Al entrar a la iglesia de El Carmen hace unos días para asistir a una eucaristía que se celebraba por una parienta mía recientemente fallecida, me encontré con mi primo “Manolo” Cardenal (a quien no había visto desde hacía varios años) y con quien entablé una conversación muy interesante antes de que comenzara la misa. Lo que me dijo me dejó reflexionando profundamente por varios días por lo que ahora quiero compartirlo con ustedes mis lectores.
Al preguntarle a Manolo si seguía en su apostolado al que había dedicado su vida ayudando a los alcohólicos, drogadictos y depresivos, me contestó que continuaba en ello atendiendo a varios centros de ayuda, en especial en los lugares donde estos desdichados más abundaban, como era el mercado Oriental. Me dijo que ahora ahí había fundado dos centros que él personalmente coordinaba y me explicó que el más concurrido de ellos tenía el divertido nombre de “El Grupo de la Tomatera” el cual sesionaba todos los miércoles al mediodía de 12:00 a 1:00 de la tarde, ofreciendo siempre al final un almuerzo de cortesía para todos los asistentes. Agregó que no solicitaban ninguna contribución económica y que cualquiera era bienvenido (no me dijo cómo financiaba esos gastos). También me contó que el señor Jesús confirmaba constantemente su llamado a ese apostolado con toda clase de prodigios, como el volver —en un instante— totalmente sobrios a picaditos que asistía absolutamente borrachos al momento de orar por ellos.
Conmovido y admirando su santidad exclamé: “Vos escogiste la mejor parte de la vida entregándote a los más necesitados como Santa Teresa de Calcuta y su orden religiosa” y continué: “Vos estás haciendo lo más importante de la vida, amando de esa manera heroica al prójimo”. Y él me contestó de inmediato: “No lo más importante sino lo único importante”. En eso comenzó la misa y ya no tuvimos oportunidad de platicar más, pero esas sus últimas palabras me llegaron muy hondo. Y ya después, en mi casa, comprendí que en el mundo hay una gran confusión en eso del amor al prójimo, y deseo hoy exponerles la situación.
Ahora la mayoría de la gente cree que muchísimos de los desórdenes sociales y los problemas emocionales de las personas se deben a la falta de amor en el mundo. Pero el verdadero problema no es tanto la falta de amor —que sí hay falta de amor—, sino la forma en cómo los hombres entienden y expresan el amor en nuestros días. Entre el amor cristiano al prójimo y la concepción de amor que prevalece en el mundo son conceptos muy diferentes y los cristianos debemos aprender a distinguirlos, porque muchos de ellos son falsos y solo uno es el verdadero. Para la gente de hoy el amor consiste en un sentimiento (atracción, afecto, ternura, cariño o enamoramiento) más que una acción, un compromiso. En la Biblia las emociones son de gran ayuda pero no son la realidad central del amor. El amor cristiano se encarna en las relaciones personales, basadas en un compromiso que se expresa en el interés, atención, cuido y servicio hacia las demás personas. El amor cristiano ante todo se refiere a la voluntad y a la forma de actuar.
Un cristiano no necesita esperar hasta que sienta una “hemorragia” emocional para amar a sus compañeros de trabajo, a los vecinos, a los miembros de su familia o a los picaditos de Manolo. Está en su decisión el ser amable y servicial con ellos.
El autor es coordinador de la ciudad de Dios.
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