Carlos Perezalonso. Escritor. LA PRENSA/MAYNOR VALENZUELA

Videntes de lo pequeño

Esta será nuestra lectura: un poema y un relato; el primero pertenece a la mano maestra de Carlos Perezalonso (León, Nicaragua, 1943), intitulado Buenos días, que aparece en su libro: El jardín de la cuchilla ; el segundo, obra que pertenece a Robert Walser, cuyo título es El paseo.

[doap_box title=»Confesiones del oficio» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]Existen otras intertextualidades entre el poema de Perezalonso y el relato de Walser, en los dos textos se delinea un espacio que los autores comparten para su práctica escritural, Perezalonso escribe: “Buenos días a la quietud de esta casa / que me permite escribir a solas con mis fantasmas / lejos del alboroto”; Walser escribe: “…vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus”, en ambos hay confesiones sobre el oficio del escritor, experiencia de la escritura describiendo su historia.[/doap_box][doap_box title=»Walser: Capas de la escritura» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]Vidente de lo pequeño, algo de esto también encontramos en el poema de Perezalonso, la mirada del yo enunciador:  fija en su visión lo inmenso que oculta lo pequeño,  la técnica del puntillado le permite registrar instantes lumínicos atrapados en una pincelada, así esta imagen minimalista de las “paredes descascaradas / de las casas antiguas”, hallazgo feliz que nos envía a pensar en Proust, cuando deslumbrado ante la famosa Vista de Delft de Vermeer, queda sin aliento ante un detalle minúsculo del cuadro (“le petit pan de mur jaune”), un pedacito de pared amarilla, y lo hace expresar con humildad total: “Así habría yo de escribir, superponer diversas capas de color,  volver mis frases, preciosas en sí mismas, como ese pedacito de pared amarilla”. Así deberíamos pintar y escribir todos: como Vermeer, como Carlos Perezalonso.[/doap_box]

Esta será nuestra lectura: un poema y un relato; el primero pertenece a la mano maestra de Carlos Perezalonso (León, Nicaragua, 1943), intitulado Buenos días, que aparece en su libro: El jardín de la cuchilla ; el segundo, obra que pertenece a Robert Walser, cuyo título es El paseo .

Pero de Walser tenemos que hablar ahora, aunque él opinaba que “nadie tiene el derecho de comportarse conmigo como si me conociera”. Escritor suizo de lengua alemana (Biel, 15 de abril de 1878-Herisau, 25 de diciembre de 1956), escritores y críticos lo han redescubierto y ahora lo sitúan como el último acontecimiento de la literatura europea contemporánea. Sus huellas color tinta quedaron impregnadas en la nieve de sus hambrientos inviernos. Sus caminatas a través de la naturaleza y su espíritu contemplativo pueden rastrearse en toda su obra.

Sus personajes ocupan los puestos más bajos de la sociedad: sirvientes de castillos, meseras de cafetines suburbiales y aprendices de mayordomos deambulan por sus páginas (“me siento cómodo y feliz en las regiones aparentemente inferiores”). Los empleaditos de Walser (burócratas de la nada) vaticinan sobre todo a ese hombre del siglo XX zarandeado por las grandes ideologías: autómatas de sí mismo, los seres walserianos aspiran a no ser más que una pieza cualquiera dentro de los mecanismos sin fin que caracterizan a los sistemas totalitarios (“el día de mañana seremos todos gente modesta y subordinada”).

Obsesionado por expresar la pequeñez de las cosas, es decir, su nimiedad, una opaca existencia que solo quiere desaparecer sin dejar ninguna estela en la realidad, Walser, en este sentido, mostró el umbral para que Kafka pasara con sus personajes desterrados por la Gracia y las Leyes y al borde de las más inesperadas metamorfosis, por eso él mismo dijo: “¿Walser me conoce?”

Con mucha certeza Giorgio Agamben escribió que “Walser describe de la misma manera en que Kafka da forma a aquellos que han dejado de ser humanos, aunque continuasen perteneciendo al mundo divino o animal”.

Robert Walser fue recluido en un sanatorio mental durante 23 años hasta su muerte un 25 de diciembre de 1956. Dejó una obra póstuma que todavía no ha sido descifrada en su totalidad, los especialistas la han intitulado Microgramas, debido a la letra menuda, de al menos 1 mm de tamaño con que fueron escritos.

EL JARDÍN DE LA CUCHILLA

“Buenos días sol inclemente / que haces brillar las hojas / del plátano y el chilamate. / Buenos días luz / y aire tibio / que inunda mis pulmones”, así comienza el poema del maestro Perezalonso, y continúa: “Buenos días cúpulas / de las iglesias gordas / viejas y fuertes. / Buenos días paredes descascaradas / de las casas antiguas. / Buenos días tejas / y el moho que crece en ellas. / Buenos días calles taciturnas / de la madrugada. / Buenos días a los que van a misa / a esta hora. / Buenos días a las campanas / que me responden. / Buenos días a la quietud de esta casa / que me permite escribir a solas con mis fantasmas / lejos del alboroto. / Buenos días fantasmas. / Buenos días Momotombo / monumento natural / más monumento que el de Darío. / Buenos días volcán Telica, / señala si vendrá la lluvia. / Buenos días lluvia tan deseada. / Buenos días Cerro Negro / y sus esquiadores / y sus arenas mortales. / Buenos días Hervideros de San Jacinto / hediondos a pedo. / Buenos días río Chiquito / cada días más chiquito. / Buenos días río Tamarindo / Brioso, espumante, oscuro. / Buenos días Poneloya y su peña del Tigre / desde donde, para mí / se mira el infinito. Buenos días León / que paciente esperaste / que regresara. / Buenos días Vida Follaje. / Buenos días Amor Florecido. / Buenos días señoras, / Buenos días señores, / como se estila ahora”.

Todo buen poema es un hacernos ver; la función de la metáfora, decía Aristóteles en su Poética , es el hecho de que podamos mirar a través de las palabras otros significados; en este poema de Carlos Perezalonso nos reflejamos dentro de cada verso, asistimos a una cita con la luz, “buenos días luz”, dice el poeta; espléndida luz de Seurat, luz aquella que puntilla un día domingo en la Grande Jatte.

Grandioso espectáculo que la actividad de los adverbios y pronombres demostrativos pone in presentia , conjugándose con la posición del hablante en el momento de la enunciación y esa obsesionante anáfora “buenos días” que recorre todo el texto: son formas también de organizar deíticamente el espacio discursivo.

El poema sugiere un estar aquí y un estar allá, dos planos espaciales inminentes del lenguaje, que en el lenguaje de Freud (S.Freud, La interpretación de los sueños ) correspondería al proceso de condensación y al proceso de desplazamiento —juego de sustitución metafórico a nivel del subconsciente— así el poema nos lleva de un espacio a otro, o de un objeto a otro, como a través de un sueño: función metalingüística del lenguaje cuando solo se escribe para él mismo, máquina soltera que únicamente vive para sus adentros.

EL PASEO

Este mismo lenguaje se lee en El paseo de Walser: bajo la fascinación del milagro lingüístico, el autor nos invita a recorrer un día de su mundo. La obra se desarrolla en secuencias narrativas que el andar del personaje define: narra lo que él quiere que sepamos, su paseo no es una cascada de ocurrencias, sino un itinerario que nos facilita conocer al otro sin apariencias.

Cada cosa que el poeta Robert Walser observa, es fuente de inspiración: un perro que cruza la calle, una golondrina al fondo del cielo, la visita decepcionante a un sastre, algunos minutos en un banco, algunas preguntas sabias a un librero, a un panadero, a una bella dama: El paseo de Robert Walser no decide una “práctica del paisaje”, sino una manera de hacer ficción con una de las actividades más sencillas del espíritu humano: su andar por el mundo.

Leamos las líneas de apertura del relato: “Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle”.

Descripción breve pero que ya nos deja en un punto donde puede comenzar algo eterno; de Walser decía Sebald (W.G. Sebald, El paseante solitario ), que era “un vidente de lo pequeño”, en realidad Walser avanza de lo mínimo a lo mínimo, por eso el lector queda agradecido de la completud de su mundo.

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