Rubén Darío es el nicaragüense más querido por todos. Al margen del conocimiento de su obra, de su vida y de sus apetencias, fortalezas y debilidades personales, en él se concentran los más esenciales valores de la figura humana en torno a la cual se generan afectos, respetos, veneraciones, mitos, leyendas y escuelas.
Es una especie de chamán, guía, líder espiritual, príncipe y “paisano inevitable” —como lo llamara el recientemente fallecido poeta hondureño Rigoberto Paredes—. Es también negro, mestizo, indio, español, griego, árabe, africano, francés, chileno, colombiano, mexicano y argentino. Uno de los más sólidos pilares del sentido de la identidad nacional y latinoamericana y a la vez, el más propenso a generar sentimientos de consenso entre entes y seres antagónicos, quien este próximo 6 de febrero de 2016 cumple el Centenario de su muerte.
No existe otra figura que, sobrepasando rutas en sus pasos ascendentes por la vida, lo supere.
Como artistas vivos los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy son los más queridos; a Darío la historia y la patente de su vida y obra lo arrastran hacia una disertación bucólica, de tertulia doméstica o intelectualizada, universal y carismática por moros y cristianos. Es el “Bolívar literario” como lo define Jorge Eduardo Arellano (su más ecléctico conocedor) tras la argumentación de que logra una independencia de la creación poética y de la prosa de la tradición española, para convertirse en el líder transatlántico del Modernismo.
El hecho más trascendental de Darío para Nicaragua es que es a través de su presencia que hereda una pléyade de poetas, ya que antes de él no había una poesía auténticamente grandiosa en el país, contribuyendo a que esta se convierta en una tierra de grandes iconos, de monumentales poetas nicaragüenses.
Es por eso que Darío es de todos y para todos. De todos porque lo sentimos nuestro pariente lírico más cercano. Cercano pues aun cuando parte de su poesía elogie ninfas y musas del Olimpo, lo está haciendo desde el punto de vista de una era romántica que él mismo estaba enterrando para abrirla hacia una métrica y una renovación verbal del español. Es el poeta que canta a la guerra mundial e implora la paz mundial, el poeta en Nueva York y en París, pero también el poeta de los toros salvajes del campo nicaragüense, “pues sois la vida mía”.
Y lo es para todos puesto que todos llevamos en nuestra idiosincrasia y forma de ser una porción, un brebaje y un emblema de ese personaje seductor y desconsolado. Darío es un ser superdotado, un súper hombre y un súper héroe que logró superar escollos que debió, desde niño, enfrentar, tanto en la vida familiar y cotidiana, como en las tempestades a las que afrontó en sus tantas vidas errabundas, sentimentales, pasionales, económicas, laborales y estéticas.
Es el más grande de los nicaragüenses y sigue siendo nuestra más firme carta de presentación, lo que nos abre una gran oportunidad para recordarlo cívica y dignamente por todos: Estado, sociedad civil, empresarios, artistas y pueblo en general, ahora de cara este centenario de su partida hacia el más allá, cerca del sol. Alguien que desde el fondo de su obra y vida nos llama a la unidad entre todos, nos convoca a la paz y nos enseña que aún es posible, un mundo compartido para todos.
Por eso ahora no debe pertenecer únicamente a las liturgias académicas ni a los desfiles escolares edulcorados con las musas electas en su nombre, sino sacarlo a las calles, editarlo masivamente, retransmitirlo en la radionovela escrita por el poeta Iván Uriarte más allá de las fronteras patrias El vuelo del cisne; conferenciarlo ante el pueblo, imprimirlo en camisetas y afiches, ofrendarlo a los emigrantes, abrazarlo en los festivales de poesía, llevarlo al cine y al teatro, leerlo en voz alta, propiciar que lo lean los obreros, los políticos, los hacedores de opinión, los campesinos, los enamorados, sentirlo y verlo tan nuestro —no como a un Dios imposible—, sino como a cualquiera de nuestros grandes e inmortales por lo que fue y siempre será: un ser humano de carne y hueso de paso por esta vida.
El autor es escritor y periodista. Preside la Fundación Esquipulas y el Festival Internacional Centroamericano de Poesía.eal