Venezuela va por la senda de ser un Estado fallido o Estado fracasado. Según la cibernética cuando los mandos, el gobierno de cualquier sistema en la naturaleza o en la sociedad, pierden el control de las tendencias a la descomposición, existe ingobernabilidad, aunque los que dirigen no lo sepan o pretendan ignorarlo. Si en una ciudad no se recoge la basura, o la policía está en huelga, se vive un caos. En un sistema ingobernable las decisiones tomadas por los mandos tienen efecto contrario y multiplican esas tendencias llamadas entrópicas. Todo lo que decide la revolución para “enfrentar” la inflación, escasez y devaluación, más bien las multiplican. La ingobernabilidad general en la sociedad conduce a los Estados fallidos, un concepto de Robert Rotberg para definir países que sucumben a la descomposición general y no pueden cumplir con las tareas primarias de sobrevivencia entre las naciones.
A despecho de falsos libertarios o anarcoliberales, marxistas y otras ideologías enajenadas que lo tienen como objetivo programático, la liquidación del Estado es el fin de la estabilidad, la seguridad pública, la invulnerabilidad de las fronteras, y de la vida civilizada. Según Susan Woodward, cuando un país se encamina por esa terrible ruta, el gobierno pierde la condición de monopolista legítimo de la fuerza y debe cogobernar de hecho con gangs, mafias, pandillas, grupos guerrilleros, paramilitares —“colectivos”—, narcotráfico. No hay seguridad mínima para la vida y la barbarie se apodera sistemática y crecientemente de las calles, cosa que empieza a ocurrir en Venezuela, donde tampoco controla las cárceles en manos de pranes. Las policías se convierten en bandas hamponiles con fuero legal.
Aumenta la cantidad de efectivos asesinados por el hampa para coger sus armas de reglamento, el uso de la fuerza pública —y de irregulares— para reprimir protestas civiles, el asesinato policial y la práctica de la tortura. Venezuela presenta todos esos rasgos de ingobernabilidad, es hoy un narcoestado y los expertos sostienen que sus fronteras son pasadizos para la mitad de la cocaína que se consume en el mundo. Hay una absoluta incapacidad para detener la invasión de Guyana, pese al cómico jolgorio de “defensa de la soberanía” que se armó en relación con EE. UU. Gobiernos autoritarios —todos los fallidos lo son—, devienen incapaces de enfrentar cualquier problema de la ciudadanía. Desaparecen los servicios públicos, aguas blancas, electricidad, vialidad, porque la entropía creciente conduce a desintegrar la infraestructura moderna.
Las redes de distribución comercial de bienes (alimentos, medicinas) desaparecen y surgen desabastecimiento, epidemias, hambrunas, en medio de problemas económicos extremos. En África los alimentos que enviaba Naciones Unidas para paliar la hambruna, llegaban a manos de Señores de la Guerra, grupos revolucionarios que los comercializaban para enriquecerse y adquirir armas ultramodernas. El Estado de Derecho no existe, los poderes judicial y legislativo están en manos de la banda gubernamental con fuerzas armadas temibles y corruptas. Los gobiernos se hacen progresivamente irresponsables con sus compromisos internacionales y deudas contraídas, pero al mismo tiempo los jerarcas poseen grandes cuentas en los paraísos fiscales. Miles de millones de dólares se han ido ilícitamente y reposan en cuentas privadas de funcionarios públicos sin ninguna capacidad de control de nadie. Según la ONU, ya Venezuela está entre los diez peores países del mundo.
La eclosión de los Estados fallidos surgió con fuerza en África. Yugoslavia y Checoslovaquia sucumbieron como naciones. Sudán bajo el gobierno revolucionario de Al-Bashir dictador desde 1989, vivió dos guerras civiles hasta que se dividió en 2011. Nigeria amenaza con serlo próximamente, igual que Irak, Yemen, Afganistán, Zimbabue, Etiopía, Burundi y otros. México y Colombia estuvieron cerca pero gracias a la acción de los presidentes Calderón y Uribe se revirtió la tendencia. Los expertos acuñaron la categoría de nation-building para el programa de políticas de recuperar los países. En el marco intelectual creado por la Comisión para la Reconstrucción de la Paz de la ONU, Fukuyama sostiene que sin una maquinaria de Estado de funciones constructivas y transparentes que liderice un esfuerzo nacional, los países no se recuperan.
En su libro La construcción del Estado (2005) afirma que una vez definidas sus áreas y sin invadir la sociedad, el proyecto nacional debe concentrarse en desarrollar ambos polos de la ecuación: Estado y sociedad. Y alerta que reinstalar la democracia, el libre juego de partidos, la libertad de expresión, el Estado de Derecho, fundamentos para reconstruir que suelen estimular justificada euforia, no deben eclipsar la necesidad de emprender el sistemático trabajo de reforma institucional, la conquista de la eficiencia y la capacidad para que el Estado garantice los servicios a su cargo.
Argentina es ejemplo de una nación que rescata las instituciones democráticas pero repite periódicamente los errores económicos del pasado, ignora las reformas administrativas y funcionales, y luce condenada a estar siempre cerca del renacer autoritario.
El autor es analista político. ©FIRMAS PRESS
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