo Cinco Estrellas, al que se mantuvo atado para siempre. Nada le llegó regalado. Brilló porque era bueno. Acompañó a su equipo Campos Azules y comprobó que Managua le ofrecía oportunidades para descollar. Después de enfrentar al equipo del general Anastasio Somoza García vino la oferta y la aceptó, decisión que le abrió las puertas del Salón de la Fama Nicaragüense.
Eduardo Green demostró que su adquisición había sido acertada. Sus números yerguen su figura en el universo beisbolero nacional. Sus 22 lances consecutivos sin cometer errores, más juegos consecutivos anotando carreras (8), más carreras anotadas (47), más extrabases (19) y el más alto porcentaje de bateo (599) lo catapultaron hacia los altares. Debido a su velocidad el cubano Manolo de la Reguera lo bautizó como La Gacela Negra. ¿Sería más veloz que David? Consciente de la importancia política del beisbol Somoza García le sacaba grandes réditos. En 1948 construyó el coloso y lo bautizó con su nombre. Deportes y política caminan de la mano. ¡Una herencia greco-latina!
Con igual resolución que los estudiantes integrados a la UCA en 1988, Eduardo Green Sinclair, padre y maestro de una pléyade de destacados deportistas, años antes había decidido asumir de manera personal la formación deportiva de David. Soy testigo de sus sueños y afanes. Decidido a convertir en realidad sus ilusiones dispuso que su hijo David se encargara de remontar el Everest. Asumió la tarea con decisión espartana. Exigente a nadie demandó más que a su hijo. Una vez terminada la jornada de entrenamiento de los jugadores del equipo universitario se dedicaba a mostrar a su hijo las unas y mil caras del beisbol. A transitar por el camino que él no pudo desandar.
Todavía recuerdo ver a Eduardo y David -solo los dos- íngrimos en el campo de beisbol de la UCA, entregándose con esmero a forjar su mejor obra de arte. Con delectación pulía sus aristas. Sometido a un entrenamiento especial demandaba de su hijo cada vez más y más. Tenía plena certeza que David tenía todo para brillar. Nunca se lo dijo pero a quienes lo querían escuchar lo repetía una y otra vez. El límite impuesto eran las Grandes Ligas. Con estructura granítica moldeó a su hijo. Bajo las premisas de disciplina y constancia enseño a David los secretos que le permitirían remontar el cielo. ¡Y lo alcanzó aunque por breve tiempo!
III
Entre la vida del cronista Edgard Rodríguez y el pelotero David Green existen algunas similitudes pero también varias diferencias. Para surgir en la crónica beisbolera Rodríguez no tuvo a nadie detrás, excepto su decisión irrenunciable de salir adelante. Estaba convencido que sin disciplina y entrega no lograría destacar. Con vocación encarnizada emprendió el ascenso hacia las alturas. David contó con la asesoría y el impulso de su padre. Tuvo en Eduardo Green –un superestrella- el soplo requerido para despegar como un meteoro en el beisbol nacional. Asimiló sus enseñanzas. ¿Será que no pudo transmitirle la pasión que él sentía por este deporte?
A los 17 años David implantó el récord nacional de hits conectados en una temporada -156- logro que persiste en el beisbol nicaragüense. Su despegue sigue siendo objeto de elogios. Edgard se vio obligado a nadar a contracorriente e igual que David, desde muy joven -19 años – se incorporó como periodista deportivo en Radio Sandino. A Green le atraían las cervezas, un tropiezo insalvable para establecerse en las Grandes Ligas. Tenía todo para emular a su padre nada más que en escala infinitamente superior. Rodríguez es abstemio, huye del alcohol como un hombre sano teme enfermarse. Es ajeno a la parranda y los tragos.
David Green aportó desde niño a la manutención de su familia. Siendo carga bates de la UCA jamás supo cuánto dinero ganaba. La paga era entregada a su padre y a cambio recibía “un pan y un refresco”. Era la recompensa por sus aportes a la economía casera. Edgard Rodríguez para vivir en la capital y mantener sus estudios trabajaba todos los días. Si no lo hacía nunca hubiera alcanzado el grado de periodista. Sabía que para asentarse en la crónica deportiva sus estudios eran el puente que lo colocaría del otro lado del río. Green fue un jugador precoz a quien cronistas y medios cantaban sus proezas. Un superdotado como dicen los locos de toda la vida.
A Rodríguez se le metió valorar la carrera deportiva de Green por eso escribió David Green un enigma descifrado (La Prensa, Managua 2015). Deseaba mostrarnos la madera con la que había sido forjado y su breve itinerario en la Grandes Ligas. Una vez muerto su padre David perdió la brújula. Ya nada fue igual. Sin la existencia de su guía y maestro no supo direccionar su vida. Edgard estaba convencido que para hacerse un lugar en la crónica tenía que seguir escribiendo. Evoca a doña Julia, su madre, y le dedica este libro sobre David, confiando en “no haberla defraudado”. Más bien estoy convencido que ella se siente dichosa de su vástago.
El libro de Rodríguez relatando las hazañas y vicisitudes de David Green ratifica su condición de cronista. Su terquedad y seriedad fueron determinantes para vencer el carácter huraño de David. Pertenece al apretado Club de Periodistas que han escrito libros. No extravió el camino. Se atuvo al itinerario que diseñó como universitario. Sigue marchando tras los pasos de Edgar Tijerino, el más grande cronista deportivo de Nicaragua. Aun así entre Rodríguez y Tijerino existen muchas diferencias. Tijerino es un huracán en plena erupción. Escribe como un poseso. Tiene que cuidarse en el uso y abuso de los adjetivos. Su prosa transpira la asimilación de sus muchas lecturas.
El estilo de Rodríguez es sobrio. Nunca hace citas literarias y jamás recurre a lo que plantean autores de renombre. No se desborda en crónicas kilométricas. Prefiere el texto corto. Es proclive a la mesura. Parco en la utilización de adjetivos. Sabe dosificar y controlar sus emociones. Como muchos está convencido que Tijerino es un cronista multifacético. Incansable. No conoce sosiego. Para igualarle Rodríguez tendrá que redoblar el paso. Mientras tanto con su parsimonia característica, sin mayor prisa, continúa agregando nuevos galardones a su hoja de vida.