La sacralización del poder —la fusión del poder político y el religioso— ha sido un hecho histórico. En Egipto con los faraones, en Mesopotamia, en el Imperio Romano, en Japón, o en los actuales países del Islam —para citar solo unos ejemplos—, los gobernantes han fusionado el poder político con el religioso. Inclusive actualmente en Nicaragua, sutilmente se sacraliza al poder político del gobierno “socialista, cristiano y solidario”. Las celebraciones gubernamentales de la Purísima son una de las evidencias. El laicismo se opone a ello.
Don Humberto Belli sostiene que “el cristianismo también influyó en desacralizar el poder”. No opinaba lo mismo el teólogo cristiano Roger Garaudy, quien señaló que la tesis de San Pablo de que “todo poder viene de Dios”, es “sin el menor equívoco el fundamento de cualquier teología de la dominación y de la sacralización de la autoridad, lo que lleva a la sumisión ante el poder político”. Los historiadores reconocen que la sacralización del poder, que la Iglesia defendió y practicó por siglos, contribuyó a consolidar el absolutismo monárquico. Por algo Luis XIV —ejemplo de absolutismo político— dijo: “Dios que dio reyes a los hombres, quiso que se les respetase como sus lugartenientes”.
Históricamente no fue la Iglesia católica la que promovió la democracia —aunque de manera positiva la Conferencia Episcopal de Nicaragua actualmente la promueve—. La Iglesia se opuso a la tesis de la ilustración francesa de que el poder proviene del pueblo, lo mismo que al laicismo y al secularismo que promovió el liberalismo. El problema del Islam, como dice Vargas Llosa, es “que no ha experimentado aún ese largo proceso de laicización, que permitió a la Iglesia católica adaptarse a la democracia”. La Iglesia católica no promovió la democracia, se adaptó a ella, cuando el laicismo, el liberalismo y el secularismo desacralizaron el poder político y sentaron las basas de las democracias modernas.
Los dogmas religiosos, no solo consolidaron las monarquías absolutas de la edad media, sino que además condujeron al fanatismo violento. Me da la impresión que se intenta minimizar la violencia de las cruzadas, de la inquisición, de las guerras religiosas entre católicos y protestantes y los crímenes que acompañaron a la evangelización en las Américas. El señor Belli dice que “las violencias más destructivas ocurrieron en el secularizado siglo XX a manos de fuerzas no religiosas” o que perecieron más personas en la guillotina de la revolución francesa, que en las hogueras de la inquisición.
Nadie ha negado que el mayor número de muertos por el fanatismo ocurriera en el siglo XX, como resultado de las cosmovisiones políticas totalizantes del comunismo y el nazismo. Es obvio que la mayor población del siglo XX en Europa —en relación a la escasa población en la edad media— y la existencia de armas mortíficas más eficaces, se tradujo en un mayor número de víctimas. El tema central no es el número de muertos. Ni una macabra contabilidad del número de víctimas, minimiza los crímenes cometidos por el fanatismo religioso. Las cosmovisiones políticas totalizantes del comunismo y del fascismo y las “verdades absolutas” de los dogmas religiosos tienen algo en común: ambas han justificado asesinar a los disidentes y opositores o a los “herejes” o “infieles”. Y no solo en el Corán hay llamados a la “guerra santa”. Abundan las citas en el antiguo testamento donde el “Dios de los Ejércitos” ordena o incita a los israelitas a cometer genocidios contra sus enemigos. Sobre ello se guarda silencio. Aunque muchos cristianos —como partidarios del Islam o del Judaísmo—, no aprueban la violencia.
La realidad no es blanca o negra. Es clara-oscura. Todas las religiones tienen contribuciones positivas, inclusive el Islam. Basta recordar los aportes de Avicena y Averroes, o la introducción del Álgebra. Ello no implica que el Islam, la Tora y la Biblia contengan verdades absolutas, ni niega el hecho histórico que para defender dogmas religiosos, la Iglesia se opuso al avance científico, basta recordar a Galileo y a Darwin. Otro hecho histórico es que el fanatismo religioso —tanto en el Islam como en el judaísmo y en el cristianismo— ha conducido a la violencia. También es innegable que la democracia —que se originó en Grecia— solo logró consolidarse en los países democráticos, con el laicismo, con la efectiva separación de los poderes del Estado y con la desacralización del poder.
El autor es doctor en economía.