“A la libertad por la Universidad”, es el lema que desde 1957 adoptó la Universidad Nacional de Nicaragua (UNAN) tras un discurso de su Rector Mariano Fiallos Gil. De acuerdo con el portal electrónico de dicha institución, el significado del lema “es la libertad de cátedra y pensamiento, y la formación del estudiante como ser humano en ejercicio de sus deberes y derechos de personas libres”.
La lucha por la autonomía, concedida por Luis Somoza el 27 de marzo de 1958, buscaba precisamente garantizar que la universidad sería una institución completamente independiente del poder y un lugar donde pudieran debatirse las ideas sin presiones ni coerciones de ninguna clase. Era una causa justa pues la libertad pertenece a la esencia misma de la universidad. Formar ciudadanos libres y pensantes requiere cultivar la discusión libre, la argumentación racional y el pensamiento crítico; enseñar la virtud de discrepar respetuosamente y que las ideas erradas no se combaten con la descalificación ni el insulto sino demostrando sus deficiencias lógicas o empíricas.
En la Nicaragua de hoy, sin embargo, surgen señales alarmantes de que estos principios están bajo asalto. Las noticias más graves han procedido de la UNAN-León. En junio del 2008 Dora María Téllez y Alejandro Bolaños Davis fueron agredidos con baldes de agua sucia al momento de querer ingresar al auditorio de la Facultad de Ciencias, para participar en un foro sobre Derechos y Ciudadanía. El 27 de mayo del 2009 el CUUN (dirigencia estudiantil) impidió a Sergio Ramírez presentar su libro “El Cielo Llora por mí”. En junio del 2010 intentaron boicotear una conferencia del doctor Alejandro Serrano. En agosto del mismo año las autoridades expulsaron al catedrático opositor Rafael Salinas tras 33 años de docencia, alegando denuncias de acoso sexual de cuatro estudiantes pero contradichas por veintidós profesores. En junio del año pasado el club Rotario me invitó a disertar sobre la familia en la Facultad de Ciencias Jurídicas y a última hora las autoridades negaron el uso del local alegando problemas técnicos.
Hoy se reprime al catedrático Gabriel Álvarez, uno de los mejores constitucionalistas del país pero quien se atrevió a expresar que la presidencia de Ortega es inconstitucional. En noviembre del año pasado uno de sus alumnos, militante sandinista, le advirtió que el Frente había decidido removerlo. Dictaba entonces dos cátedras semanales. A inicios del año le subieron la carga a una clase diaria obligándolo a viajar todos los días desde Managua. Asumió el reto para no complacer a sus adversarios pero entonces le vino la acusación de ausentismo —cosa que niega enfáticamente— y de maltrato a un empleado administrativo a quien llamó la atención por interrumpir sus clases. Dentro del abanico de sanciones posibles, el Consejo de Facultad ha recomendado aplicarle la más severa: expulsión permanente.
El problema de fondo, cada vez más evidente, es que en lugar de estar dirigida la universidad por una comunidad académica interesada en preservar y cultivar los valores propios de una casa superior de estudios, lo está siendo cada día más por un partido político cuya preocupación no es académica sino sectaria. Sergio Ramírez, refiriéndose al movimiento estudiantil, decía que se encuentra en manos de una cúpula conectada al partido gobernante e integrada por líderes “profesionales” que languidecen en las aulas desde hace muchos años; nunca obtienen sus títulos y defienden de manera feroz su estatus de “dirigentes”, con todas la ventajas materiales que ello representa”.
¡Qué giro más grande para una universidad cuyo exrector, Mariano Fiallos Gil, “padre de la autonomía”, la soñó como un baluarte de la libertad!
El autor es sociólogo y fue ministro de educación.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A