Nuestra sociedad está contaminándose de violencia, odio, egoísmo y orgullo, males que traen el colapso por donde quiera que transiten. Las noticias nos revelan casos de muertes que surgen de rencores entre las familias. ¿A qué se debe tanta barbarie? La perversidad ha sobrepasado cualquier límite.
El mundo necesita que las familias acojan el amor, contrario a toda rivalidad; que encuentren un gozo permanente, para evitar tristezas, depresiones o frustraciones; que no se acaben solamente las guerras entre las naciones, sino que cada uno alcance la paz interna y con los demás. Necesitamos ser pacientes, para soportar cualquier dificultad; nos urge practicar la misericordia cuando alguien nos hace daño y siempre responder con bondad ante las necesidades de los demás.
Si tan solo tuviéramos la fe del tamaño de un granito de mostaza, grandes logros alcanzaríamos. Si tan solo no fuéramos tan iracundos y domináramos nuestros propios deseos, definitivamente nuestra realidad fuera otra. La buena noticia es que un mundo lleno de amor y servicio no es una utopía, sino que es más real de lo que podríamos imaginar.
La respuesta a un mundo sin violencia radica en Jesucristo. Antes de partir al padre celestial, Jesús, revela a sus discípulos que es conveniente que se marche, porque de esa forma enviaría su Espíritu Santo. “Cuando él venga, mostrará claramente a la gente del mundo quién es pecador, quién es inocente, y quién recibe el juicio de Dios ( ). Cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda verdad ( ), y les hará saber las cosas que van a suceder. Él mostrará mi gloria, porque recibirá de lo que es mío y se lo dará a conocer a ustedes”, les aseguró Jesús a sus discípulos (Juan 16).
El Espíritu Santo es el Divino Desconocido. El mundo lo desconoce y por tanto no tiene comunión con Él. Es Dios mismo que anhela manifestarse en medio de su pueblo. Es Jesús quien lo anuncia y explica cuál es su misión: “Yo le pediré al Padre y les dará otro paráclito que esté siempre con ustedes”.
Jesús se refiere al Espíritu Santo como el paráclito, porque este término en griego significa “el abogado que saca de apuros a una persona en un conflicto judicial o un experto que es consultado acerca de un asunto determinado; también se le llamaba ‘paráclito’ al enviado para levantar el ánimo a los soldados deprimidos”.
Con todo esto, quiero decirles que el mundo necesita del Espíritu Santo, para que entre en nuestras vidas, nos purifique de la maldad y que nos lleve a la verdad de Jesucristo. El Espíritu Santo debe ser el paráclito al que recurramos en tiempos de angustia e incertidumbre. Sin embargo, nuestro Señor Jesús nos aclara que el Espíritu Santo no es para todos, pues nos dice: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos; y yo le pediré al Padre que les envíe el paráclito”.
Necesitamos amar y seguir a Jesús, para que el Espíritu Santo transforme nuestra vida, nuestra realidad, y para que el fruto del Espíritu de Dios, el cual es el amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio, se manifieste entre nosotros.
Que diferente fuera nuestra vida si los seres humanos pudiéramos tener claro los límites entre el bien y el mal, donde cada uno tuviera dentro de su ser la voz del Espíritu Santo de Dios para hacernos recapacitar antes de hacer una maldad; definitivamente que evitaríamos todos los actos criminales de la actualidad. Pues cada uno tuviera una comunión con la verdad de Jesucristo, para tener una vida de justicia y servicio.
El autor es Presidente de la Asociación Cristiana Jesús está Vivo
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