Mad Max: Furia en el camino

Más que una reinvención o una continuación, Mad Max: Furia en el Camino es un nuevo capítulo, una historia independiente y completa en sí misma que se desarrolla en el universo que el director George Miller construyó en la trilogía Mad Max.

Más que una reinvención o una continuación, Mad Max: Furia en el Camino es un nuevo capítulo, una historia independiente y completa en sí misma que se desarrolla en el universo que el director George Miller construyó en la trilogía Mad Max.

Miller lleva años tratando de filmarla, pero no fue hasta ahora que los astros se alinearon. Quizás fue mejor así. Mad Max: Furia en el Camino llega en el momento preciso. Es un correctivo a la degradación de la clásica película de acción, impulsada por demasiados éxitos de taquilla que desdeñan las reglas más básicas del lenguaje cinematográfico, en favor del asalto sensorial.

Parafraseando a Shakespeare, son cuentos llenos de sonido y furia, que no significan nada. Mad Max trae sonido, furia, una mitología intrincada y un mensaje feminista que no demerita de ninguna manera la masculinidad.

La gasolina era el bien más preciado en el mundo distópico de Mad Max . Ahora, añada el agua como bien especulativo, central a la sobrevivencia. El control de una fuente subterránea da poder absoluto a Immortan Joe (Hugh Keasy-Byrne), un hombre monstruoso que demanda devoción absoluta de sus súbditos. El grupo incluye a musculosos guerreros, una casta de “medio-vivos” que no aspiran a más que morir inmolados en nombre de su jefe y una masa harapienta que intercambia alabanzas por gotas de agua. El solitario Max Rockantansky (Ed Hardy) es secuestrado e introducido en este mundo como “bolsa de sangre”. Lo conectan a un Nux (Nicholas Hoult) para darle unas horas extras en el plano terrenal.

El kamikaze apenas humano tendrá oportunidad de probarse. Imperator Furiosa (Charlize Theron), mujer de confianza del jefe, ejecuta una traición doble: secuestra un gigantesco camión de combustible y a las concubinas reales. Y tras ella va un escuadrón de guerreros, con el estoico Max en medio del caos, atado y conectado a Nux como transfusión permanente. Sangre, agua, gasolina…. todo el combustible necesario para una vida que no vale la pena vivir. En el plano narrativo, Miller construye un drama de escape y redención que funciona a dos bandas. Max se traslada de la indiferencia egoísta a la identificación emocional con Furiosa, quien sigue su propio camino para rescatar su pasado, y por ende, su identidad fuera del patriarcado, envilecido por el culto a la personalidad del gran jefe.

Theron es una heroína para el siglo XXI, probando que el feminismo no es una amenaza para la dignidad de los hombres. Más bien, la rescata. En el plano formal, la película es un triunfo estético. Miller ensambla sus secuencias de acción con implacable atención a detalles, orientándonos espacialmente de tal manera que la experiencia de ver la película es inmersiva. Es la antítesis del estilo de filmación y edición imperante, en el cual la ilusión del movimiento suplanta la percepción real. Sabe quién se mueve adonde, por qué, y lo que sucede a continuación. Causa y efecto son prístinamente claras. Y olvídese de la apariencia plástica de la animación digital. Las imágenes de Mad Max son orgánicas e hiperrealistas. Si hay efectos digitales, están impecablemente ocultos. Lo que nos lleva a un beneficio añadido que no esperaba encontrar: la película es estéticamente bella.

Desde la paleta de colores controlada magistralmente por John Bailey, hasta la textura de los materiales y la atmósfera de los lugares. Como arte y entretenimiento, Mad Max es un triunfo que debe ver en pantalla grande. Es una de las mejores películas del año.

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