Desde que tenía 5 años recuerdo que en mi casa el día 30 de mayo era de festejos, almuerzos, regalos y reinaba la alegría.
Conforme fui creciendo vine a darme cuenta el significado de ese día y especialmente en mi casa se celebraba con mucha pompa y abundaban los regalos para mi madrecita querida.
Mi padre nos inculcó amor y respeto por esta fecha, debido a que estaba dedicado a festejar a las madrecitas nicaragüenses.
Debo destacar que siempre sentí una especial admiración y respeto por mi madre, una mujer que de la nada hizo una gran fortuna, engrosó sus cuentas bancarias y brindó educación de calidad a sus 5 hijos (4 mujeres y un varón).
Crecí convencida de que el Día de la Madre no es solo uno, que la madre se respeta, se ama y se venera todos los días del año, sin embargo, nunca pude sustraerme a la magia que para mí significaba este día en especial.
Cuando crecí, me casé y tuve a mis hijos (dos varones y una mujer) seguí sintiendo el mismo alborozo cada 30 de mayo por mi inefable madre que esperaba con regocijo la llegada de todos sus hijos para estar con ella ese día.
A pesar de que sus cuatro hijas eran madres a la vez, predominaba la celebración de nuestra madre y todas coincidíamos sin haberlo conversado, que ese día estaba dedicado a ella sin discusión alguna.
Fueron muchos años de felicidad cada 30 de mayo. Cuando Dios decidió llevársela a los 83 años, cada uno de nosotros recibió un golpe tan brutal que nunca más volvimos a celebrar ese día y tácitamente nos pusimos de acuerdo en no llevarle rosas blancas a su tumba a pesar de que eran sus preferidas y en las celebraciones siempre había rosas.
Creo necesario aconsejar a los hijos e hijas que tienen a sus madres vivas que la honren y la celebren ahora que ella puede disfrutarlo. Después, no tendrá sentido. Ahora mis hijos y mis nietos me celebran a mí.
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