José Ramón Díaz con sus tres compañeras. De izquierda a derecha, Olga Suyapa, Daysi Yolanda y Guadalupe Concepción. LA PRENSA/URIEL MOLINA

El Rasputín de El Tololar

Tiene fama de brujo, dotes de curandero y tres compañeras de vida a las que llama “mis mujeres”. Viven todos juntos, bajo el mismo techo, en una relación poliamorosa que ha escandalizado a los vecinos.

En un rincón de El Tololar, junto a espesos maizales y vastos campos de maní, habita un hombre pequeñito, con cierto aire de duende albino, barriga redonda, piernas arqueadas y blanca barba de chivo. Tiene fama de brujo, dotes de curandero y tres compañeras de vida a las que llama “mis mujeres”. Viven todos juntos, bajo el mismo techo, en una relación poliamorosa que ha escandalizado a los vecinos. José Ramón Díaz no se inmuta. “Yo fui Salomón en el pasado y seré Salomón en el futuro”, dice mostrando su sonrisa desdentada, apretando los párpados para no exponer sus ojos inquietos a la claridad del día.

Salomón, el rey israelita que José Ramón dice encarnar, tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas. La diferencia entre ambos, dice el “sucesor”, es que a él “desgraciadamente” le tocó “ser pobrecito”. Sin embargo, parece tener más similitudes con Grigori Rasputín, el desaliñado monje de “mirada demente” que a comienzos del siglo pasado se echó al bolsillo a la familia de Nicolás Romanov, el último zar de Rusia, cuando logró controlar la hemofilia del heredero de los monarcas.

En la corte y en el pueblo, Rasputín tenía tanta fama de curandero milagroso como de supermacho insaciable. Sus orgías desenfrenadas y otras hazañas sexuales alcanzaron niveles de mito, y muerto el “Monje Loco”, el tamaño de su miembro viril se convirtió en leyenda. El supuesto pene fue venerado como amuleto de fertilidad, vagó por Europa y al final de su peregrinaje halló lugar en un museo de San Petersburgo.

José Ramón Díaz es como un Rasputín moderno, sin imperio ni corte ni zares. Dice tener “dominio mental” sobre otras personas, intentó ser sacerdote y por ello le llaman “El Padrecito”, prepara brebajes para potenciar la virilidad, presume de que en su historial amoroso “hablar de doscientas mujeres es nada”; se ha autootorgado el título de “garañón” y se revela orgulloso porque esta no es la primera vez que convive con varias compañeras en una misma casa.

Las tres mujeres escuchan y callan. Olga Suyapa Baca Irías, de 36 años; Guadalupe Concepción Díaz, también de 36, y Deysi Yolanda Baca Irías, de 23. Antes eran cuatro, pero Deysi Marina Martínez, de 36, decidió marcharse. ¿De qué manera llegaron a esto y cómo viven ahora? Esta es su historia.

Las mujeres conviven en aparente armonía,  cada una cumpliendo con las  tareas asignadas, en la casa y en el huerto. Aquí preparan  tortillas para el almuerzo.   LA PRENSA/ U. MOLINA
Las mujeres conviven en aparente armonía, cada una cumpliendo con las tareas asignadas, en la casa y en el huerto. Aquí preparan tortillas para el almuerzo.
LA PRENSA/ U. MOLINA
Guadalupe, la primera

Alas 6:40 de la mañana el sol ya quema, se levanta entre los tamarindos, por encima del huerto y el chagüital, y atraviesa las rendijas de la cocina, armada con tablas, plástico negro y latones, igual que el resto de la casa. Ahí está José Ramón Díaz, con su metro cincuenta de estatura y la cabeza casi tocando el techo, de pie ante la estufa eléctrica donde sancocha un arroz con soya para el gallopinto del desayuno. Guadalupe Concepción deambula en silencio por el patio; Olga Suyapa barre las hojas secas que por la noche se desprendieron de los árboles y Deysi Yolanda se baña a huacalazos junto al lavandero. Inicia otro día, un día cualquiera, en la vida de esta peculiar familia de El Tololar, comarca rural de León.

A decir verdad, más parecen una cooperativa, con roles bien definidos. Hasta hace unos meses, cuando Mifamilia (Ministerio de la Familia) todavía no les había quitado los últimos seis de los nueve hijos que entre todas parieron con José Ramón (ya antes el ministerio se había llevado a tres niños de “Lupe”), Olga Suyapa y Guadalupe se encargaban de cuidar a la prole y de los quehaceres del hogar. Las otras dos trabajaban hombro a hombro con “El Chele”, vigilando los cultivos, recogiendo leña para vender, preparando yerbas y destilando las pócimas que él lleva cada 15 días a Honduras, el país donde se conocieron.

Tres de ellas son hondureñas. Solo Guadalupe es nicaragüense, chinandegana de El Viejo. Es evidente que tiene cierto retardo mental, se comunica con gestos, medias palabras y las más de las veces ni siquiera intenta comunicarse. Es solitaria, escurridiza y tiene un rostro inexpresivo. “Muchos dicen que no es cuerda, pero yo platico con ella, platico bien a través de señales”, dice José Ramón.

La conoció en 1995, cuando él estaba preso en la penitenciaría de Chinandega por el delito de violación cometido contra su última pareja (a la fecha se sigue declarando inocente). Por entonces “Lupe” era una muchachita de 17 años y de escasas palabras, que acompañaba a su padre, un predicador evangélico, en sus visitas a la cárcel.

Cuando José Ramón logró salir de prisión, bajaron juntos al río de Chinandega, en busca de la pichinga de plástico que ella había semienterrado en la ribera. Era su alcancía secreta, en la que depositó 1,600 córdobas en monedas de la venta de botellas que encontraba en la basura. “Lo gasté todo. Con ese dinero compré el plástico negro para una casa, hice un triciclo con chatarra vieja que tenía guardada y empezamos a vender leña”, cuenta el “sucesor” de Salomón.

José Ramón Díaz prepara el desayuno  para él y sus “mujeres”.  En esta misma cocina pone al fuego las yerbas medicinales que usa en sus brebajes. LA PRENSA/URIEL MOLINA
José Ramón Díaz prepara el desayuno para él y sus “mujeres”. En esta misma cocina pone al fuego las yerbas medicinales que usa en sus brebajes.
LA PRENSA/URIEL MOLINA
Los orígenes

Olga Suyapa Baca Irías y Deysi Yolanda Baca Irías aseguran que no son parientes. Aunque tal vez sí lo sean y ni ellas se dan cuenta, insinúa José Ramón, porque “usted sabe, los viejos somos putos”. Los vecinos las creen tía y sobrina. La primera es de Sabanagrande, Honduras, se crió en el campo y solía trabajar como doméstica. La otra es de Tegucigalpa y laboraba en las oficinas del Registro Central cuando su vida se cruzó con la del hombrecito que vendía medicina para la gastritis. Deysi Marina era ama de casa en el municipio de Ojojona; ahí dejó a su hija mayor y se vino a Nicaragua tras una ilusión llamada José Ramón.

¿Cuál es el “arma secreta” de este señor? Hablar con la “verdad”, dice él. “Yo tengo la costumbre de decirle a las mujeres lo que soy y lo que no soy. Yo les digo a las muchachas: ‘Yo soy el peor prostituto que hay en la vida. ¡El peor prostituto!’ Si usted habla con la verdad, creo que hay de todo. Si no, no hay nada”. Sin embargo, esta teoría supone que un hombre, cualquier hombre, podría conquistar el corazón de una mujer, cualquier mujer, con solo confesarse promiscuo y polígamo. Así que José Ramón propone de inmediato una explicación más creíble, con un toque rasputiniano: “Dominio mental”.

Bueno —intenta explicar— “eso el Señor lo da, todas las personas tenemos un dominio sobre otras. Influimos. De una manera directa o indirecta”.

En la vivienda de los Barreto, familia de El Tololar que la contrató como doméstica y le dio posada para que saliera de la casa de José Ramón, Deysi Marina Martínez habla de una tercera posibilidad: el engaño. A los Barreto les ha contado que cuando dejó todo lo que conocía en Honduras para viajar a un país extraño no sabía que José Ramón ya tenía otras dos compañeras: Guadalupe y Deysi Yolanda.

Deysi Marina abandonó la casa de José Ramón para recuperar a sus dos hijos, uno de un año y otro de tres. Tendría otro niño, pero el tercero murió un mes antes de que ella se marchara del rancho. Pasó “de repente”, cuando el bebé tenía 22 días de nacido “la mamá lo encontró como boqueando y le dieron los primeros auxilios”, pero nada, cuenta Olga Suyapa.

De los seis niños que el ministerio se llevó un martes a comienzos del pasado septiembre, los dos mayores tienen poco más de tres años, uno es de Guadalupe y otro de Deysi Marina. Las edades de los otros cuatro van desde un año y piquito hasta apenas cuatro meses, de modo que Deysi Marina, Deysi Yolanda y Olga Suyapa estuvieron embarazadas al mismo tiempo.

¿Qué hace que una mujer acepte esas condiciones en un país donde ni siquiera existe la poligamia? “Yo lo quería demasiado, lo amaba, por eso me dije: ‘Bueno, voy a ir’, y nos venimos a Nicaragua”. Así explica Deysi Yolanda, joven, simpática, con secundaria aprobada y estudios técnicos en computación, su decisión de seguir a José Ramón Díaz, quien a la fecha tiene 62 años biológicos y 52 legales, porque sus padres lo inscribieron diez años tarde.

A ella la acosó durante seis o siete meses, llegando casi todos los días a la oficina donde la muchacha trabajaba, con el pretexto de visitar amigos o entregar medicina. “¿Afligida? (No). Cómo no, yo sé que afligida, ¿cuál es su nombre? (Dígame en qué le puedo servir). A mí en nada, chiquita, yo sí en qué le puedo servir, en regalarle un niño y hacerla la mujer más feliz, o infeliz quizás. Me le voy a robar el corazón. ¿Qué cuántas compañeras tengo? No sé cuántas tengo… Y así hasta que me la robé. Si usted llega al panal, saca a todas las avispas hasta que se coma la miel. Yo alboroto al panal o no lo toco”. De esta forma describe José Ramón su supuesta estrategia de conquista. La misma que, según él, aplicó en los casos de Deysi Marina y Olga Suyapa.

Todas habían tenido anteriores relaciones y en algún momento sintieron celos. Sin embargo, ahora que están con José Ramón dicen que ven “normal” compartirlo y que entre ellas se miran como hermanas, como amigas. “Cada quien vive su vida como le parece”, sostiene Deysi Yolanda. Y Olga Suyapa señala que hay otros hombres que tienen hasta cinco amantes con hijos y que la gente no lo ve raro “solo porque no viven en la misma casa”. “Con esas no se meten”.

“Dicen que el amor es ciego… No puedo ni explicar qué me enamoró, pero me enamoré lo suficiente para venir hasta acá. Él ya tenía a las otras tres, yo venía bien informada y aún así acepté. Fue voluntario, nada a la fuerza”, cuenta Olga Suyapa, mientras enjuaga los trastos del desayuno. Sentado junto a ella, José Ramón termina de tragar el gallopinto y deja su plato sobre el lavandero: “Tome, mi reina, se lo regalo”.

Para  septiembre de 2014,  José Ramón Díaz convivía con cuatro mujeres.  Deysi Marina Martínez (extremo izquierdo) se fue de la casa poco después de que   Mifamilia se llevara a los hijos de todas. LA PRENSA/ E. ´LÓPEZ
Para septiembre de 2014, José Ramón Díaz convivía con cuatro mujeres. Deysi Marina Martínez (extremo izquierdo) se fue de la casa poco después de que Mifamilia se llevara a los hijos de todas.
LA PRENSA/ E. ´LÓPEZ
“El Padrecito”

José Ramón Díaz nació en El Tololar, en la misma propiedad donde ahora vive con sus compañeras, el 11 de noviembre de 1953, como el cuarto de los ocho hijos de una pareja de campesinos, una nicaragüense y un salvadoreño. Fue criado por una tía materna y aprendió de yerbas y yerbajos desde muy niño, porque su padre adoptivo era curandero.

Poco antes de sus 20 años biológicos quiso ser sacerdote. Entró al Seminario de León y por un tiempo se sometió a las leyes de Dios y hasta predicó en algunas comunidades. Pero había una cláusula que no le gustaba: la del celibato. “Miraba la Biblia a cada rato y leía la parte que decía ‘en vez de que te estés quemando, cásate’… Nunca estuve de acuerdo”, recuerda. Entonces empezó a indagar en la historia de la Iglesia en busca de justificaciones para abandonar su incipiente vida contemplativa. A los tres años, dijo: “Aquí no alcanzo, voy de viaje”. Y de esa aventura religiosa solo le quedó el mote con que se le conoce en El Tololar: “El Padrecito”.

El monje Grigori Rasputín encontró una forma de reconciliar la religión con sus excesos sexuales. Razonable para algunos, descabellada para otros. Su filosofía, aplicada a sus devotas admiradoras, era más o menos así: “Es preciso pecar para poder ser perdonado y el pecado más fácil de cometer es el del sexo”. En esa materia José Ramón Díaz se siente un erudito, e incluso fanfarronea un poco cuando afirma: “No hay mujer que me aguante”. Dice que las llama “una por una” a su cuarto o les hace “visita de médico”. Además, cuenta entre carcajadas, fuera de casa tiene algunas “amigas” que lo llaman por teléfono y sus compañeras no se molestan porque “¡ya saben lo que tienen!”

Según él, hace mucho tiempo, allá en los años ochenta, tuvo otras experiencias “poliamorosas”. La primera en El Viejo, Chinandega, con “cuatro chavalas”. “Fue suerte de la vida”, considera. “Llegó una, me quedé con ella, la otra sabía también y así… fuimos acondicionando la situación. Con el tiempo nos desunimos, dos se fueron para El Salvador (de allá eran), otra se fue y otra falleció en un accidente de tránsito”. Su otra relación múltiple ocurrió en San Carlos, Río San Juan. “Ahí eran seis. Una de San Carlos, las otras cinco eran campesinas de los asentamientos, la mayor de 22 años y de 19 la menor. Estábamos todos juntos, me sentía feliz”.

La felicidad terminó cuando sus parejas decidieron que no querían ser siete. “Mucho peleaban, no por mí, contra mí. Se aliaban. No querían que saliera de la casa. Decían: ‘Suficiente aquí con nosotras’. Y yo: ‘Señorita, pero si voy a hacer un mandado…’ Y entonces decían: ¡A ver voy yo, dame los reales!” Así que se fue, dejando atrás seis hijos.

Reconoce que ha dejado niños por dondequiera. “Por todititos tengo 42 hijos”, asegura, y se ve orgulloso de sí mismo. “En León, tres niños, no vivo con las mamás y hace tiempo ni las miro, solo a ellos. En San José, Costa Rica, cinco. En Honduras, ya no sé ni cuántos me tienen, a los que reconozco son a 12, dos son gemelas, ya tienen 10 años… No he sido ni irresponsable ni muy responsable. Siempre les paso algún bocadito, por allá cuando tengo”. Eso sí, aclara, a los que viven con él “nada les falta”.

El curandero y sus compañeras  trabajando en el huerto de la casa, donde crecen las yerbas medicinales que él usa en sus cocimientos.   LA PRENSA/ U. MOLINA
El curandero y sus compañeras trabajando en el huerto de la casa, donde crecen las yerbas medicinales que él usa en sus cocimientos.
LA PRENSA/ U. MOLINA
Las yerbas de José Ramón

Se ha granjeado su fama de brujo. Dice, por ejemplo, que puede hacer curaciones a larga distancia, viajar con el pensamiento hasta el cuarto donde su paciente está tumbado, completamente desnudo, sobre una sábana, en el piso. Cuenta que conoce de bebidas y plantas que por un rato pueden convertir a un hombre en un semental; del mapachín que pone “locas” y delirantes a las mujeres y de la plantita que cura el efecto; de “sopitas” que se preparan con calzoncillos que han sido usados durante cuatro días seguidos y tienen la propiedad de hacer que en tres minutos una dama “se baje el blúmer”.

¿Usó alguna de esas “recetas” en sus actuales compañeras? “No, yo no lo he hecho, porque no lo necesito. Si quiero algo, quiero tenerlo para mí. Si le da eso a una mujer, ya después no quiere nada con usted. El efecto no dura mucho y pasada la reacción, se termina el encanto. Ya no estarían ellas conmigo”, responde.

Ahora que Deysi Marina se ha ido, que no hay niños en casa y tampoco caballos para ir a buscar leña con la carreta (los tres murieron de hambre en agosto, porque en el campo no había suficiente pasto), los roles han cambiado muy poco. Junto con Guadalupe, Olga Suyapa sigue haciéndose cargo de la mayoría de los oficios del hogar, pero anda en busca de un empleo. Igual Deysi Yolanda. Ahora solo ella le ayuda a José Ramón a elegir las yerbas, a sembrar frijoles, ayotes, calabazas y calabacitas, y a destilar sus cocimientos. Pasan 15 días preparándolos antes de que él se los lleve a Honduras. El resto de las horas se les va en echar siestas, ver televisión o ir a León a preguntar por el paradero de sus hijos.

Si el requisito para que Mifamilia les devuelva a sus niños es dejar esa convivencia, están dispuestas a hacerlo, aseguran. “Después de lo que pasó, yo dije: ‘¡Basta! Esto se acaba’. Ahora lo aprecio, pero ya no lo miro como antes, ahora es como un hermano. Se acabó el amor loco, definitivamente”, dice Deysi Yolanda. Lleva cuenta de cada uno de los días que pasa sin sus hijas.

Al acercarse el mediodía, vuelve a haber movimiento en la casa. Las mujeres dejan sus colchonetas, corren las cortinas de sus diminutos cuartos y aparecen en el patio. Olga Suyapa se va al fogón a preparar las tortillas del almuerzo, Deysi Yolanda sopla las brasas y José Ramón agita una porra para mezclar bien el fresco sabor fresa. Ajena a todo, Guadalupe se sienta en un tronco, ocupadísima en contemplar la nada.

En la actualidad

Este trabajo fue publicado en la edición de diciembre de 2014 de la revista Magazine. Cinco meses más tarde, Deysi Yolanda Baca Irías, Olga Suyapa Baca Irías y Guadalupe Concepción Díaz siguen viviendo bajo el mismo techo con el curandero José Ramón Díaz. Deysi Marina Martínez, desertora de este poliamor, no ha regresado a la casa.

Los niños que entre las tres tuvieron con José Ramón continúan bajo la tutela del Ministerio de la Familia. “Van siete meses y en Mifamilia no contestan, no nos dicen nada. Esto es muy triste”, cuenta Daysi Yolanda. Aún afirma que no regresará a Honduras mientras no recupere a sus dos hijas.

Según Deysi Yolanda, las mujeres comparten casa con José Ramón, pero ya no sostienen relaciones amorosas. Él dividió el terreno para que en cuanto sea posible cada una se construya su propia vivienda, asegura.
Ya lograron comprar dos caballos y una carreta en la que viajan a León. Además, están iniciando una “pequeña empresa”. “Una pollerita”, dice.

Boletin Reportajes Nicaragua archivo

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COMENTARIOS

  1. Choi Dal Po / Gi Ha Myeong
    Hace 11 años

    Entonces aprenderé lo que es un reportero, la buscaré nuevamente y entonces aullaré apropiadamente, no como un pequeño cachorro, sino como un lobo.

  2. Harry
    Hace 11 años

    Creo que medios serios como este debería ver esto desde el él otro perfil que es es uso de las mujeres que personas como este hombre hace y no darle tanto crédito a su machismo.
    Lamentablemente en nuestra entornos noticias como estas le gustan a muchos hombres con estilos machistas que ven a las mujeres como juguetes sexuales y de explotación.

  3. Lio Cruz
    Hace 11 años

    Que barbaro, tantas historias Bonitas que publicar y se hace esta publicacion.. que decadencia.-

  4. Karla Loáisiga Naváez
    Hace 11 años

    Considero que el «granito de arena» que los medios de comunicación debe asegurar artículos como éste, es señalar la clara violación de derechos de las mujeres, la falta de equidad de género y el enfoque patriarcal/machista que aun prevale. Considero éste articulo carece de lo anterior, más bien «ensalza» la conducta del protagonista. Sugiero mayor énfasis en la restitución de derechos de las mujeres y un enfoque más ético que satírico.

  5. Hace 11 años

    Yo haría eso con los chinos.
    Oiezykeriko

  6. Chale
    Hace 11 años

    Apología a la promiscuidad sexual.

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