Kingsman: Servicio secreto

Kingsman: Servicio Secreto es la adaptación de una novela gráfica de Mark Millar y Dave Gibbons. Por origen y estilo apela a los intereses de los hombres jóvenes adultos, que en teoría, deberían verse reflejados en el protagonista. No tiene ningún reparo en reconocer sus múltiples influencias. Además de mencionar a James Bond —en repetidas ocasiones—, los personajes vocean su afinidad por Jason Bourne y Jack Bauer. Esta insistencia es lo que pasa por ingenio. Quizás esté más cerca de la vieja serie inglesa The Avengers , ella misma una sátira de 007 . Pero claro, tendríamos que suplantar el fino sentido del humor de John Steed y Emma Peel por machismo y violencia.

Kingsman: Servicio Secreto es la adaptación de una novela gráfica de Mark Millar y Dave Gibbons. Por origen y estilo apela a los intereses de los hombres jóvenes adultos, que en teoría, deberían verse reflejados en el protagonista. No tiene ningún reparo en reconocer sus múltiples influencias. Además de mencionar a James Bond —en repetidas ocasiones—, los personajes vocean su afinidad por Jason Bourne y Jack Bauer. Esta insistencia es lo que pasa por ingenio. Quizás esté más cerca de la vieja serie inglesa The Avengers , ella misma una sátira de 007 . Pero claro, tendríamos que suplantar el fino sentido del humor de John Steed y Emma Peel por machismo y violencia.

Gary “Eggsy” Unwin (Taron Egerton) es un joven sin dirección. En el prólogo de la película vemos cómo su padre muere durante una misión de prueba para ingresar a Kingsman, una agencia de espionaje. Su madre se refugia de la viudez en los brazos de un criminal de barrio, que empuja a “Eggsy” a la truhanería. Con un pie en la cárcel, recibe un inusual salvavidas. Harry Hart (Colin Firth), colega de armas de su padre, lo recluta para seguir sus pasos, pateando traseros por la reina y el país. Así, lo acompañamos en el proceso de entrenamiento y el eventual enfrentamiento con Valentine (Samuel L. Jackson), un multimillonario con planes nefastos para la humanidad.

La “acción” es el punto. En ese sentido, el director Matthew Vaughn abusa del “efecto bala” que irrumpió en 1999 con The Matrix : las secuencias de velocidad acelerada que congelan su flujo por un par de segundos para luego acentuar el remate violento. Yo creo que el mejor momento de toda la película aparece prematuramente y de forma aparente no tiene nada que ver con manipulación digital. Tras una violenta confrontación casera, “Eggsy” huye de los secuaces de su padrastro saltando entre muros y paredes, al mejor estilo del parkour. Es un momento de gracia física que nos recuerda cuán hermosa puede ser la acción cuando está anclada en la realidad concreta. Lastimosamente es el único momento auténtico en toda la película.

Kingsman representa una regresión en cuanto a política de género y sensibilidad racial. Todas las mujeres demandan protección, incluida Roxy (Sophie Cookson), una compañera de escuela de espionaje con miedo a las alturas. La única excepción es la villana Gazelle (Sofía Boutella), personaje creado para encajar en el molde del secuaz pintoresco. En La espía que me amó (Lewis Gilbert, 1977), Jaws (Richard Kiel) tenía la mandíbula de hierro.

Aquí, Gazelle lleva unas prótesis de acero en lugar de piernas, que también hacen las veces de armas letales. Una princesa sueca (Hanna Alstom) es rápidamente introducida como alivio cómico y termina como trofeo sexual. Todo esto es aún más reaccionario, a la luz de los cambios en el tratamiento de los personajes femeninos en la franquicia de 007 , a raíz de la aparición de Eva Green en Casino Royale (Martin Campbell, 2006).

También hay un filo racista en el uso de Samuel L. Jackson como villano. Valentine es una caricatura de Steve Jobs que viste como Jay Z, con un impedimento del lenguaje que lo deja hablando como Bugs Bunny. El único otro personaje de raza negra en toda la película es un clon del presidente Barack Obama, que solo aparece de espaldas, y quien silenciosamente juega el juego de los malos. Kingsman está más comprometido con las angustias del hombrecito blanco, carente de figura paternal, acomplejado por su origen proletario, pero al final reivindicado por el poder de su fuerza bruta.

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