En nuestro tiempo, ya casi nadie habla ni de “ética” ni mucho menos de “valores morales”.
En el 2003 viajé a la Universidad de Harvard para hacer mi investigación de tesis doctoral. Allí me encontré a unos paisanos que estaban estudiando sus maestrías. Tomando nuestro almuerzo en la cafetería de la universidad, en buena conversación, salió a colación el tema de la felicidad humana. Inmediatamente les hice a todos ellos la siguiente pregunta: ¿En qué consiste la felicidad según Aristóteles? Las respuestas fueron muy variadas y poco atinadas. Pero fue mayor su sorpresa al oír de mi boca la sentencia lapidaria del filósofo griego Aristóteles: “En la vida teorética o en la vida intelectual propiamente dicha”. La explicación fue también reveladora para ellos: “Vivir conforme a nuestra facultad más noble, la Razón, es ser feliz”.
La ética en la filosofía griega es tanto una “ciencia” como un “arte”. Desde el punto de vista teórico es llamada “la ciencia de las buenas costumbres”. Desde la perspectiva de su practicidad, es el “arte de la felicidad”.
Para Sócrates, por ejemplo, la felicidad consistía en la adquisición de toda clase de bienes, a saber: salud, dinero, poder, fama, placeres, amistades, posesiones, etc. Pero con una sola condición: que fueran guiados e inspirados por la virtud de la “sabiduría”.
Para Platón, en cambio, la felicidad moral solo es alcanzada en el “mundo de las ideas”. Solamente es feliz el que verdaderamente alcanza el saber. La salvación del alma consiste en el conocimiento y la buena vida.
Para Aristóteles “solo la persona virtuosa merece o es digna de ser feliz” ya que solo en la virtud encuentra el ser humano el sentido de su vida y la plenitud de su ser. Este filósofo llegó a contar hasta 54 virtudes que el hombre o la mujer pueden practicar en su vida.
Los epicúreos y los estoicos también tuvieron sus opiniones sobre la felicidad. A los primeros “los placeres”, tanto del cuerpo como del alma, llevados con moderación, los llevaría a la felicidad en este mundo. En cambio, a los segundos, solo la “virtud” que consiste en vivir acorde a una ley que impera en el universo, es la que pueda alcanzar la “ataraxia” o estado de indiferencia hacia todo lo de este mundo, sea bueno o malo. Y en esto consistía la felicidad estoica.
El príncipe Sidartha, convertido después en Buda, también se cuestionó el origen y la naturaleza de la felicidad humana. Cuando salió de su palacio, tuvo tres revelaciones que le abrieron los ojos del alma: conoció personalmente a un enfermo, a un viejo y a un muerto, llegando posteriormente a la siguiente conclusión: que el origen de nuestros males era el “deseo”, y que por consiguiente, había que extirparlo de raíz, para posteriormente alcanzar el “nirvana” o estado de plenitud al nivel de lo trascendente.
Desde la perspectiva cristiana, la felicidad en este mundo nunca se puede alcanzar a plenitud, solo por momentos a manera de anticipos. Pero sí se puede alcanzar la “paz” y todo el bien que esta trae al que vive en rectitud, en gracia y justicia.
“La felicidad, desde el punto de vista psicológico no es más que un sentimiento de plenitud que se alcanza después de haber vivido una vida buena y de calidad”.
En Harvard durante mi estadía en el 2014, hice un importante descubrimiento: Gordon Allport, el psicólogo investigado de mi tesis doctoral, en una ocasión hizo una encuesta entre las personas de la “tercera edad” sobre si eran o no felices y el porqué. La mayoría de los ancianos que se confesaban felices, tenían en común, no una misma creencia o fe, sino que durante toda su vida habían respetado un “código moral”.