Caminando por las montañas de El Coral, con riachuelos, bosques, brisa, se me venía a la mente que a Dios le encantan los montes. Por eso, el Padre Dios nos dice, como dijo a los discípulos en el Monte Tabor: “Este es mi Hijo Amado: escúchenle” (Mc.9,7).
A Dios le encantan las alturas para revelarse y manifestarse. Y a Jesús también:
Para orar se retira a la montaña y para manifestar su verdad íntima sube a una.
Desde el llano, Jesús se ve como un hombre cualquiera. Desde la cima donde el aire es puro y transparente, Jesús se transfigura, como si se abriesen todas las ventanas y dejasen ver todo lo que hay dentro. Es allí lo que llamamos Monte Tabor, donde Jesús se deja ver por dentro.

En la cima del Sinaí, Dios nos entregó la Ley escrita en piedra y ahí está como testigo Moisés. Y es en esta cima del Tabor donde Dios deja escuchar de nuevo su voz. Pero no es para que regresemos a Moisés, ni tampoco a Elías, el profeta de Dios, sino para decirnos a todos que, a partir de ese momento la verdadera voz de Dios es Jesús “el Hijo amado. Escúchenle”.
Con frecuencia todos vivimos nuestra fe cristiana como una especie de fardo pesado. Porque solo vemos a Jesús por fuera. Porque solo le vemos con los ojos. Porque no le vemos dentro. Porque le vemos pero sin hacer una verdadera experiencia de Él. Una experiencia que nos abra los ojos, que nos entusiasme como se entusiasmó Pedro, que ya no piensa regresar al llano y prefiere seguir respirando los aires puros de las alturas.
Conocemos a Jesús, pero no le hemos visto de verdad. Conocemos a Jesús, porque nos han hablado de Él pero sin que nuestros ojos hayan podido ver más adentro que las apariencias.
Por eso, como cristianos, nos cuesta gritar como Pedro: “¡Qué bien se está aquí!” “¡Qué bien y qué a gusto me siento como cristiano!”( ) “¡Qué bien y qué feliz soy sintiendo la presencia y la compañía de Jesús!”
Pero por el contrario, —no sé si te pasa— que no nos conocemos, ni nos valoramos, ni nos gusta estar con nosotros mismos. ¿Verdad que estamos aburridos y cansados de estar con nosotros mismos? ¿Verdad que preferimos vivir fuera de nosotros para distraer nuestro aburrimiento?
Es que, en el fondo, tampoco nos conocemos solo de una manera superficial. Nos vemos desde nuestro cascarón. Nos vemos desde lo que vemos en el espejo. Pero, ¿verdad que vemos poco la belleza de nuestro corazón?
Yo espero el día en el que, al estilo de Pedro, también pueda exclamar: «Señor ¡qué bien me siento conmigo mismo! Señor ¡qué a gusto me siento conmigo mismo contemplando la belleza de mi corazón! Señor, ¡qué a gusto y feliz me siento mirándome y paseándome por dentro de mí mismo! Señor, ¡soy tan feliz con ese mundo de gracia que llevo aquí dentro, que no siento ganas de salir sino quedarme conmigo mismo!
En definitiva sólo seré feliz cuando me sienta a gusto de lo que soy porque me he visto y mtirado por dentro.
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