De pronto, a uno le parece broma cuando le anuncian la muerte de un amigo querido. Pero las llamadas a las 00:30 y luego a las 00:40 a.m. del pasado lunes 4 de mayo, jamás me lo pareció. Escuché la voz quebrantada de Verónica Rosil, su llanto dejó la estela de un dolor que debió ser superado por la exigencia del momento. Edgar Escobar Barba acababa de fallecer a causa de un infarto.
El hombre, el poeta, corazón de niño, se nos había marchado. Mi mente, en ese instante, no reaccionó con recuerdos sino con imágenes muy recientes: su sonrisa, el abrazo, su actuación en la recién pasada reunión, el disfrute del pan de coco y el soda kay caribeños que llevó Saavedra; el brillo de sus ojos cuando chineó a Gabriela Alejandra, la bebé de Gloria Palacios, la otra niña que él acogió en sus talleres y en Horizonte de Palabras, ahora convertida en una profesional y escritora prometedora.
Pero, ¿qué nos deja ese corazón de niño? Sus obras poéticas y narrativas que esperan reediciones; sus aportes teóricos y creativos en el minicuento; sus recopilaciones de mitos y leyendas; la búsqueda incesante de jóvenes para promover en ellos la lectura, la escritura creativa, animarlos y mostrarles el rumbo de la poesía o de la narrativa.
Fue un escritor docente, un promotor de la combinatoria de las artes, comprometido con el relevo generacional de la literatura, por eso su apostolado juvenil. Forjó, fundó y hasta coordinó grupos literarios juveniles: Contracara, Horizonte de Palabras, Heptágono, entre otros. Jamás apuntó hacia la espuma de la fama. Una de sus insistentes frases: “Soy un eterno aprendiz”. Esa fue su maestría, aprender. Y debo decirlo, un escritor desparpajo, para nada parecido a quienes apuestan al figureo, a la alfombra.
Con Edgar se podía recorrer todo el país pregonando literatura, facilitando talleres, realizando encuentros y tertulias. Con Edgar se podía visitar colegios, pero también barrios y comunidades, donde no llegan Vacas Sagradas ni aprendices de estas, a compartir poesía, conversar de sus costumbres, conocer los cuentos orales, respirar el aire de esas realidades diversas. Todo por conocer Nicaragua, por aprender y penetrar sus observaciones con esas formas de vida, culturas.
A ese corazón de niño lo vi proponerse escribir una novela, La Chureca; lo vi aceptar errores y disculparse con humildad; lo vi debatir apasionado acerca de literatura; lo vi jugar con niños tal como si él mismo lo fuera; lo vi triste y decepcionado de actitudes jóvenes, que luego de haberles entregado un cuanto de corazón, le dieron la espalda por creerse dioses a saber de qué falsa cumbre.
Pero sobre todo, al corazón de niño que fue Edgar Escobar Barba, lo vi llorar a moco tendido, cuando hace algunos años su madre Yolanda estuvo muy grave de salud en Guadalajara, México, imposibilitado de acudir a sus brazos, porque el puto trabajo que tenía no entiende de estos amores de hijo.