Sergio N. Boffelli

Espantapájaros del poder

Los espantapájaros, como indica su nombre, sirven para ahuyentar los pajarracos que roban o picotean los frutos de las cosechas. A algunos les colocan máscaras para infundir más temor y, por las noches, pueden asustar a las personas. Claro, basta verlos de cerca, levantarles el sobrero, quitarles la careta o halarles la cotona, para darse cuenta que son de paja.

Sin embargo, existe otro tipo de espantapájaros: los que instala el poder político. Hoy, en Nicaragua, los utilizan quienes han usurpado la administración del terreno que pertenece a los nicaragüenses, y tratan a sus dueños como si estos fueran los invasores. Como se ha denunciado, los administradores de justicia que no aplican las leyes con imparcialidad, la represión, abusos militares y policíacos, los diputados y magistrados que entregaron sus voluntades al caudillo, los operadores políticos en las instituciones del Estado, las turbas motorizadas, los comisarios de barrio, los monumentos esotéricos como signos de conquista, son parte de los comandos que dirige para amedrentar.

Uno de sus muñecos preferidos es la avalancha de desinformación, pretendiendo confundir y hacer creer que la historia comienza con ellos. Algunos, por ignorancia o conveniencia, lo han creído o se hacen los convencidos, pero sabemos que es pasajero. Cuando se recurre a estas triquiñuelas es porque el discurso carece de solidez. Y lo que no está fundamentado en la verdad está destinado al fracaso. Como hemos visto antes, este manoseo se convierte en boomerang contra quien lo lanza. Por eso el orteguismo ha empezado a pedalear una bicicleta sin cadena. O peor, pretende acelerar un carro en neutro sobre camino empinado, próximo a retroceder sin frenos.

Los usurpadores sudan miedos y no es para menos. El comentario del médico militar Yader Montiel Meza, que nadie hubiera conocido de no ser por la histérica reacción del poder, es un ejemplo evidente. Una simple opinión los hizo temblar, y crearon un héroe. Ni siquiera en El Carmen deben sentirse seguros. Cada noche, al acostarse en búsqueda del silencio y el sueño, cada sobresalto en las madrugadas, cada mañana al despertar, cada llamada imprevista, cada crítica certera, cada protesta, invocan el fantasma que, posando las manos sobre sus hombros, susurra afligido “¿cuánto durará esta aventura? ¿Qué pasará después con nosotros?” Ahhh… ¡las pesadillas de los mandamases deben ser terribles!

Lo cierto es que no solamente temen a elecciones honestas. También a la libertad de expresión, a la información independiente, a la rendición de cuentas, al contraste, al conocimiento, al careo con los periodistas que no son de sus dominios, a la inteligencia de quienes los cuestionan. Y especialmente al debate, porque no poseen argumentos valederos, habitan en la oscuridad y desprecian a la población. Es decir, un poderoso cóctel de sustos.

Es una equivocación creer que son fuertes porque compran canales de televisión y estaciones de radio, o los cierran por capricho; o porque abarrotan las calles de rótulos y pintan muros, postes de luz y demás; o porque reprimen y atropellan a la ciudadanía que manifiesta su descontento; o porque muestran encuestas a su favor; o porque humillan a los empleados públicos al obligarlos a “rotondear” o marchar; o porque cuelgan su bandera rojinegro donde pueden; o porque suenan música a todo volumen, o porque violan la Constitución y leyes de la República; o porque reclutan opositores blandengues…

Usted puede completar la lista. Pero, por muy extensa que le resulte, no son indicadores de fortaleza. Son muestras de la fragilidad de los usurpadores. Y nos revelan su pavor de que, cualquier día de estos, los legítimos dueños del terreno deshagan sus espantapájaros.

El autor es periodista.

COMENTARIOS

  1. Leonel Ojeda
    Hace 11 años

    La historia ha demostrado, que en los regímenes autoritarios y absolutistas, quienes están más cerca de los que ejercen el poder, son los primeros en traicionar a quienes hoy en día dedican loas, alabanzas y juran lealtad eterna

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