El año 2006 marcó el inicio del fin de las elecciones como medio confiable para elegir a nuestros gobernantes. 2008 fue la etapa intermedia en la demolición de la confianza de los electores y, en el 2011, con el robo violento y más descarado de los resultados, nos adentramos en una nueva etapa de una Nicaragua debilitada en el uso del voto como medio cívico de elección y renovación de las autoridades. (Las Misiones de Observación Electoral de la OEA, UE y Centro Carter firmaron el Certificado de Defunción de las elecciones).
El año 2016, diez años después del inicio del intento de acabar con la democracia electoral, arribaremos a unas nuevas elecciones, si es que las hay, bajo las sombras de un proyecto, que de triunfar, significaría el fin del pluralismo ideológico y el inicio de un nuevo sistema de partido hegemónico contra pluralismo artificial (PLC, ALN, APRE, PRN, CCN, AC, etc.) y los “aliados históricos” que concurrirán alegremente a la derrota por el partido desde ya triunfante, el FSLN.
Después del 2011 todo es fáctico. Reforma a la Constitución, control personal de los poderes del estado, cooptación de las fuerzas armadas y la Policía en beneficio de un proyecto familiar y eventualmente dinástico. ¡Hasta las tortillas son fácticas!
Daniel Ortega es el presidente-comandante-estrella en la demolición de la democracia y las libertades. Le siguen los pupilos del Alba y uno que otro rezagado aprendiz de dictador.
Es una escuela que se ha venido consolidando a partir de un modus operandi con características similares, en dependencia de cada país.
En Nicaragua ya regresamos a la fusión Estado-Ejército-Partido (ahora con el agregado familia) que tanto combatimos en la época de la dictadura somocista y en los años ochenta. O sea que hemos involucionado dramáticamente. El orteguismo es ya “un modelo” ya que además de haber consolidado esa fusión, sin guerra fría ni caliente, ahora controlan fácticamente medios de comunicación, capitales y capitalistas y la matriz mental de un pueblo embobado con dulces mensajes encantadores. La Evita Perón redimida y sobrepasada con creces. Han mediatizado al gran capital y neutralizado a la iglesia más combativa. La clase política está mayoritariamente desprestigiada y es más cómodo entregarse al poder que enfrentarlo y denunciarlo.
En los años ochenta el FSLN fue menos irrespetuoso de todo y de todos. No izaban las banderas rojinegras en los edificios públicos ni había rótulos de la Dirección Nacional inundando la geografía hasta en los más recónditos lugares. Mucho menos de Daniel Ortega. No abusaban de los empleados del sector público como ahora. Tal vez la guerra de los contras y la confrontación URSS-USA les disuadía.
Tampoco se robaba tanto y tan descaradamente. Ahora se perdió el pudor y el latrocinio es casi razón de ser en el estado. El que no roba es pendejo pues “el modelo” se impone.
Hubo un Consejo Supremo Electoral respetable, una Contraloría de Cuentas igualmente respetable, empresarios privados que nunca perdieron el horizonte en su doble rol de generadores de riqueza y a la vez de luchadores por las libertades, todas, no solo las empresariales y, para mí lo más triste, obispos valientes que denunciaban las injusticias, (todavía los hay) pero una guillotina de la propia ecclesia pende sobre sus cabezas. La figura del eximio es un pesado lastre que la Santa Madre no logra aún quitarse de encima. Un eximio elevado a rango Constitucional. ¡Habrase visto tanta bajeza!
Al arribar al 2016 los nicaragüenses nuevamente tendremos la oportunidad de optar en base a nuestras conciencias, si es que hay elecciones limpias. De no ser así es preferible lanzarse a la conquista de la libertad sin urnas electorales. Sin mentiras; solamente en base a la búsqueda de la verdad que libera y también santifica. Al fin y al cabo de qué sirven elecciones sin democracia.
El autor es diputado Parlamento Centroamericano y Presidente Comisión de Relaciones Internacionales Partido Liberal Independiente (PLI).
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