¿Qué se podía hacer con la vieja casona terremoteada del barrio Costa Rica en la que había crecido Lisseth Jiménez? Desde el sismo de 1972, la casa no se restauró y prácticamente estaba arruinada. Hubo un tiempo en que sirvió de bodega para la cerámica que Jiménez vendía y que pretendía fuera el sustento de su familia. Como era escasa la demanda de cerámica, y “no se le daba mucha vuelta” el dinero invertido Jiménez desistió de ese negocio. ¿Qué hacer con aquella casona ruinosa? ¿Y qué negocio podría pegar en ese mismo lugar donde a un lado vive ella y su familia? Eran las preguntas que acechaban a Jiménez, mamá, abuela, esposa y jefa de familia.
Fue Henry, uno de sus hijos, al que le ha gustado levantar pesas, quien le sugirió convertir en un gimnasio la casona en desuso.
A Henry no solo le gustaba ir al gimnasio para ensanchar su musculatura, también había aprendido algo sobre el mundo de los gimnasios con un pariente suyo que había tenido uno. Jiménez atendió la idea de su hijo, después de todo no se requería una gran inversión, lo más importante, el espacio, lo tenían, era cuestión de conseguir las máquinas y abrir las puertas de la casona. Así fue.

LA PRENSA/ A. MORALES
Jiménez recuerda que las primeras máquinas fueron “hechizas”. En una herrería improvisaron las primeras cinco máquinas de pesas con las que inauguraron el gimnasio. Decidieron cobrar un precio módico mensual de cien pesos al mes.
UNA CALLE INFORMAL
Muchachos, algunos conocidos de su hijo, interesados en labrar sus brazos, espaldas y abdomen y mujeres ansiosas de tornear piernas, fueron los primeros pobladores del gimnasio Bryan del barrio Costa Rica que está sobre una calle donde campea la informalidad: en una de las esquinas hay una comidería y al frente, al otro lado de la calle, hay otro que anuncia un Sabor Catracho, en la esquina opuesta queda una vulcanización y en esa misma hilera florecen una pulpería y un billar que es el centro de recreación nocturna para muchos hombres del barrio. Casi enfrente del gimnasio está un consultorio médico y siguiendo por la calle hay otras pulperías.
LA MEJOR HORA
El gimnasio abre desde las 5:30 de la mañana. A esa hora llegan los que hacen ejercicios antes de ir a trabajar. Después de las 7:00 de la mañana hasta casi las 12:00 es un tiempo muerto, donde casi nadie llega. Jiménez se dedica a tareas domésticas en una casa que está a un lado, en la misma propiedad. Le toca preparar almuerzo para sus nietas y su esposo con problemas de salud.
La hora de mayor afluencia es cuando el sol cae. Después de las cinco y media de la tarde llegan a sudar al calor de las máquinas. Por lo general, Henry ya ha regresado del trabajo y es quien se encarga de cuidar y atender a los clientes, casi todos jovencitos de la zona, pero también llegan muchachos de vecindarios aledaños como Bello Horizonte y Santa Rosa, que han abandonado los gimnasios de sus barrios por el precio.
Jiménez dice que este año aumentaron a 230 córdobas la mensualidad, pero considera que aún así es el más barato de las ofertas existentes alrededor.
A las siete y media de la noche, la antigua sala de la casona ahora repleta de máquinas está a tope. Hay un aparato de sonido en la misma mesa que le sirve de caja a Henry. La emisora sintonizada suena un tema de Pitbull.
Al fondo del salón, un muchacho con una camisa negra de futbolista cierra los ojos y se chupa los dientes cada vez que sus piernas empujan las pesas con 135 libras a cada lado. Apenas acaba su rutina otro se sube a la máquina y le agrega 35 libras más de peso. Hombres y mujeres se van alternando por las máquinas, según sus necesidad físicas. Hay una joven de cintura ancha subida en una máquina giratoria, intentando esculpir una cintura.
Esta es una de las temporadas altas de gimnasio. La gente se prepara para lucir sus cuerpos durante la Semana Santa, después de esos días, se relajan los deseos de tallar el cuerpo a punto de peso. En agosto, para las fiestas de Santo Domingo, y en noviembre, próximo a las fiestas de navidad, vuelve a subir la preocupación por la figura. La propietaria ha intentado varias veces ser firme con la rutina de abdominales, pero sus tareas de ama de casa y de gimnasio durante el día la absorben y termina sucumbiendo.

LA PRENSA/ A. MORALES
Un muchacho, con ropa ceñida y gorra, se cuelga de brazos de una máquina que atrae hacia su cuerpo desde lo alto una y otra vez. El gimnasio, al fin de cuentas, es un asunto de repeticiones y pesas.
Al fondo, un trío de muchachas juguetean con unas bolas de hule para hacer pilates. En esa esquina del salón se han hecho clases de aeróbicos, pero es muy estrecho el lugar para los saltos y los movimientos de brazos y manos. “Por eso lo dejamos de hacer”, dice Jiménez.
Hace poco prohibieron que los clientes se “pasearan” con las mochilas por el gimnasio. La medida surgió tras la pérdida de varias pesas de 10 y 35 libras. “Se llevaron los discos en bolsos”, dice y cuenta que el robo de las pesas los obligó a invertir alrededor de cinco mil pesos en nuevas pesas. Cuando no eso, ha sido el tapizado, últimamente es el alto costo de luz, lamenta Jiménez, y no entiende por qué ha subido si no tienen máquinas eléctricas, tampoco muchos bombillos y el equipo de sonido. “Pero ahí vamos”, dice esta mujer de 50 años que de no haber sido por su hijo, reconoce que quizá nunca se hubiera aventurado a transformar el derruido caserón en un centro para modelar el cuerpo.
CREATIVIDAD INFORMAL
Lisseth Jiménez cuenta que el principal ingreso de su familia es el gimnasio. En este país el ochenta por ciento de la Población Económicamente Activa (PEA) está subempleado o sobrevive de negocios informales. En la familia de Lisseth, compuesta por seis personas, aparte de lo que genera el gimnasio, el otro ingreso es el salario de su hijo Henry, quien tiene un empleo formal de 8:00 a 5:00 y después de esa hora se encarga del gimnasio familiar.