La reciente crítica de los obispos al Gobierno, por la forma en que ha tratado a los pobladores afectados por el proyecto canalero es la manifestación más reciente de una vieja característica del cristianismo: su tratamiento del poder como una institución subordinada a la ley divina y al servicio del hombre.
Basados en la frase de Jesús: “El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado”, los obispos recordaron que “a los ojos de Dios no tienen sentido instituciones o estructuras que no respeten la dignidad de la persona humana”. Pues, al igual que el sábado, el poder se hizo para el hombre y no el hombre para el poder. Lo que implica que la legitimidad de los gobiernos está condicionada a que sirvan al hombre.
Opuesta a la visión de los obispos es la sacralización del poder; la tendencia a considerarlo absoluto, a ponerlo por encima de toda ley o condición y en hacerlo fuente de derecho, volviéndolo en una especie de divinidad que exige veneración y obediencia incondicional —como ha ocurrido con los faraones—, los déspotas orientales y los totalitarismos ateos del siglo XX.
Lo expresado por los obispos nicaragüenses no es nuevo. Tampoco es producto de la adaptación de la Iglesia a los conceptos democráticos modernos. La desacralización del poder hunde sus raíces en el monoteísmo judío. La creencia en un solo Dios y Señor, que dicta leyes o exige a todos ciertas reglas de conducta, y a quien hay que amar y obedecer por encima de los hombres, puso a los reyes o autoridades en el mismo plano de igualdad moral de los demás mortales y en un status subordinado al de la religión. Por eso el profeta Natán trató como uno más al rey David al denunciarle que había pecado gravemente.
El cristianismo continuó esta tradición. La contestación de los apóstoles al Sanedrín, cuando les ordenaron no predicar más a Cristo: “¿Está bien que obedezcamos a ustedes antes que a Dios?”, revela la visión de quienes lejos de absolutizar el poder lo consideran subordinado a Dios. Cristo añadió a esto una dimensión nueva, la de la separación y relativa autonomía del poder temporal del religioso, formulada en “Dad al César lo que el del César y a Dios lo que es de Dios”.
San Pablo, en las circunstancias de la época, predicó la obediencia o sujeción al poder temporal, pero no en forma absoluta, como testimonió con su muerte a manos del emperador romano. Luego teólogos como San Agustín, Santo Tomás y Francisco de Vitoria, para citar algunos, delinearon en forma más sofisticada los límites y obligaciones de la autoridad temporal, llegando a cuestionar su legitimidad cuando infringe ciertas normas. En ningún momento fue doctrina oficial de la Iglesia la divinización de los monarcas. Un crítico, José Luis Medal, alegó lo contrario citando a Roger Garaudy y a Luis XVI. El problema es que ninguno de ellos fue representativo del pensamiento católico. El primero fue un filósofo marxista, que tras una transitoria conversión al cristianismo terminó musulmán, y el segundo un rey interesado en manipular la religión para justificar su dominio, como suelen hacer los dictadores de siempre.
La visión judeo-cristiana permeó el pensamiento secular y fue decisiva para que en Occidente se desacralizara el poder antes que en otras civilizaciones. Evidentemente la ruta ha sido tortuosa. Al lado de héroes como Tomás Moro, y los innumerables mártires que no se arrodillaron ante el trono, surgirían clérigos y seglares dispuestos a incensarlo. Pero en el claroscuro de la historia la estrella de los primeros es la que alumbra el camino.
El autor es Sociólogo. Fue ministro de Educación.